“El mundo natural es la comunidad más sagrada a la que pertenecemos. Dañar esa comunidad es dañarnos a nosotros mismos y disminuir nuestra propia humanidad”, decía el filósofo inglés Thomas Berry (1914-2009) en su libro Reconciliación con la Tierra.
Una anécdota que guardé con devoción en mi memoria es la que contó Saramago sobre su abuelo: un hombre de familia muy humilde, era analfabeto, pero era un gran sabio (conocimiento y sabiduría no siempre van unidos). Cercano a su muerte pidió bajar a su huerto para despedirse de sus árboles, abrazándolos uno por uno. Y ese anciano sabio portugués sabía que los árboles, que los vegetales son vida, que sienten, palpitan, inhalan y exhalan el oxígeno que respiramos. Y limpian el aire al absorber el dióxido de carbono; fijan el suelo, atraen la lluvia, bajan la temperatura ambiente, nos dan sombra, fruta, madera, paz, salud, belleza.
Cada árbol es una gran comunidad de vida que genera un pequeño ecosistema con otros seres vivos, vegetales y animales. Además, bajo la tierra los árboles crean redes entre ellos, a través del hongo micelio, que les permite comunicarse, protegerse y alimentarse. Cuando se tala un árbol en el bosque, el micelio comunica a los demás árboles que uno de ellos está agonizando, y a través de esa red comienzan a enviar nutrientes para intentar salvar esa vida, porque ese árbol que se muere forma parte de la gran familia de la tierra, de la vida.
Las últimas investigaciones de la Dra. Simard, ecóloga forestal, junto al biólogo italiano Stefano Mancuso nos revelan, desde la veracidad científica, una realidad maravillosa: que los árboles conforman sociedades y familias, que sienten, que cuidan, que se comunican entre sí. Sin duda, sociedades más justas y solidarias que las sociedades humanas. Lo cual es algo que los antiguos pueblos y culturas ancestrales sabían, veneraban y cuidaban, pero que nuestro mundo actual, ese mundo que asfixia a la tierra y a la vida con cemento y desprecia hasta límites a la naturaleza, tiene muy olvidado.
Cuando se tala a un árbol se comete un biocidio. No sólo matamos a ese árbol. Afectamos negativamente a esa red de micelio que, bajo tierra, conecta a ese árbol concreto con todos los árboles de su alrededor; es decir, dañamos a una amplia comunidad natural. Y restamos oxígeno al aire que respiramos, y calentamos el ambiente, y desciende el nivel de lluvias y de humedad, y la tierra circundante se vuelve árida y seca, y nos resta a todos bienestar y felicidad. Hace poco en la ciudad de Medellín, en Colombia, se ha llevado a cabo un proyecto experimental, para refrigerar y embellecer la ciudad, multiplicando los árboles, creando 30 corredores verdes y ampliando las avenidas arboladas y los parques naturales.
Los resultados han sido extraordinarios: han conseguido bajar entre dos y cinco grados la temperatura media de la ciudad; se ha reducido a mínimos la contaminación, han descendido las enfermedades respiratorias, y, en resumen, plantando miles de árboles, jardines verticales y plantas, han convertido a la ciudad en un ejemplo de biodiversidad urbana, y mucho más habitable, más bonita y más humanizada. Un ejemplo que se debería seguir en todos los países y ciudades del planeta para ayudar a parar el calentamiento global, y para conciliar al ser humano con la naturaleza.
En el polo opuesto, las políticas de las derechas neoliberales llevan décadas despreciando al medioambiente, negando la crisis climática y talando árboles en toda España, en todo el mundo. En concreto, la capital lleva décadas convirtiéndose en un gran secarral. Pero en el Madrid de Almeida el asunto está llegando a límites insoportables. Se están llevando a cabo talas masivas de árboles, que no cesan, en diversos distritos para supuestas remodelaciones de plazas y para la creación de aparcamientos privados. En plena crisis por el calentamiento global del planeta, cada día hay menos árboles en Madrid; las plazas parecen patios de cárceles. El hormigón, con toda su fealdad, lo va ocupando todo. Y el calor, insoportable. Greenpeace ha hecho mediciones del calor en Madrid con cámaras termográficas y denuncia las temperaturas inhumanas de muchas zonas (64º en Plaza Mayor o 65º en Callao).
En la cultura celta los árboles eran sagrados. Algo absolutamente lógico, inteligente y lúcido. Cuentan los historiadores que los cristianos, cuando invadían Europa a partir del siglo IV, sólo lograron someter a los celtas cuando talaron y quemaron sus bosques. Para la cultura celta los árboles eran el símbolo de la vida y de su fuerza. Para ellos la espiritualidad emanaba de su conexión con la naturaleza. Dice la investigadora y articulista Jennifer Ackerman, en su precioso libro El ingenio de los pájaros (Ariel, 2017), que su espiritualidad es la naturaleza. Para mí también lo es, desde que era una niña. Como lo era para los celtas.
Nuestro destino va ligado al destino de los árboles. Gracias a ellos, y no a ningún dios, podemos inhalar y exhalar el aliento de la vida. Algo tan simple como sembrar árboles pone freno a este calentamiento global de consecuencias insospechadas. Llevo tiempo sembrando un árbol cada año. Ojalá cada día seamos más. Porque, como decía la ecologista Petra Kelly, el futuro de la humanidad será verde o no será. Por mucho negacionismo interesado y absurdo que difundan las derechas, los canallas y los idiotas.
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