En estos días estamos contemplando con estupefacción - ¿o no tanta? - como miles de personas cruzan a nado la frontera que separa Marruecos de Ceuta, es decir, África de Europa. De ellas, desprovistas de los más mínimos equipos ni preparación para semejante proyecto, al menos 141 han perdido la vida. Un episodio que, una vez más, los políticos han aprovechado para tirarse piedras en vez de para unirse y buscar soluciones. O sea, lo de siempre.

Pero, también como siempre, no pretendo hacer análisis político alguno, que para eso ya tenemos tertulianos a porrillo, sino simplemente humano. Porque quienes cruzan la frontera en paupérrimas condiciones no son una invasión, ni una serie de números sino personas. Personas de las que solo nos diferencia el hecho aleatorio de haber nacido en uno u otro lugar.

Mientras veía a alguno de ellos contando las horas que había estado nadando para alcanzar su objetivo, me asomé a la ventana. Y veo como disfrutan en una piscina un montón de niños, niñas y adolescentes. Porque para nuestras criaturas, el agua es un elemento de risas y fiesta, mientras que, para ellos, es el límite entre la vida y la muerte. Ni más ni menos.

Me ha impresionado especialmente la imagen en la que se ve a una persona agarrada a un flotador con un patito de goma, un juguete destinado a niños pequeños convertido en un supuesto medio de conservar la vida en el agua. Toda una metáfora.

Y es que no puedo ni imaginarme el nivel de desesperación de alguien que se lanza a un medio tan traicionero como es el mar, sin más patrimonio que la propia vida, y sin saber si la conservará cuando llegue a la otra orilla, Solo de pensar en hacerlo se me ponen los pelos de punta. Y solo de pensar en que una hija mía se viera en la obligación de emprender tal periplo me pone el corazón en un puño.

No sé qué puede haber provocado que esto surja de pronto, en una especie de oleada repentina para la cual nadie estaba preparado. Tengo mis sospechas, aunque me las guarde para mí. Pero lo que no guardo para mí es la llamada a la reflexión, a la solidaridad y a la empatía con quienes se ven en la obligación de lanzarse al agua en una ruleta rusa en que las opciones son nadar o morir.

Lo pienso una vez más mientras sigo las evoluciones de nuestra magnífica selección de natación artística, para quienes el agua el escenario de coreografía maravillosas en lugar de un elemento hostil donde jugarse la vida.

Ojalá llegue un día en que el líquido elemento no tenga más connotaciones que las positivas. Mientras tanto y, por supuesto, suerte para nuestros deportistas acuáticos.

Y mucho más que suerte para todas esas personas que no han tenido otra opción que lanzarse al agua. No olvidemos que la crisis de ahora pasará, pero el problema que la ha causado seguirá ahí.

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