Andre Ingram debutó en la NBA con 32 años y lo hizo con una camiseta tan simbólica como la de Los Angeles Lakers. Su estreno, lejos de ser una anécdota estadística, se convirtió en una de las historias humanas más recordadas del baloncesto moderno: perseverancia, vocación y una carrera construida al margen de los focos.

Un sueño que parecía fuera de plazo

La noche del 10 de abril de 2018 quedó grabada en la memoria de la NBA. Andre Ingram, escolta estadounidense nacido en Richmond (Virginia), saltó a la pista con los Lakers después de una década entera en la NBA G League. A sus 32 años, se convirtió en uno de los debutantes más veteranos de la historia reciente de la liga.

No fue un fichaje mediático ni una apuesta estratégica. Ingram llegó al primer equipo por una concatenación de lesiones y contratos temporales, pero también por algo menos visible: una trayectoria de constancia poco común. Drafteado en 2007 por los Lakers en segunda ronda, nunca había disputado un solo minuto en la NBA hasta once años después.

Entre 2007 y 2018, Ingram jugó de forma ininterrumpida en la G League, principalmente en los South Bay Lakers, filial del equipo angelino. Disputó más de 380 partidos en la liga de desarrollo, convirtiéndose en uno de sus jugadores más reconocibles, aunque invisibles para el gran público.

Durante ese tiempo, compaginó el baloncesto con un empleo como profesor de matemáticas, una circunstancia que ilustra la precariedad de muchos jugadores fuera del primer nivel. Sus ingresos estuvieron muy por debajo del salario mínimo de la NBA, pese a mantener una carrera profesional sostenida.

A nivel deportivo, destacó por su capacidad anotadora desde el perímetro, llegando a ser líder histórico en triples de la G League durante varias temporadas. Sin embargo, la llamada definitiva no llegaba.

El debut que nadie olvidó

Cuando finalmente fue activado por los Lakers, el contexto no era favorable: temporada irregular, sin opciones de playoffs y con la plantilla mermada. Aun así, Ingram aprovechó su oportunidad. En su debut ante los Houston Rockets, anotó 19 puntos, con seis triples, en 25 minutos sobre la pista.

Más allá de las cifras, el impacto fue emocional. Compañeros, rivales y aficionados reconocieron la dimensión del momento. No era solo un debut: era la culminación de once años de espera. Dos días después volvió a sumar minutos y puntos, confirmando que su presencia no era meramente simbólica.

Tras su breve etapa en la NBA, Ingram regresó a la G League y posteriormente puso fin a su carrera profesional. Su historia siguió teniendo eco en medios, universidades y entornos deportivos como ejemplo de resiliencia aplicada al deporte.

No hubo contrato multimillonario ni continuidad en la liga, pero sí algo menos cuantificable: reconocimiento. En una competición donde miles de jugadores quedan en el camino, Ingram llegó hasta el final del suyo.

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