Hay barrios a los que el Ayuntamiento de Madrid les convierten autopistas en parques y barrios que directamente sirven para que pasen los coches camino de otra parte. Como esos pueblos de carretera donde nadie se queda nunca a dormir.

El proyecto de Almeida para la A-5 convirtió durante meses el soterramiento en una palabra mágica. Soterrar era modernizar, reconciliar la ciudad consigo misma, coser barrios, reducir ruido, contaminación, recuperar espacio público. Una idea razonable. Casi hermosa. El problema llegó cuando algunos vecinos descubrieron que había distintas categorías de madrileños: los que merecen túneles y los que merecen scalextric.

Porque en Vallecas no se va a soterrar. En Vallecas se eleva. La propuesta sobre la M-30 a la altura del Puente de Vallecas parece diseñada por alguien que jamás ha cruzado andando esa zona. Un nuevo paso elevado, más tráfico, más ruido, más hormigón suspendido sobre un distrito que lleva décadas aprendiendo a convivir con infraestructuras que otros rechazarían delante de su casa en menos de quince minutos. La Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid lo ha dicho con bastante educación para lo que se merecen: esto no cose el barrio, lo parte más.

Vallecas no es sólo un punto del mapa ni una solución de tráfico (...) Es un barrio vivo

Y hay algo profundamente madrileño en todo esto. Cuando una obra afecta al norte, se habla de integración urbana. Cuando afecta al sur, se habla de movilidad. Que es una manera técnica de decir: “os aguantáis”. Uno puede imaginar la reunión. Algún técnico enseñando unas recreaciones luminosas, árboles perfectamente alineados y familias felices caminando bajo una estructura de hormigón que, casualmente, nunca proyecta sombra en las infografías.

En la mente de los publicistas municipales es el único lugar de Madrid donde no hace calor, no hay atascos y los vecinos sonríen mirando un carril de aceleración. Pero Puente de Vallecas sí existe. Tiene memoria, tiene ruido, tiene orgullo y tiene demasiadas cicatrices urbanas. Tiene vecinos y vecinas que saben distinguir perfectamente entre una obra pensada para mejorar un barrio y una obra pensada para que otros lleguen antes a otro sitio. Tiene una relación antigua con las promesas incumplidas, con los planes que llegan tarde, con las inversiones que siempre parecen depender de un presupuesto futuro, de una fase posterior, de una voluntad política que nunca termina de aterrizar al sur de la M-30.

Hay una fotografía invisible que resume bien esta historia. En unos barrios, las administraciones entierran coches para que la gente viva mejor. En otros, levantan coches por encima de la gente para que el tráfico circule mejor. El orden de prioridades es bastante explícito. Lo más llamativo es que todo esto sucede mientras el Ayuntamiento llena discursos hablando de reequilibrio territorial. El reequilibrio en Madrid consiste muchas veces en repartir folletos explicando por qué tu barrio debe soportar lo que otros nunca aceptarían. Una pedagogía del conformismo bastante sofisticada.

Vallecas no es sólo un punto del mapa ni una solución de tráfico. Estamos hablando de un barrio vivo, rebelde, popular, mestizo, dignamente dibujado por migrantes de distintas épocas y realidades; un barrio que ha sostenido Madrid muchas veces sin que Madrid se molestara demasiado en mirarlo. Un barrio que ha defendido la sanidad pública, la escuela pública, los servicios sociales, el derecho a quedarse, el derecho a respirar y el derecho elemental a no ser tratado siempre como la parte sacrificable del plano.

Almeida quizá crea que esto va de tráfico. Pero no va de tráfico. Va de jerarquías invisibles. De quién merece silencio y quién debe acostumbrarse al ruido. De quién tiene derecho a ciudad y quién debe resignarse a ser pasillo. Pero detrás de cada carril hay una elección
política.

Porque el urbanismo también tiene clases sociales. Hay barrios a los que se les promete sombra, bancos, paseo, infancia, aire limpio y vida de barrio. Y hay barrios a los que se les promete fluidez. Una palabra preciosa, fluidez, siempre que no seas tú lo que se aparta para que otros fluyan. En algunos sitios la Administración baja los coches bajo tierra para que la superficie vuelva a ser humana. En otros, sube los coches al cielo para que los vecinos recuerden cuál es su sitio exacto en la ciudad: debajo.

Y luego está el Rayo. Claro que está el Rayo. Porque mientras algunos diseñan autopistas elevadas, Vallecas anda soñando con Europa. Tiene algo conmovedor esa simultaneidad: un barrio peleando por respirar mientras su equipo pelea por conquistar el continente. Como si Vallecas llevara toda la vida haciendo exactamente eso: resistir abajo mientras intenta mirar arriba sin que le caiga otro puente encima.

Vicente Montávez Aguillaume, Secretario General del PSOE de Puente de Vallecas y diputados por el PSOE en el Congreso de los diputados.

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