No han importado las miles de solicitudes de clemencia de todo el mundo y de cientos de instituciones y autoridades, como las del Papa de Roma, o la propia Unión Europea. Ni siquiera se ha tenido en cuenta que 7 de los 9 testigos de cargo revocasen su testimonio. Un antiguo director del FBI, la policía federal de EE.UU, dicen que muy partidario de la pena de muerte, pidió que no se ejecutase a este reo porque, decía  El País, "este caso hace agua por todos lados".

A estas alturas de la historia el debate ya no es si era culpable o no, sino si el Estado está legitimado para matar a alguien. En EEUU se han ajusticiado 1269 personas desde que, en 1976, se reinstaurara la pena de muerte. Por cierto, el Estado más ejecutor es Texas, con 474 personas. Muchos de los reos fueron ejecutados a pesar de que existían serias dudas sobre su culpabilidad, como en este caso de Troy Davis al que se le acusaba de haber asesinado a un policía, fuera de servicio, en el año 1989.

Escuché en TV un testimonio que me sobrecogió: la viuda y el hijo del policía asesinado pedían justicia, 22 años después. Creo que se trataba de venganza más que de justicia. Desde que los oí, una pregunta se aloja en mi cerebro: ¿serían capaces de asesinarlo ellos mismos con sus propias manos? Tal vez fuese más humano.

Este quiere ser un grito contra la pena de muerte que no significa justicia, que alienta la venganza, que estimula los más bajos instintos de los hombres y las mujeres, como el odio, la sed de venganza y nos aleja de los mejores sentimientos del ser humano, la solidaridad, la compasión, el perdón, la comprensión, el amor... Por favor, no maten nunca a mi asesino porque si lo hacen habrán cortado toda posibilidad de que reconozca su error, pida perdón y pueda vivir en paz consigo mismo.

Joaquín Tagar es periodista