Ayer se conoció una noticia demoledora desde el corazón de Europa: el Gobierno conservador de Alemania ha respaldado un severo paquete de reformas que pretende aumentar de forma automática la edad de jubilación hasta los 70 años y establecer una pensión privada obligatoria. Este es exactamente el modelo oculto que apoyan Feijóo y Abascal en España, una agenda idéntica que busca desmantelar el Estado del bienestar y acabar con los derechos sociales de los españoles utilizando la cacería contra el presidente del Gobierno como una gigantesca cortina de humo.

Hay muchos ciudadanos de buena fe que le han comprado el relato catastrofista a la oposición, repitiendo como un mantra que "España se derrumba" mientras se preguntan con angustia cuándo sucederá la debacle. No se engañen: España no se está hundiendo ahora, pero se derrumbará por completo para la inmensa mayoría de este país si el Partido Popular y Vox consiguen finalmente acceder al Palacio de la Moncloa.

Es hora de pararse, respirar hondo, mirar más allá del fango diario y analizar con frialdad qué es lo que busca la derecha y por qué actúa con esta violencia política, atacando por tierra, mar y aire para intentar destruir a Pedro Sánchez sin miramientos de ningún tipo.

El último pleno en el Congreso de los Diputados ha vuelto a dejar las cartas bocarriba. Pedro Sánchez ha demostrado una vez más que es un presidente valiente, que da la cara ante la soberanía popular con todas las consecuencias, algo que el PP jamás se atrevió a hacer cuando gobernaba y que nunca tendrá el valor de repetir.

Frente a esa dignidad institucional, la respuesta de Feijóo y Abascal fue subir a la tribuna de oradores a esparcir odio, mentiras y bilis. Pero lo más revelador no fue lo que dijeron, sino lo que hicieron después. A las once de la mañana, tras soltar sus discursos incendiarios para los informativos de televisión, casi todas las bancadas del PP y de Vox se habían quedado vacías. Se marcharon. Ahí se ve perfectamente lo poco que les importa el Parlamento y la democracia. Prefieren el ruido de pasillo y tomar decisiones fuera de las Cortes, apoyándose en la formidable estructura económica, mediática y judicial que controlan desde la sombra.

Mientras la derecha monta su espectáculo circense en Madrid, la realidad de lo que pretenden aplicar en España avanza de forma implacable en los despachos. Conviene hacer memoria frente a la amnesia colectiva que la derecha intenta inocularnos. ¿Ya se nos ha olvidado lo que hizo el PP con nuestros mayores cuando tuvo mayoría absoluta? Recordamos perfectamente el timo del 0,25%, cuando el Gobierno de Mariano Rajoy condenó a los pensionistas a una pérdida sistemática de poder adquisitivo con una subida de miseria que apenas daba para comprar un cartón de leche al año.

Tampoco olvidamos el saqueo de la hucha de las pensiones, dejando el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, que el PSOE había entregado lleno con casi 70.000 millones de euros, prácticamente tiritando y al borde de la quiebra. Y, por supuesto, sigue presente el cruel copago farmacéutico, que obligó a los ancianos a pagar por los medicamentos que necesitaban para vivir, forzando a muchos de ellos a elegir entre la farmacia y la cesta de la compra.

En un contraste radical, bajo el Gobierno de Pedro Sánchez las pensiones se han revalorizado por ley conforme al IPC, blindando por fin la dignidad de nuestros mayores. Por eso, a esos pensionistas que hoy se dejan arrastrar por los discursos de odio de la derecha y critican ferozmente al presidente, habría que hacerles una pregunta muy directa: si tan terrible les parece este Gobierno, ¿por qué no renuncian a la subida de su pensión? Es fácil dejarse llevar por las consignas de las tertulias conservadoras mientras se ingresa cada mes una transferencia que el PP jamás les habría pagado.  

No hace falta imaginar lo que haría Feijóo si gobernara; basta con mirar lo que están haciendo sus socios ideológicos en el resto del planeta. El modelo alemán conocido ayer no propone una subida inmediata, sino un mecanismo encubierto que vincula el retiro a la esperanza de vida, obligando además a los trabajadores a desviar parte de sus salarios hacia fondos de capitalización privados inspirados en el sistema sueco.

Es decir, pretenden jugar con el dinero de las jubilaciones en los mercados financieros globales. Y Alemania no está sola en esta cruzada contra el bienestar. Dinamarca ya ha aprobado elevar la edad de jubilación a los 70 años para el año 2040.

Francia sufrió masivas movilizaciones sociales cuando Emmanuel Macron impuso por decreto el retraso de la edad de retiro. Países Bajos e Italia mantienen cláusulas automáticas que alargan la vida laboral de la ciudadanía, y el Reino Unido, bajo los sucesivos ejecutivos conservadores, no ha dejado de recortar el acceso a la pensión estatal. Si algunos trabajadores españoles que se van a jubilar en unos años todavía votan a la derecha, de verdad que es para hacérselo mirar. Los conservadores europeos no se esconden. Nos están avisando en nuestra propia cara de lo que viene si consiguen el poder en España.  

Si el espejo europeo resulta preocupante, el panorama latinoamericano muestra la versión más extrema de esta misma agenda. En Argentina, el Gobierno ultra de Javier Milei ha convertido el ajuste fiscal en una religión fundamentalista. ¿Y sobre quién ha recaído el peso del hachazo económico? Exacto: sobre los jubilados.

Milei ha congelado los complementos de las pensiones mínimas y ha vetado sin miramientos las leyes aprobadas por su propio Parlamento que buscaban compensar a los ancianos por la brutal inflación del país. Para la ultraderecha, el equilibrio presupuestario siempre se consigue sacrificando las recetas de los enfermos y el plato de comida de los abuelos.

Aunque Alemania y Argentina parezcan universos distantes, comparten la misma matriz ideológica: la convicción de que la sostenibilidad económica debe lograrse siempre a costa del sufrimiento de quienes han trabajado toda su vida.

Durante décadas, garantizar un retiro digno fue el mayor éxito social de Europa. Hoy, la derecha nos intenta convencer de que el envejecimiento demográfico hace inevitables estos recortes. Sin embargo, omiten deliberadamente una realidad incómoda: no todos los cuerpos envejecen igual. Un administrativo puede prolongar su jornada unos años, pero exigirle a un albañil, a una limpiadora, a un camionero o a una auxiliar de ayuda a domicilio que arrastren su salud hasta los 70 años es una crueldad inhumana.

La productividad actual es muy superior a la de hace medio siglo gracias a la tecnología. Somos más ricos que nunca, pero las derechas se niegan en redondo a debatir cómo repartir esa riqueza. Prefieren ignorar alternativas viables como aumentar las cotizaciones a las rentas más altas, combatir el fraude fiscal o financiar las pensiones mediante impuestos generales. Su única receta es que tú trabajes más años, cobres menos tiempo y le entregues tus ahorros a los fondos de inversión privados.

Las pensiones públicas no son una limosna ni un privilegio; son un derecho de ciudadanía sagrado, conquistado a pulso por generaciones de trabajadores. Cuando la derecha grita salvajemente contra Pedro Sánchez, lo que realmente busca es desviar tu mirada. No te dejes engañar por sus banderas ni por sus insultos dominicales: vienen a por tu jubilación, vienen a por tu salud y vienen a por tu futuro.

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