Una mujer observa ropa en una tienda. Europa Press.
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Sacar el verano de un armario para hacerlo caber en una caja es una de esas ceremonias domésticas que posponemos hasta que dos mañanas de fresquito nos recuerdan, a modo de tirón de orejas y tiritona, que ya no podemos seguir viviendo en agosto. Al contrario del cambio que hacemos cuando asoma la primavera, este tiene algo de despedida nostálgica, de aceptar que los días largos y las noches sin reloj tendrán que esperar unas cuantas vueltas de manecilla para volver a encontrarnos.
Los biorritmos naturales nos mandan un aire que llega de poniente y la luz empieza a marcharse antes. Durante el verano parecía no tener casa y ahora, con el otoño, sabe el camino de vuelta. Todo adquiere ese tono que vuelve más bonita la vida que estamos a punto de echar de menos, y las fotografías comienzan a oler a chimenea.
Primero vas guardando los shorts más chocheros. Alguno, a su vez, todavía guarda arena en los bolsillos y te arranca una sonrisa, esa forma de prudencia que tiene la alegría de no querer hacer ruido. Luego vienen las camisetas que han conocido las noventa puestas de sol y aún conservan la forma de algún abrazo. Después, los bikinis y aquel vestido de una noche que, por lo que sea, esperas que no amanezca durante el invierno. Doblas cada prenda y sucede la magia que narraba Proust, cuando el verano que despedimos saluda de pronto al tocarlas.
Después llegan las otras cajas y el reencuentro con ese jersey que conserva el olor de otro invierno. También aparece alguna chaqueta que llevas tres sin ponerte, pero que sigues guardando por si un día vuelves a ser la persona que se la compró. Encuentro un pantalón que perteneció a una mujer que llevaba mi nombre. Recuerdo haber sido ella, aunque ya no sé del todo cómo se sentía estar en su piel. Lo conservo por una fidelidad extraña, como si desprenderme de él fuera también una manera de abandonarla. Menos mal que la vida no viene con un avance de temporada como Inditex.
Es tiernesito, o al menos a mí me lo parece, descubrir que, mientras aquella ropa permanecía a oscuras, nosotros hemos seguido cambiando sin apenas darnos cuenta, porque estábamos demasiado ocupados viviendo. Y qué alivio entender que no tenemos por qué seguir siendo siempre los mismos para demostrar que seguimos siendo nosotros. Que hay cosas que dejamos atrás sin perderlas del todo. La naturaleza lo sabe mejor que nadie.
Mientras mi verano queda doblado, me acuerdo del lugar del Ártico donde se conservan bajo tierra más de un millón de muestras de semillas de todo el mundo. Una especie de armario de emergencia de la humanidad, por si algún día toca empezar de nuevo, con otro clima. Como nosotros, que también guardamos lo que fuimos en otra estación, por si en la siguiente necesitamos encontrar de dónde volver a nacer.




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