El fútbol lo ha vuelto a ver este fin de semana. Viktor Tsygankov, la principal estrella del Girona, se negó a vestirse de corto en el debut liguero de su equipo, pese a estar convocado, para presionar por una salida que no llega. No es un gesto nuevo: negarse a jugar, a entrenar o incluso a presentarse es una de las armas más viejas —y más eficaces— que tiene un futbolista para forzar su traspaso cuando el club se resiste a dejarle marchar. La historia reciente está llena de ejemplos, algunos protagonizados por auténticas estrellas mundiales.

Tskygankov y su 'no' a la Hypermotion

Lo del ucraniano estalló en la primera jornada. Su propio entrenador, Quique Álvarez, lo confirmó sin rodeos tras el empate ante el Leganés: "Tsygankov está bien. Es más, estaba convocado para el partido, pero no ha querido cambiarse". El jugador vio el encuentro desde la grada, se llevó una pitada de Montilivi y subió la apuesta publicando en redes mensajes internos del club. Su detonante es concreto: el descenso del Girona a Segunda, una categoría en la que no quiere jugar. El club sostiene que se plantó estando sano; su entorno asegura que presentó un parte médico. Sea como sea, el mensaje es transparente: quiere irse a Primera —Celta, Espanyol y Valencia rondan— y no piensa facilitar las cosas.

Isak, el plante más caro de la historia

El precedente más sonado y reciente es de hace apenas un año, y terminó batiendo récords. En el verano de 2025, Alexander Isak protagonizó la mayor telenovela del mercado europeo con un objetivo: forzar su salida del Newcastle rumbo al Liverpool. El delantero sueco se declaró en una rebeldía de manual: se presentó tarde tras las vacaciones, se marchó a entrenar por su cuenta a su antiguo club, la Real Sociedad, se perdió la pretemporada, no jugó el arranque de la Premier e incluso faltó a la gala de premios de la PFA. Acusó al Newcastle de "romper promesas"; el club lo negó tajantemente. El pulso, largo y agrio, acabó como Isak quería: fichó por el Liverpool el último día de mercado por 125 millones de libras, récord absoluto del fútbol británico. Su propio entrenador, Eddie Howe, había resumido la impotencia del club con una frase reveladora: "Alex controla eso".

El descenso, otro detonante habitual

El caso de Tsygankov —negarse a jugar por haber bajado de categoría— tampoco es inédito. En el verano de 2023, tras el descenso del Espanyol, dos de sus jugadores se rebelaron casi a la vez. Martin Braithwaite, ex del Barcelona, no jugó el último amistoso y abandonó la concentración de Marbella sin permiso; pesaban la rebaja del 50% de su sueldo por bajar de categoría y el miedo a perderse la Eurocopa. Su compañero César Montes siguió el mismo guion y se negó a entrenar. El club acabó dando salida a ambos.

Los clásicos: Tevez, Payet y Van Hooijdonk

El fenómeno viene de lejos y ha salpicado a los mejores. El caso más célebre es el de Carlos Tevez: en 2011, el argentino se negó —según su entrenador, Roberto Mancini— a saltar al campo como suplente en pleno partido de Champions ante el Bayern. Acabó suspendido, multado y fugado a Argentina durante meses, aunque la historia terminó con un giro insólito: regresó a tiempo para ser clave en la conquista de la Premier con el Manchester City.

Parecido fue lo de Dimitri Payet, que en 2017 comunicó al West Ham que no volvería a jugar un minuto porque quería regresar al Marsella. Pese a su contrato recién firmado, forzó la venta; años después admitió que se volvió ingobernable a propósito. Y uno de los pioneros del gesto en su versión extrema fue Pierre van Hooijdonk: en 1998 se plantó en el Nottingham Forest sintiéndose engañado, se marchó a entrenar a Holanda por su cuenta y no volvió en meses. Cuando regresó, fueron sus propios compañeros quienes le castigaron: al marcar un gol, ninguno acudió a celebrarlo con él.

Un arma de doble filo

Estos casos comparten un mecanismo pero no un final. A veces el plante funciona —Isak y Payet consiguieron su traspaso— y a veces sale caro, en forma de multas, gradas enfrentadas y una reputación tocada durante años. Incluso cuando se gana, la victoria puede ser agridulce: Isak, tras forzar su fichaje récord, vivió después una temporada irregular en Anfield. En el fondo, es la expresión más cruda del "poder del jugador": cuando un futbolista decide irse y el club se resiste, su rendimiento —o la ausencia de él— se convierte en su mejor herramienta de negociación. Tsygankov es solo el último en empuñarla. No será el último.

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