La Copa del Rey siempre ha sido algo más que una competición. Es el torneo que iguala categorías, que lleva el fútbol profesional a rincones donde no suele llegar y que convierte una noche cualquiera en un recuerdo para toda la vida. El famoso “torneo del KO” reparte ilusión, pero también abre una tentación constante: hacer caja a costa de ella. En un fútbol cada vez más alejado del aficionado de a pie, no todos los clubes resisten esa tentación. Y por eso lo ocurrido con el Racing de Santander ha causado tanto revuelo.
El Racing pone a la afición en el centro
El conjunto cántabro, líder de Segunda División, recibirá al FC Barcelona en los octavos de final más de trece años después de la última visita azulgrana a El Sardinero. Un acontecimiento histórico para una afición necesitada de alegrías, de noches grandes y de sentirse parte del mapa futbolístico nacional. En lugar de convertir ese partido en un lujo inaccesible, el Racing ha optado por una decisión poco habitual en el fútbol actual: precios razonables y pensados para su gente.
Los abonados oro y plata no pagarán entrada. El abonado normal contará con un descuento del 40% y sus tickets oscilarán entre 18 y 42 euros. Para los no abonados, las entradas irán de los 30 a los 70 euros. No es un regalo, pero sí una política coherente con la idea de que el fútbol, especialmente en competiciones como la Copa, debe seguir siendo un espectáculo popular. El mensaje es claro: este partido también pertenece a la afición que ha estado ahí todo el año.
En un contexto en el que muchos clubes ven estas eliminatorias como un salvavidas económico, el Racing ha decidido no trasladar toda la carga a sus seguidores. Y no es un matiz menor. Las taquillas de Copa pueden ayudar a cuadrar cuentas, pero también pueden romper la relación emocional con la grada. Santander ha optado por lo primero sin sacrificar lo segundo.
El contraste con el Albacete
El contraste con lo sucedido en Albacete es tan evidente como incómodo. El Carlos Belmonte recibirá al otro gran gigante del fútbol español, el Real Madrid, y la política de precios ha provocado una auténtica tormenta social. Los abonados del Alba deberán pagar un suplemento de 50 euros para asistir al partido, mientras que los no abonados solo podrán acceder desde los 90 euros. Una decisión que ha generado una reacción contundente por parte de las principales peñas del club, que han hablado abiertamente de “falta de respeto al aficionado”.
El comunicado es demoledor. Las peñas recuerdan que el derecho a jugar esa eliminatoria nace del apoyo constante del albacetismo, del ambiente del Belmonte en rondas anteriores y de una fidelidad que no distingue resultados ni clasificaciones. Por eso consideran injusto que ahora se les exija un desembolso tan elevado, especialmente en un mes como enero, complicado para muchas economías familiares y más aún para hogares con varios abonados.
La queja va más allá del precio. Denuncian la falta de proporcionalidad según las zonas del estadio, el hecho de que aficionados en gradas descubiertas paguen lo mismo que en sectores cubiertos y la sensación general de que se está “explotando la fidelidad del abonado en pro del negocio”. El dato más gráfico resume el malestar: algunos aficionados tendrán que pagar casi un tercio del precio del abono de toda la temporada por un solo partido.
Nadie discute que la visita del Real Madrid o del FC Barcelona genera una oportunidad económica extraordinaria. El debate está en cómo se gestiona esa oportunidad. El Racing de Santander ha entendido que el beneficio no puede ser solo contable, que el valor de un club también se mide por cómo cuida a su gente en los momentos excepcionales. El Albacete, en cambio, ha optado por una vía que prioriza el ingreso inmediato, aun a costa de un desgaste evidente con su base social.
La Copa del Rey, por su propia naturaleza, debería ser el refugio del fútbol popular. El espacio donde el niño puede ir al estadio por primera vez, donde el abonado de toda la vida se siente recompensado y donde el club pequeño vive su noche grande sin renunciar a su identidad. Cuando los precios convierten esa experiencia en un privilegio, algo se rompe.
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