En la plaza del barrio, un grupo de adolescentes pinta un mural sobre una pared que durante años estuvo cubierta de anuncios y desconchones. Una dibuja una ventana verde; otro, una bicicleta amarilla; dos chicas discuten si el fondo debe ser azul o violeta. A pocos metros, una mujer mayor observa la escena desde un banco. Dice que antes las fachadas también tenían colores, pero no todos podían ocupar el espacio público con la misma libertad.

Hablar de color parece, a primera vista, hablar de decoración. Sin embargo, los colores también indican quién puede mostrarse, qué identidades son reconocidas y qué diferencias encuentran un lugar común. Una democracia no se limita a permitir elecciones: también hace visible la pluralidad de la sociedad.

Durante la dictadura franquista, el poder intentó presentar España como una comunidad uniforme. Había una moral oficial, una determinada idea de familia, una jerarquía social rígida y una identidad nacional que dejaba poco espacio para las lenguas, culturas y formas de vida que no encajaban en ella. La censura no afectaba solo a los discursos políticos. También alcanzaba la música, la literatura, la ropa, el cine y los comportamientos cotidianos.

La expresión “una España en blanco y negro” se utiliza con frecuencia para describir aquella etapa. No significa que las calles carecieran literalmente de color, sino que la diferencia podía resultar sospechosa cuando cuestionaba el modelo establecido. Una canción, un acento, una bandera, una forma de vestir o una relación afectiva podían convertirse en señales que el poder vigilaba, castigaba o empujaba hacia el ámbito privado.

La democracia amplió el espacio de lo visible. Regresaron símbolos prohibidos, se recuperaron lenguas y celebraciones, surgieron movimientos culturales y las calles comenzaron a llenarse de mensajes que no necesitaban la aprobación de una única autoridad. La diversidad política, territorial, sexual y cultural dejó de ser solo una realidad que sobrevivía en los márgenes para convertirse en parte del paisaje compartido.

El color también apareció como una forma de ocupar el espacio. Las banderas en una manifestación, los carteles de una asociación vecinal, los pañuelos de una protesta feminista o el arcoíris de una marcha del Orgullo no son únicamente elementos visuales. Permiten reconocer a quienes durante años tuvieron que ocultarse, encontrarse entre sí y formular demandas en público.

La pluralidad, sin embargo, no consiste en colocar colores distintos uno al lado del otro y fingir que no existen conflictos. Las sociedades diversas discuten sobre símbolos, lenguas, creencias y formas de convivencia. Una democracia no elimina esas tensiones, pero ofrece mecanismos para que ninguna identidad pueda presentarse como la única legítima y para que las minorías no dependan de la tolerancia ocasional de la mayoría.

También hay colores que siguen asociados a prejuicios. El tono de piel condiciona todavía la forma en que una persona es observada en una tienda, identificada en la calle o seleccionada para un empleo. Determinados rasgos físicos se convierten en una sospecha antes de que alguien haya dicho una palabra. La igualdad legal no borra automáticamente las miradas aprendidas.

Por eso, hablar de color también obliga a mirar quién aparece en los libros de texto, en las instituciones, en los medios de comunicación o en la publicidad. No se trata de añadir diversidad como un adorno, sino de reconocer que una sociedad se cuenta de manera incompleta cuando solo algunas experiencias ocupan el centro.

En el mural de la plaza, el fondo termina siendo violeta. Uno de los adolescentes escribe debajo el nombre del barrio con letras rojas. La mujer del banco se acerca para pedirles que no tapen una pequeña fecha pintada en una esquina: recuerda la inauguración de la asociación vecinal. Buscan un pincel más fino y la rodean con un marco naranja.

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