El bloqueo institucional en tres comunidades clave desata las alarmas en Génova: mientras el tiempo se agota, la sombra de una nueva llamada a las urnas cobra fuerza ante la intransigencia de Vox y la debilidad de un Feijóo que cada día está más cuestionado.

La parálisis no es solo administrativa, es política. Extremadura, Aragón y Castilla y León se han convertido en el escenario de una guerra de desgaste donde los ciudadanos son los rehenes de una estrategia que ya no mira al territorio, sino al cálculo electoral de las próximas andaluzas.

Las cifras son tercas y un tuit de Óscar Puente ha puesto el dedo en la llaga de una realidad que ya es imposible de maquillar. Extremadura lleva más de cinco meses y una semana con un gobierno en funciones. Aragón supera los tres meses y medio. Castilla y León, en un bucle de interinidad, roza ya los tres meses.

Eso sí, apenas se nota en el debate nacional porque los terminales mediáticos del conservadurismo tratan de silenciar esta agonía. Se pasa de puntillas, como si no pasase nada. Si este nivel de parálisis y desgobierno afectase a un pacto de izquierdas, se abrirían informativos con la "quiebra de España" y la "humillación institucional" de forma diaria. La doble vara de medir es, de nuevo, el refugio de un PP incapaz de cumplir sus promesas de estabilidad.

¿Qué se ha hecho en este tiempo? Nada. La gestión pública en estas tres regiones está congelada. Los presupuestos se prorrogan de facto y las inversiones estratégicas duermen el sueño de los justos porque nadie sabe quién se sentará en el sillón de mando el mes que viene. Esta parálisis no es un accidente; es el síntoma de una desconexión total entre las necesidades de la calle y las urgencias de los despachos en Madrid.

Si alguien buscaba una explicación al repentino enfriamiento de las negociaciones, no la encontrará en Mérida, Zaragoza o Valladolid. Hay que mirar hacia el sur. Con las elecciones andaluzas en el horizonte, Vox ha decidido que no tiene prisa y ha puesto el freno de mano.

La formación de Abascal sabe que cualquier acuerdo ahora podría condicionar su discurso en Andalucía. Han optado por el "todo o nada", exigiendo cuotas de poder que el PP, temeroso de perder su supuesto perfil moderado, no se atreve a conceder. En este tablero de ajedrez, las comunidades autónomas son meros peones. Vox prefiere el bloqueo —e incluso la repetición electoral— antes que aparecer como el "socio dócil" de un Partido Popular que no sabe a qué carta quedarse antes de que se abran las urnas en el sur de España.

Esta situación deja a Feijóo, ideólogo de este desastre, en una posición de extrema vulnerabilidad. El líder que llegó a Madrid con el aura de gestor eficaz y pacificador se encuentra hoy atrapado entre dos tierras. Por un lado, la presión de sus barones territoriales, que ven cómo su crédito se agota; por otro, la sombra de una extrema derecha que le marca el ritmo, le mide las costuras y le humilla en cada mesa de negociación.

La autoridad de Génova está en entredicho. Si Feijóo no logra que Guardiola, Azcón o Mañueco cierren acuerdos estables, la imagen que proyecta es la de un líder incapaz de controlar su propia casa. La pregunta que recorre los pasillos del partido es demoledora: ¿Cómo pretende Feijóo gobernar España si no puede desbloquear tres gobiernos autonómicos? Su debilidad ante los suyos es ya un secreto a voces que trasciende a la ciudadanía.

La decisión de imponer a Miguel Tellado para monitorizar y tutelar los pactos con Vox, lejos de ser una solución, se ha revelado como un síntoma más del descontrol. Que Feijóo tenga que enviar a su "comisario" de confianza para vigilar a sus propios presidentes autonómicos no es garantía de éxito, sino la certificación de una desconfianza interna absoluta. Tellado no ha llegado para facilitar acuerdos, sino para intentar salvar los muebles de una dirección nacional que ha perdido el rumbo.

Tellado ha entrado en las negociaciones como elefante en cacharrería y está provocando el efecto contrario al deseado: solivianta a Vox y asfixia la autonomía de los barones regionales. Es la política del miedo aplicada al propio partido. Mientras Génova se obsesiona con el control, las comunidades siguen paralizadas. Si el "estratega" de Feijóo es la única carta que le queda para evitar el desastre, el PP tiene un problema mucho más profundo de lo que admiten sus encuestas internas.

Es una ironía sangrante que quienes se pasan el día reclamando "sentido de Estado" sean los mismos que mantienen a tres comunidades al borde del colapso por puro tacticismo electoral. El PSOE de Pedro Sánchez observa desde la barrera cómo sus rivales se despedazan en una negociación que parece no tener fin. Cada día que pasa sin gobierno es una derrota política para Feijóo, que regala a la izquierda el argumento perfecto: el PP es sinónimo de bloqueo e inestabilidad.

La fidelidad del votante popular está bajo mínimos. Un 17,1% de quienes confiaron en Feijóo ya miran hacia la extrema derecha ante la falta de carácter de su líder. Los ciudadanos no votan para que sus representantes se dediquen al "ruido" y al reparto de sillones durante meses mientras la sanidad y la educación funcionan por inercia. La parálisis actual es, en el fondo, una falta de respeto a la voluntad popular expresada en las urnas.

¿Hasta cuándo se puede estirar la cuerda sin que se rompa? La paciencia tiene un límite y Feijóo está jugando con fuego. Si antes de que acabe el trimestre no hay humo blanco, España entrará en una fase de inestabilidad desconocida por la incapacidad de un líder nacional de poner orden en sus filas. El laberinto es cada vez más estrecho y la salida de la repetición electoral asoma ya no como una amenaza, sino como el castigo final a una gestión nefasta. En cualquier caso, y aunque alcancen un acuerdo de mínimos para gobernar, ya ha quedado claro que quien manda es Vox y será el inicio de la cuenta atrás para la repetición electoral.

Feijóo debe elegir: o toma las riendas y demuestra que su liderazgo es real, o asume que el PP ha pasado de ser un partido de gobierno a ser una formación cautiva de las exigencias de Vox y de sus propias crisis internas. El tiempo se ha acabado. Si la solución es volver a las urnas porque el PP no sabe pactar ni sabe mandar, que no esperen que los ciudadanos les premien por su incompetencia. El colapso está a la vuelta de la esquina y lleva la firma de Génova.

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