La memoria histórica es uno de los temas diana de los negacionistas que son mayoritariamente ultras de derechas. Además, en todos los países es una de esas cuestiones que polarizan a las familias, las amistades y, si sale el tema, al colegueo del trabajo. 

En España, entre 1939 y 1975, en los centros de enseñanza primaria y secundaria casi nunca se llegó a la historia contemporánea, como mucho se tocaba la primera guerra mundial y la dictadura de Primo de Rivera, la República y la dictadura de Franco quedaban en el limbo por falta de tiempo. La República, el golpe de estado militar de 1936 y el franquismo se abordaban en la escuela en los libros de Formación del Espíritu Nacional (FEN), una asignatura impartida por los mismos profesores que daban Gimnasia procedentes del partido único: Falange Española y que buscaba crear "buenos patriotas" bajo los principios del Movimiento. La historia real se sacrificaba en favor de la ideología y el adoctrinamiento.

Hoy, cuando llevamos a nuestras espaldas un cuarto del siglo XXI, la memoria histórica es ignorada, cuando no saboteada o negada, en las comunidades autónomas gobernadas por la derecha. En los casi cincuenta años de democracia en España la memoria tampoco se ha cultivado en el sistema educativo y hay que recordar el boicot a la "Educación para la Ciudadanía" por parte del PP durante el gobierno socialista de Zapatero, a quien se le tachaba de asesino en muchos colegios religiosos concertados (esto es: subvencionados con dinero público) por la aprobación de la ley orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo.

Con estos antecedentes nos encontramos hoy con una juventud que conoce poco la historia reciente de su país y "compra" el falso relato de la ultraderecha que corre por las redes sin verificación alguna sobre las ventajas del autoritarismo y los inconvenientes o problemas de la democracia.

Si esto es lo que ha ocurrido en la esfera pública o institucional, en el ámbito doméstico o familiar la memoria no ha tenido mejor suerte. Las madres y los padres se callaban en la dictadura por temor al régimen y, en la democracia se callaban para no reabrir los conflictos de un pasado incómodo y cruel para todos. Pero el intentar de lavar los trapos sucios en la intimidad de la conciencia de cada uno no ha dado ningún resultado porque lo que no se airea se pudre y emponzoña el presente y el porvenir.

Ahora, cuando ya disponemos de una abundante producción literaria y audiovisual sobre nuestra historia más reciente desde los ángulos más diversos, creo que es el momento oportuno y necesario para abrir nuestra memoria personal y familiar a las generaciones más jóvenes sin maquillar los pasajes negativos y sin mitificar los positivos. Se trata de plantear una conversación sosegada y realista en la que dar a conocer las respectivas autobiografías de los mayores y contrastarlas con las de los hijos.

Los que vinieron al mundo a partir de 1950, entre los que me cuento y se cuentan los llamados "boomers," tenemos que defendernos en cierto modo del relato sesgado sobre nuestra supuesta vida cañón y el "privilegio" de ser pensionistas en una época de precariedad, desigualdad e incertidumbre ante el futuro.

A la inmensa mayoría de las personas, que ahora peinan canas o no peinan cabello alguno, nadie les ha regalado nada salvo a las que heredaron capitales o propiedades importantes. Pero su relato de sacrificios, estrecheces, pluriempleos y agobios para llegar a fin de mes no se ha difundido por modestia y por no amargarle la existencia a los más queridos y próximos.

Empecemos, pues, a escribir nuestras memorias y a difundirlas en nuestro entorno porque en cada existencia hay historias interesantes y experiencias replicables ahora o en el futuro. Ejemplos dignos de ser reconocidos por propios y extraños y datos para practicar un diálogo intergeneracional que no esté contaminado por prejuicios edadistas, bulos y mentiras. 

Para conseguirlo habrá que dedicar menos tiempo al móvil y al consumo compulsivo de series y más a rememorar, leer y bajar las cajas de recuerdos y fotografías antiguas para construir retrospectivamente nuestra marca personal. 

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