Feijóo junto a líderes del PP. EP
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La renuncia de Óscar Puente tras dar la cara durante cuatro horas en el Congreso y comparecer en varias ocasiones ante los medios de comunicación sitúa el listón de la ética política a unos niveles que el Partido Popular jamás ha alcanzado. Su gesto demuestra con hechos que no todos los políticos son iguales y deja al descubierto el cinismo de la derecha, que siempre prefiere atrincherarse en el cargo antes que asumir responsabilidades. Tras esta lección de honestidad del exministro socialista, la pregunta es inevitable: ¿A qué espera Alberto Núñez Feijóo para exigir la salida de Carlos Mazón, Isabel Díaz Ayuso o Juan Manuel Moreno Bonilla? La dignidad democrática no puede tener doble rasero según el carné político del gobernante. No puede haber víctimas de primera y víctimas de segunda.
La marcha de Óscar Puente marca un antes y un después en la política de nuestro país. Tras la catástrofe ferroviaria, Puente no se escondió ni echó balones fuera. Dio explicaciones desde el primer minuto y acudió al Congreso, donde respondió a cada una de las preguntas de la oposición. Y justo después, comunicó su dimisión irrevocable y su renuncia a concurrir en las listas electorales. Es de los pocos políticos de nuestra democracia que ha hecho algo así.
En su despedida ante la Cámara, pronunció unas palabras épicas que deberían dar la vuelta a España: "No es cierto que todos los políticos seamos iguales, eso es una falacia. Mi ego nunca ha sido mayor que mi partido". Puente se fue por un profundo respeto a la democracia, a las instituciones y a su país, España, demostrando que su prioridad no es el sillón ni el coche oficial, sino proteger la credibilidad del Estado. Frente a este gesto de profunda lealtad institucional, la reacción del Partido Popular ha sido la de siempre: la trinchera. En el partido de Feijóo no se dimite por ética. Se protege al político de turno, se deja pasar el tiempo y se espera a que la gente se olvide del problema.
En la historia del Partido Popular nadie se va por su propia voluntad, por grave que sea la crisis o el escándalo. Su estrategia siempre es la misma: negar los hechos, proteger al cargo y esperar a que escampe. José María Aznar metió a España en la ilegal Guerra de Irak basándose en mentiras sobre armas de destrucción masiva y jamás asumió ninguna responsabilidad política. Los expertos ligan esta implicación española con los atentados del 11-M que provocaron casi 200 muertos y 2.000 heridos.
Mariano Rajoy gestionó el desastre del Prestige minimizándolo y hablando de "hilillos de plastilina", y no dimitió. Tampoco dimitió nadie de su equipo por el trágico accidente del metro de Valencia, donde murieron 43 personas mientras las víctimas sufrieron años de un vergonzoso e inhumano ninguneo y silencio institucional.
Ana Pastor no dimitió tras el grave accidente ferroviario de Angrois, en el que murieron 80 personas. Federico Trillo no dimitió por el escándalo del Yak-42, en el que murieron 62 militares españoles y sus restos fueron recogidos y empaquetados sin ningún rigor forense y con las prisas de tapar el escándalo lo antes posible; es más, tiempo después le premiaron nombrándolo embajador en Londres. Y Ana Botella tampoco dimitió tras la tragedia del Madrid Arena, donde murieron cinco jóvenes por negligencias graves en el aforo.
Y un escándalo más reciente es ver a Mazón disfrutando de la playa, sin dar un palo al agua en el Parlamento valenciano, mientras recibe un elevado sueldo público y conserva su condición de aforado.
La conclusión es clara: en el PP nadie dimite. Por eso, cuando un ministro socialista como Óscar Puente da un paso al lado para defender la imagen de su partido, rompe de golpe el falso mito de que “todos son iguales”.
Que no te engañen, cuando escuches a alguien repetir que "todos los políticos son iguales", ten por seguro que estás ante el discurso manipulador que usa la extrema derecha para desmovilizar a la ciudadanía progresista. Igual que cuando alguien asegura con total descaro que "yo antes votaba al PSOE, pero ya no". No te apees de la burra: esa persona no ha votado a la izquierda en su vida. Siempre votó al PP y ahora simplemente se ha quitado la careta para apoyar abiertamente a Vox.
Alberto Núñez Feijóo pidió la dimisión de Óscar Puente desde el primer segundo. Le faltó tiempo. Sin embargo, ese mismo Feijóo se vuelve ciego, sordo y mudo cuando los escándalos acorralan a los barones de su propio partido.
¿Por qué Feijóo no le aplica la misma vara de medir a Carlos Mazón? Frente al ejemplo de un ministro que tardó menos de una hora en presentarse en el puesto de control de Atocha para dar la cara y asumir el problema desde el primer momento, el presidente autonómico valenciano estuvo ilocalizado y ausente durante horas de absoluta dejación de funciones ante la trágica riada que dejó más de 220 víctimas mortales. Ante semejante inoperancia e indolencia, numerosas manifestaciones masivas con cientos de miles de ciudadanos han desfilado en los últimos meses por las calles pidiendo a gritos la dimisión de Mazón ¿Y qué ha hecho Feijóo? Mirar para otro lado, aplaudirlo en público y blindarlo con un respaldo férreo. Hoy, Mazón sigue atornillado a su puesto, con su acta, su sueldo público, su chófer, su secretaria y la protección total de Génova.
¿Por qué Feijóo tampoco le pide la dimisión a Isabel Díaz Ayuso? En la Comunidad de Madrid murieron 7.291 personas mayores en residencias durante la pandemia sin ser derivadas a hospitales, víctimas de los crueles "protocolos de la vergüenza". Ni Ayuso ni nadie en su gobierno regional ha asumido la menor responsabilidad por dejar morir a miles de ancianos sin atención médica.
¿Por qué Feijóo guarda silencio cómplice ante Moreno Bonilla en Andalucía? La sanidad pública andaluza se desmorona por momentos y cientos de mujeres han sufrido retrasos e irregularidades graves en los programas de cribado de cáncer de mama. Sin embargo, Moreno Bonilla sigue vendiendo una moderación ficticia mientras la gestión sanitaria hace agua por todas partes. Ni siquiera han tenido la decencia de recibir a las familias de las víctimas y pedirles disculpas.
La diferencia es abismal y queda a la vista de todo el mundo. Mientras en el PSOE hay dirigentes como Óscar Puente que dimiten por dignidad y para proteger las instituciones, en el Partido Popular el cargo público es un escudo blindado frente al error. Óscar Puente se ha ido como un señor, dando la cara. Feijóo, por el contrario, queda retratado por su actitud: aplaudir, encubrir y proteger a los dirigentes de su partido, por graves que sean sus errores. Y ante semejante doble rasero surge una pregunta inevitable: ¿qué obtiene Feijóo a cambio de mantener ese blindaje político?




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