El año de mis dieciocho fue para mí un año muy “mágico” y que nunca olvido. Empecé a estudiar Filología, porque me encanta la literatura, y el lenguaje siempre ha sido uno de mis fuertes; pero la magia venía por otro lado: por puro azar, si es que el azar existe, me encontré siendo “la niña” (así me llamaban)  de un grupo de tres mujeres mayores a las que conocí a través de un familiar, y que decidieron llamarme para compartir tiempo y salidas con ellas. Una era una nieta del gran Ramón y Cajal, simpatiquísima, muy graciosa y gran viajera; le encantaba compartir sus anécdotas y aventuras en sus varios viajes alrededor del mundo. Otra era una viuda de un general que me contaba cómo era el Madrid de su tiempo, y cómo las chicas paseaban y tomaban horchata por los boulevares de Reina Victoria.

La tercera era la sobrina favorita, y ahijada, de García Lorca, Tica Fernández-Montesinos (de Vicentica, nombre que le puso su tío poeta). La más seria de las tres, y con un cierto aura de pensadora, de intelectual. Quedaba con ellas con cierta frecuencia y me llevaban a muchos lugares, esos lugares que solían frecuentar. Algunos días hacíamos reunión en la casa de la viuda del militar, al lado de los Nuevos Ministerios, y allí tomábamos té, pastelitos y chocolates mientras nos turnábamos leyendo poemas, entonces aún inéditos, de Lorca; eran unos poemas que su familia mantuvo escondidos para no hacer pública su homosexualidad, aunque fueron publicados poco después en el libro Sonetos del amor oscuro (1984). Las cuatro pronunciábamos y escuchábamos esas palabras con una atención intensa y casi litúrgica, como si todas ellas fueran palabras sagradas. Que lo eran.

Para mí, una joven estudiante de literatura, encontrarme con un texto inédito de un genio como Lorca era una experiencia impagable. Por supuesto, le preguntaba a Tica, una y mil veces, cosas sobre su tío. Ella era muy pequeña cuando le mataron los fascistas. Sus recuerdos se remontaban a la casa de sus abuelos, en Fuentevaqueros, y a la casa de la Huerta de san Vicente, en Granada (que ella recordaba como el paraíso), y al amor que sentía por su tío; la sentaba en sus piernas mientras tocaba el piano cantándole cancioncillas populares, como la de los cuatro cascabeles, y musicaba pequeños poemas, como la luna lunera...; y a ella todo aquello le hacía muy feliz. Son recuerdos que años más tarde plasmó en su precioso libro Notas deshilvanadas de una niña que perdió la guerra (2007).

Ese contacto con Tica a mis dieciocho años me hizo tener más interés por un poeta al que ya entonces, como casi todo el mundo, admiraba de manera profunda.  Para mí era ya el símbolo de la España que me llega a las entrañas, tan alejada de la otra España negra que le asesinó, y que a día de hoy tenemos tan cerca. Es un símbolo de lo mejor de España, y lo mejor del ser humano: inteligencia, sensibilidad, arte, libertad, humildad, grandeza de corazón y de espíritu, pensamiento libre, amor por la vida, amor por los otros...  ¿Cuántos versos, cuánta grandeza más nos hubiera regalado a la humanidad de haber vivido 38 años más? Todo eso, 38 años de creación poética, literaria, artística y humanista es también uno de los grandes robos del fascismo y de la dictadura a los españoles y al mundo.

Defendía, como cualquier demócrata, la República. Era una voz libre que apoyaba de manera apasionada la cultura, el arte, esa otra manera, llena de colores, de entender el mundo y su inmensa y preciosa diversidad. Su pensamiento, por tanto, era absolutamente antifascista; y era inteligente a no poder más. Era el polo opuesto de los que impusieron el pensamiento único a costa de sembrar el país de muertos, y de convertirle en un horrible desierto ideológico y cultural.

La muerte de Lorca el 19 de agosto de 1936 fue algo mucho más trágico de lo que se cree para la cultura y el alma de España. Fusilar a Lorca muestra claramente el extremo al que son capaces de llegar esos monstruos que se creen con el derecho de imponer al resto sus monstruosas ideas. Pero no consiguieron callarle. Ni matarle del todo. Federico García Lorca sigue vivo, más vivo que nunca. Lorca sigue vivo cada vez que se habla de cultura, o cada vez que se actúa en solidaridad con los vulnerables, o cada vez que se tararea una cancioncilla popular, cada vez que se respira el aire limpio de la Alhambra, o cada vez que la gente se lanza a la calle contra un desahucio, porque, como decía el poeta, hay que alzar la voz para que todos puedan tener pan, una rosa y un libro; es decir, una casa, derecho a la belleza y derecho a la cultura.

El universo lorquiano es indestructible, para horror de sus asesinos; a través del simbolismo y de la magia de lo popular, convirtió la palabra en un vehículo para explorar los grandes temas universales, como la alegría y la tristeza, el amor, la vida y la muerte, haciendo resonar en el lector los ecos de las mayores profundidades del ser humano. Profundidades que los que le asesinaron y sus herederos ideológicos no podrán entender jamás.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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