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Opinión

El verano en el que nos hicimos mayores

Nos hemos hecho mayores, sí, pero también más humanos, más conscientes de lo frágil y hermosa que es la existencia

suren gasparyan
Imagen de recurso de un atardecer. Pixabay.

Imagen de recurso de un atardecer. Pixabay.

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Hay veranos que se sienten largos como una vida entera. Veranos que llegan y arrasan con todo como un vendaval. Lo hablaba hace poco con mi hermano Jonathan mientras compartíamos unas cervezas -donde siempre se producen las conversaciones de verdad-, y llegamos a la misma conclusión: este ha sido el verano en el que, sin quererlo, crecimos. Nos hicimos mayores, dejando atrás lo que fuimos para ser, de alguna manera, otros.

Las tardes ya no son las mismas cuando las conversaciones con tus amigos de toda la vida ya no versan sobre lo que harás mañana, sino lo que hiciste hace diez años. Nos dimos cuenta, entre risas nostálgicas, de que ya no somos los mismos. Que nuestras conversaciones han cambiado. El trabajo (precario) y la (no) vivienda copan una gran parte de nuestras tertulias. La parte buena es que siempre nos quedarán -al menos hasta que las rodillas nos aguanten- los amaneceres en Madrid después de una buena rave y el fútbol.

Pero, por suerte, todavía seguimos encontrando caladas de oxígeno para escapar de esta realidad que nos consume. Una ternura y un cariño nuevo, que viene de haber compartido tantas cosas, de saber que, aunque las vidas nos han llevado por caminos distintos, seguimos siendo los mismos en lo esencial. Y en esas tardes de risas, también sentí algo nuevo: una pequeña tristeza, una nostalgia por quienes éramos antes. Nos hicimos mayores, creo, cuando nos dimos cuenta de que las amistades también cambian. Algunas siguen, otras se desvanecen (hasta las que veías imposible), pero todas, de alguna forma, se transforman.

El amor, bueno… me dejó lecciones que no quería aprender. Este fue el verano en el que descubrí que el amor no siempre es suficiente. Que, por mucho que quieras a alguien, no puedes retenerlo si ya no está destinado a quedarse. Quise ser fuerte, fingir que no me dolía, pero la verdad es que me rompí. Este verano me di cuenta de lo frágiles que somos cuando amamos, de lo expuestos que quedamos. Y entendí, aunque me costó aceptarlo, que mostrar esa fragilidad no es debilidad, es lo que nos hace humanos. Porque ser vulnerable, permitirte sentir, es la única forma de amar de verdad, aunque duela. Nos hicimos mayores cuando comprendimos que el desamor es parte del viaje, y que no siempre se puede arreglar todo, por mucho que lo intentemos.

Respecto al trabajo, sigo manteniendo que el periodismo es una estafa piramidal y que lo importante de esta vida es lo que ocurre fuera de nuestro horario laboral. Al menos me queda el consuelo de que tengo a mi lado un grupo humano brutal y unos camaradas por los que iría a la guerra como buen masón. Salvo clausulazo injustificado en el Míster. Nacho, prepárate que Lamine solo tiene un dueño. Segundo aviso.

Y luego está la familia. Este verano miré a mis padres de una manera diferente. Ya no eran esos adultos invencibles que siempre estuvieron ahí, sino personas con sus propias debilidades, envejeciendo y apagándose delante de mis ojos. Ver envejecer a quienes siempre te cuidaron te obliga a aceptar que la vida sigue, incluso cuando no queremos. Siempre pensé que ellos estarían ahí para cuidarme, pero ahora me doy cuenta de que pronto seré yo quien tendrá que cuidar de ellos. Y no estoy seguro de estar preparado para eso.

Y entonces, en medio de todas estas emociones, me encontré preguntándome: ¿hacia dónde voy? Siempre he querido tenerlo todo claro, saber cuál es el siguiente paso, planificar cada detalle. Pero este verano me di cuenta de que no tengo ni idea. No sé cuál es mi rumbo. El miedo al futuro se ha convertido en un compañero constante. ¿Y si no logro lo que quiero? ¿Y si el camino que elijo no es el correcto? Y aunque todo esto suena doloroso, hay algo de paz en aceptar que así es la vida. Nos hemos hecho mayores, sí, pero también más humanos, más conscientes de lo frágil y hermosa que es la existencia.

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suren gasparyan

Sobre el autor

Suren Gasparyan

No tenía demasiado claro qué quería hacer, pero acabé estudiando Periodismo y la cosa se fue complicando. Después llegaron la Complutense, El Mundo y, desde 2017, ElPlural.com. Por el camino he escrito de casi todo y ahora también me encargo de El Regate, su sección deportiva.

Nací en Armenia, aunque buena parte de mi vida y de mi trayectoria profesional han transcurrido en España. En ElPlural.com he pasado por la actualidad, la última hora, los fines de semana y prácticamente cualquier tema que tocara cubrir. Política, Sociedad, Internacional o lo que viniera. Estos años me han servido para aprender a escribir con prisa, titular con poco margen y asumir que en este oficio casi siempre hay algo que revisar, corregir o volver a preguntar.

También estoy al frente de El Regate, el espacio deportivo de ElPlural.com. Allí intentamos contar el deporte sin quedarnos únicamente en el resultado, buscando también lo que hay alrededor: política, dinero, poder, aficiones, identidad, cultura o las historias que a veces quedan fuera del foco. Y, de paso, me permite escribir bastante sobre fútbol y baloncesto, que tampoco está mal.

Antes de llegar a ElPlural pasé un año en El Mundo, en las secciones de Opinión y Comunicación, mientras terminaba la carrera y colaboraba con otros medios digitales. Fueron mis primeros pasos en redacciones y, entre otras cosas, sirvieron para confirmar que quería seguir dedicándome a esto.

Fuera del currículum, me defino como un procrastinador funcional y un risueño crónico. Pienso demasiado, reviso los textos más veces de las necesarias y mi relación más estable es con el café. Lo de metrosexual, pensador y hombre bien sigue figurando entre mis principales señas de identidad, aunque es posible que haya opiniones discrepantes al respecto.

También gané la primera y la segunda edición de la EP Lloros League, probablemente el apartado más difícil de justificar dentro de una biografía profesional, pero uno de los que más satisfacción me ha dado sacar a relucir delante de los compañeros del metal.

Sigo escribiendo porque me gusta entender qué está pasando y tratar de explicarlo lo mejor posible. A veces sale mejor y otras peor, pero después de unos cuantos años todavía me sigue pareciendo una buena forma de ganarse la vida.

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