El Regate

La vida según Marcos Llorente

De sus noches decisivas con el Atlético a sus críticas al Gobierno y sus controvertidas teorías sobre la salud, el campeón del mundo se ha convertido en una figura incómoda fuera del campo

Marcos Llorente, en un partido con el Atlético de Madrid. EP.
Marcos Llorente, en un partido con el Atlético de Madrid. EP.

Marcos Llorente no necesitó un balón para convertirse en uno de los protagonistas de la semana. El miércoles 28 de octubre, mientras España trataba de asimilar las consecuencias del accidente ferroviario de Toledo, el futbolista del Atlético de Madrid utilizó Instagram para dirigirse directamente a Óscar Puente, ministro de Transportes. Le pidió que abandonara las discusiones en Twitter y se concentrara en las responsabilidades de su cargo. Fue más allá y calificó su gestión de “un puto desastre”. El mensaje, compartido después por Dani Carvajal y Thibaut Courtois, provocó una discusión que tenía poco que ver con el fútbol. Tampoco era la primera vez que Llorente aparecía en una polémica pública, aunque en esta ocasión había entrado de lleno en el terreno político.

Su respuesta llegó al día siguiente. Ante quienes le reprochaban haber politizado una tragedia, Llorente rechazó las etiquetas ideológicas y defendió que exigir responsabilidades no supone identificarse con ningún partido. “¿Todavía no os habéis dado cuenta de que a mí la política me la suda?”, escribió. También criticó a quienes se enfrentan entre izquierdas y derechas mientras, a su juicio, quedan pendientes las explicaciones que merecen los ciudadanos. Las palabras de Llorente admiten una lectura interesante: asegura despreocuparse de la política al mismo tiempo que interviene en uno de sus debates más sensibles. Una crítica a un ministro no determina por sí sola una ideología, como tampoco permite establecer las responsabilidades de una catástrofe cuyas causas continuaban bajo investigación. Pero sí revela hasta qué punto el futbolista ha decidido que su condición de deportista no debe limitar aquello sobre lo que puede opinar.

Resulta una evolución singular para un jugador que durante buena parte de su carrera fue conocido por exactamente lo contrario: hacer lo que se le pedía, adaptarse y evitar el protagonismo innecesario. El Marcos Llorente del Atlético puede aparecer como lateral, interior, carrilero o mediapunta. El que habla ante sus seguidores, en cambio, no parece especialmente interesado en adaptarse a las expectativas ajenas. Esa distancia entre el futbolista y su personaje público ayuda a entender por qué alguien que lleva años siendo importante para Diego Simeone ha empezado a generar tantas conversaciones ajenas a sus actuaciones deportivas.

Para comprender cómo llegó hasta aquí conviene regresar al Real Madrid, el club en el que se formó y donde su apellido tenía un peso considerable. Hijo de Paco Llorente, nieto de Ramón Grosso y sobrino nieto de Paco Gento, creció dentro de una familia estrechamente vinculada al madridismo. Su recorrido por la cantera desembocó en un prometedor préstamo al Alavés durante la temporada 2016-2017. Allí destacó como mediocentro defensivo, gracias a su capacidad para recuperar balones y sostener el equilibrio del equipo. Regresó a Madrid, ganó títulos y fue protagonista de la final del Mundial de Clubes de 2018 contra el Al-Ain, pero nunca consiguió establecerse como titular indiscutible. En 2019 terminó marchándose al Atlético.

Su llegada al equipo de Simeone tampoco fue una transformación inmediata. El técnico argentino recibió a un jugador acostumbrado a desenvolverse por delante de la defensa y empezó a explorar otras posibilidades. El 11 de marzo de 2020, en Anfield, encontró una respuesta espectacular. El Liverpool había forzado la prórroga de los octavos de final de la Champions y Roberto Firmino había colocado al vigente campeón europeo en una posición favorable. Entonces apareció Llorente. Marcó dos goles desde fuera del área y participó en una remontada que completó Álvaro Morata. El Atlético ganó 2-3 y eliminó al conjunto de Jürgen Klopp. Fue una de las noches más importantes de su carrera, pero también la constatación de que podía resultar decisivo en zonas del campo donde apenas había jugado anteriormente.

La temporada siguiente confirmó aquella evolución. En la Liga conquistada por el Atlético en 2021, Llorente marcó 12 goles, una cifra extraordinaria para alguien que había comenzado su trayectoria profesional identificado con el trabajo defensivo. Su velocidad, su llegada desde segunda línea y su capacidad para ocupar distintas posiciones le convirtieron en una pieza importante del equipo. Simeone encontró un jugador capaz de modificar su función sin perder influencia. Llorente, por su parte, comprobó que la polivalencia podía abrirle un espacio que difícilmente habría encontrado permaneciendo exclusivamente como mediocentro.

Un cuerpo convertido en una forma de vida

Fuera del campo, sin embargo, Llorente lleva esa misma voluntad de mejorar hacia un territorio mucho más controvertido. Su alimentación, sus horarios y su exposición a la luz forman parte de una rutina que comparte públicamente desde hace años. Sigue una dieta inspirada en el Paleolítico, ha explicado que procura adaptar sus comidas a los ciclos naturales de luz y utiliza gafas con cristales amarillos o rojos en determinados ambientes interiores. También ha mostrado su afición por caminar descalzo y exponerse al frío. No todos estos hábitos son necesariamente perjudiciales ni carecen por completo de fundamentos fisiológicos. El problema aparece cuando sus explicaciones pasan de describir una preferencia personal a cuestionar conocimientos científicos respaldados por la investigación.

La exposición solar es probablemente el ejemplo más delicado. Llorente ha defendido públicamente tomar el sol sin crema protectora y llegó a desacreditar a quienes relacionan la radiación solar con el cáncer de piel. Sus afirmaciones contradicen la evidencia médica sobre los riesgos de la radiación ultravioleta, que incluyen el melanoma. El secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, respondió a sus declaraciones y le acusó de negar los riesgos de esta enfermedad. La cuestión excede las preferencias particulares de un deportista: cuando una figura pública con millones de seguidores habla sobre salud, sus recomendaciones pueden circular mucho más allá del contexto en el que fueron pronunciadas.

Tampoco ha sido su única controversia relacionada con la ciencia. En septiembre de 2025 comentó una fotografía publicada por el Getafe en la que aparecía una estela de avión con la palabra “fumigada”. Posteriormente expresó sus sospechas sobre los rastros que dejan las aeronaves y cuestionó que fueran un fenómeno normal, aunque admitió no saber qué los producía. EFE Verifica desmontó sus insinuaciones sobre los llamados chemtrails: las estelas se forman por condensación y congelación del vapor de agua bajo determinadas condiciones atmosféricas, sin que exista evidencia de una operación secreta de fumigación. Las dudas del futbolista no constituyen una demostración alternativa, aunque su repercusión mediática haya contribuido a extender la discusión.

Meses antes, durante el apagón eléctrico que afectó a España en abril de 2025, Llorente ya había publicado una fotografía caminando por unas vías ferroviarias acompañada de una reflexión sobre cómo las conspiraciones acababan haciéndose realidad. No explicó qué conspiración concreta estaba denunciando. La ambigüedad de aquel mensaje permitió que se interpretara como una insinuación sobre las causas del apagón, sin aportar pruebas que sostuvieran tal sospecha. La escena anticipaba un rasgo de sus intervenciones posteriores: lanzar preguntas o afirmaciones contundentes sobre cuestiones complejas sin desarrollar necesariamente una explicación verificable.

Conviene distinguir, en cualquier caso, sus hábitos personales de sus intervenciones públicas. Llevar gafas amarillas no convierte a nadie en un defensor de teorías conspirativas. Tampoco seguir una alimentación determinada permite extraer conclusiones políticas. El conflicto está en las afirmaciones concretas que Llorente ha hecho sobre asuntos sanitarios o científicos, y en su resistencia a aceptar algunas explicaciones respaldadas por especialistas. Su rendimiento deportivo, por excepcional que resulte en determinados partidos, no demuestra la eficacia de todas sus prácticas. Ser un futbolista físicamente preparado y disponer de conocimientos acreditados sobre medicina o meteorología son cuestiones diferentes.

La política de quien asegura pasar de la política

Su enfrentamiento con Óscar Puente añade otra dimensión al personaje. Hasta entonces, buena parte de sus controversias habían surgido de sus opiniones sobre la salud, la alimentación o los fenómenos atmosféricos. En octubre de 2026 decidió señalar directamente a un miembro del Gobierno tras una tragedia nacional. Reclamó responsabilidades políticas y cuestionó la gestión del ministro, pero también recibió críticas por hacerlo antes de que se conocieran las causas del siniestro. En su segunda intervención quiso desligarse de cualquier identificación partidista. Aseguró que no le preocupaban las etiquetas y reprochó a los ciudadanos su enfrentamiento permanente por motivos ideológicos.

No hay que confundir esa postura con una declaración de neutralidad demostrada, ni convertirla automáticamente en una adhesión a la derecha. Llorente no ha identificado en estos mensajes un partido al que apoye. Lo que sí ha hecho es utilizar su popularidad para formular una crítica política particularmente dura y rechazar después que esa intervención deba situarle en uno de los bloques ideológicos. Es una tensión habitual en personajes públicos que defienden hablar como ciudadanos corrientes mientras conservan una capacidad de difusión extraordinaria. En su caso, la discusión se amplificó cuando otros futbolistas compartieron su mensaje. La política había entrado en una conversación deportiva sin necesidad de que ninguno anunciara una militancia.

Su trayectoria reciente ofrece otro episodio revelador sobre su relación con las decisiones personales. El 3 de septiembre de 2026 anunció su retirada de la selección española con solo 31 años, pocas semanas después de conquistar el Mundial. Había participado en 27 encuentros internacionales y todavía podía aspirar a nuevas convocatorias. No obstante, aseguró que había tomado la decisión antes del torneo, independientemente de si finalmente entraba en la lista o de cuál fuera el resultado. No atribuyó su retirada a sus polémicas ni a una disputa política. La presentó como una elección íntima, meditada y difícil de comprender desde fuera.

Ese gesto ayuda a observar una parte menos estridente de Llorente. El futbolista que tanto ha cambiado de posición a lo largo de su carrera decidió cerrar voluntariamente una etapa incluso después de alcanzar uno de los mayores éxitos deportivos posibles. En el Atlético sigue siendo un jugador de extraordinaria versatilidad; fuera de él reivindica el derecho a organizar su vida y expresar sus convicciones sin buscar aprobación. No existe necesariamente una contradicción entre ambas conductas. Puede aceptar las instrucciones de Simeone dentro del campo y rechazar otros consejos fuera de él. Lo que sí merece discusión es que la libertad para expresar opiniones no las sitúa al margen de la crítica, especialmente cuando afectan a cuestiones científicas o a responsabilidades públicas.

Anfield seguirá siendo una de las imágenes que mejor expliquen su carrera deportiva. Allí, Llorente apareció donde nadie esperaba encontrar al mediocentro formado en Valdebebas y cambió una eliminatoria con dos disparos. Hoy es también un futbolista al que se escucha hablar de ministros, protectores solares y estelas de aviones. Hay razones muy distintas para discutir cada una de esas intervenciones, como también las hay para recordar sus goles. Quizá por eso su figura resulta más difícil de resumir ahora que cuando únicamente había que decidir en qué posición debía jugar.

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Etiquetas Deportes Fútbol