Hay bichos que dan la sensación de haber salido de una lluvia de ideas demasiado entusiasta. Pinta de dibujo animado, poderes que cuesta creer, soluciones evolutivas que ningún guionista firmaría por miedo a que le acusaran de exagerar. Y sin embargo ahí están, nadando, cavando, reptando. No creo que te los vayas a encontrar estas vacaciones, pero está bien que los conozcas.

Hay animales con pinta de dibujo animado, poderes que cuesta creer o fruto de una evolución rara

Algunos viven escondidos en el fondo del mar. Otros bajo tierra, o tan pequeños que apenas se distinguen a simple vista. Lo que tienen en común es recordarnos que la naturaleza no trabaja con molde único. Estas cinco especies lo demuestran.

Costasiella kuroshimae, la "oveja marina" que roba cloroplastos

Cuesta mirar una foto de la Costasiella kuroshimae (la que tienes en el encabezado de este artículo) sin pensar que alguien le ha pegado una carita a una hoja. Sus dos rinóforos oscuros parecen orejas de oveja, y las manchas verdes que cubren su cuerpo recuerdan a pequeñas hojas — de ahí el apodo en inglés, leaf sheep, oveja de hoja u oveja marina.

No es ni una cosa ni la otra. Es una babosa marina de pocos milímetros, del grupo de los sacoglosos, moluscos que se alimentan de algas. Su tamaño hace que resulte fácil pasar a su lado sin verla.

Lo raro es cómo come. Al perforar las células de las algas y succionar su contenido, consigue conservar algunos cloroplastos —las estructuras que permiten la fotosíntesis— en vez de digerirlos de inmediato. Los incorpora a sus propios tejidos y los mantiene activos durante un tiempo. El fenómeno se llama cleptoplastia: robo de plastos, literalmente.

Eso no la convierte en planta ni le permite vivir solo de luz. Sí le da un extra de energía prestada mientras dura. Y su color verde no es un capricho estético: le sirve para camuflarse entre las algas de las que se alimenta.

El ajolote, el animal que se niega a crecer del todo

Ajolote

Con su sonrisa fija y esas branquias externas en forma de plumas, el ajolote mexicano no se olvida fácilmente. Se llama Ambystoma mexicanum y, aunque parezca una criatura acuática aparte, es en realidad una salamandra.

Su rareza empieza en cómo se desarrolla. La mayoría de anfibios pasa por una metamorfosis que les cambia el cuerpo por completo. El ajolote no: al llegar a adulto conserva rasgos de larva, como las branquias externas y la vida en el agua. Por si quieres lucirte delante de tu cuñado antes del partido del domingo, a eso se le llama neotenia.

Pero lo que lo ha convertido en pieza clave para la ciencia es otra cosa: su capacidad para regenerarse. Puede reconstruir una extremidad entera —huesos, músculos, nervios y vasos sanguíneos incluidos— y repara otros tejidos con una eficacia que deja en ridículo a la de cualquier mamífero. Es uno de los pocos vertebrados adultos capaces de regenerar partes del cuerpo de forma completa y funcional durante toda su vida.

No pienses que se hace una herida y la cierra. Tras una amputación, las células cercanas a la zona dañada forman una estructura llamada blastema, desde la que se organiza el tejido nuevo. Entender ese proceso podría dar pistas para tratar lesiones humanas algún día, aunque trasladar esa capacidad a nuestra especie sigue siendo, por ahora, un objetivo lejano.

Dragón de mar foliado, el alga que resulta ser un pez

En aguas del sur y el oeste de Australia vive un animal que ha convertido camuflarse en un arte. El dragón de mar foliado, Phycodurus eques, es pariente de los caballitos de mar y los peces pipa, pero su cuerpo parece cubierto de hojas.

Dragón de mar

Esas prolongaciones no le sirven para nadar más rápido ni actúan como aletas. Su función es defensiva y puramente visual, porque su objetivo es romper su silueta hasta hacerla casi indistinguible de las algas que se mecen con la corriente. Incluso se mueve despacio, como si fuera un trozo de vegetación arrastrado por el agua.

Solo se encuentra en aguas australianas. Y a pesar del nombre y de la puesta en escena, no es ningún depredador temible: come pequeños crustáceos, que aspira con su hocico alargado.

Como en sus parientes los caballitos de mar, en la reproducción, la hembra deposita los huevos en una zona especializada de su cola, donde se quedan hasta que las crías están listas para salir. El resultado es un animal con pinta de criatura mitológica que es, en realidad, un ejemplo extremo de adaptación a un hábitat muy concreto.

El tardígrado, pequeño pero casi indestructible

Tardígrado

Los tardígrados miden una fracción de milímetro, tienen ocho patas y se mueven con torpeza —de ahí el apodo de osos de agua. Al microscopio parecen bichos regordetes metidos en un traje espacial varias tallas más grande.

Su fama viene de una resistencia fuera de lo común, aunque conviene matizar. No es que vivan cómodamente en cualquier ambiente extremo: lo que hacen algunas especies es sobrevivir a ciertas condiciones entrando en criptobiosis, un estado en el que su actividad metabólica se reduce al mínimo.

Cuando falta agua, encogen el cuerpo, retraen las patas y forman una estructura deshidratada llamada tun. En ese formato, aguantan condiciones que matarían a la mayoría de los animales: radiación intensa, presiones extremas, congelación, largos periodos sin agua. La Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos reconoce que todavía se investiga el mecanismo exacto que usan para resistir la desecación.

También han sobrevivido a impactos de hasta 0,9 kilómetros por segundo en experimentos de laboratorio. Más allá de ese umbral, hasta el tardígrado tiene un límite.

El topo de nariz estrellada, un cazador que toca el mundo

El topo de nariz estrellada, Condylura cristata, parece llevar una anémona diminuta pegada a la cara. Alrededor de sus fosas nasales tiene 22 apéndices rosados y móviles que forman una estrella perfectamente reconocible.

Topo de nariz estrellada

No son adorno. Están cubiertos de miles de receptores sensoriales y convierten su nariz en un órgano táctil de una precisión enorme. Como vive en terrenos húmedos, túneles oscuros y zonas pantanosas de Norteamérica, la vista le sirve de poco. Para encontrar comida, explora el entorno tocándolo sin parar con esa estrella nasal.

El contacto dura fracciones de segundo. En ese instante, la nariz analiza lo que ha tocado y le ayuda a decidir si es una presa comestible. Es, en cierto modo, una manera de "ver" con el tacto.

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