Mamá, quiero ser artista, la revista musical con libreto de Juan José de Arteche, estrenada el 4 de febrero de 1986 en el Teatro Calderón de Madrid, mostraba cómo una joven llegaba a Madrid desde un lugar indeterminado de la España rural acompañada por su madre. La chica solo tenía una vocación en la vida que era triunfar en el mundo del espectáculo. Fue interpretada magníficamente, como todo lo que hizo, por la gran Concha Velasco.

Ayer, visto lo visto, habría que mutar aquella frase y aquel título por el de Mamá, quiero ser corruptor. Y es que la sentencia del Tribunal Supremo en el denominado «caso Koldo» va a abrir vocaciones “aldamistas” al indicar un camino para hacerse millonario mediante métodos corruptos sin que te pase nada.

La sentencia que condena, posiblemente de manera excesiva en cuanto a años de cárcel a José Luis Ábalos y a Koldo García, contrasta con lo que considero una especie de amnistía o perdón concedido al corruptor Víctor de Aldama, al que se ha eximido de entrar en prisión e incluso se le condona el pago de los 3,7 millones de euros en comisiones que el tribunal considera que se embolsó.

Muchos pensarán que ayer se abrió un nuevo espacio de futuro laboral para hacerse millonario sin riesgos: el de gran corruptor. Resulta paradójico que actuaciones judiciales que deberían servir para frenar las prácticas corruptas, puedan provocar una especie de efecto llamada para convertirse en corruptor y diseñador de estrategias mafiosas.

Porque ya habrá quien tenga en la mente, a la luz de los hechos sentenciados, que si alguien sin escrúpulos crea una trama de corrupción, paga comisiones a políticos y ofrece regalos a cambio de adjudicaciones de contratos públicos pero llega a un pacto con la justicia, no solo obtendrá pingües beneficios mediante estas estrategias ilegales y montajes mafiosos, sino que además saldrá indemne, convertido en personaje mediático, carne de plató y estudios y omnipresente en portadas y, para muchos derechistas, entrará en su particular pabellón de hombres ilustres y héroes que dinamitan, día tras día, lo que denominan —y al mismo tiempo odian— el sanchismo.

Y es que, a la vista de lo sucedido ayer en el Supremo, le pueden pasar dos cosas a quien a partir de ahora opte por ser corrupto.

Una, que no te pillen y, entonces “miel sobre hojuelas”. Acumulas de forma ilegal y mediante prácticas corruptas una enorme riqueza y, encima, nadie se entera, nadie te persigue y nadie te investiga. Pasas a ser, además de un ricachón millonario, un supuesto ejemplo de empresario honesto, decente e inteligente.

La otra opción, como este caso parece indicar, es diseñar artimañas, cobrar comisiones ilegales y entregarlas para obtener jugosos contratos públicos, con la seguridad de que, si te pillan con las manos en la masa, te investigan, te detienen y pasas unos días a la sombra, siempre podrás aplicar la nueva «doctrina Aldama» que, según esta interpretación, podría haber ha nacido hoy en el Supremo. Basta con decir a los jueces que vas a colaborar.

Empiezas a largar, a pasearte por los platós, redacciones, radios y a colaborar mezclando medias verdades con muchas mentiras. Una vez utilizado ese otro protocolo de la vergüenza —el pacto con la Justicia—, los políticos a los que el empresario haya comprado y regado se comerán el marrón de los años de prisión, mientras que el iniciador y cooperador necesario para que el hecho delictivo se produzca y la trama corrupta se ponga en marcha, será condenado a una pena tan nimia y laxa que no pisará el talego. En su lugar, arrastrará sus cayetanos pies por los locales de moda del barrio de Salamanca.

Paradojas de nuestro tiempo: unos a la sombra carcelaria y otro disfrutando del sol ibicenco entre yates atracados en lugares exclusivos. Y por si fuera poco, conservando un dinero que se suma al que ya posee, como si de una tarjeta de crédito se tratara sin obligación de devolución, gracias a una exención que el Supremo le habría otorgado sobre lo obtenido ilícitamente.

Pues ya lo sabes, la carrera del futuro no es ser experto en Inteligencia Artificial, ni astronauta ni crear una empresa tecnológica. El futuro parece estar en el lado oscuro, en ese que está enfrentado a la honestidad y a la honradez laboriosa de la inmensa mayoría de empresarios, profesionales y trabajadores. El futuro está en ser corrupto.

¡Mamá, quiero ser corruptor! como el “artista” Aldama.

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