Carlos Alcaraz tendría razones de sobra para estar jugando. Tenía que defender Roland Garros, después llegó Wimbledon y al final del verano espera el US Open. Cada torneo que desaparece de su calendario significa puntos, dinero, ritmo competitivo y oportunidades que no regresan. Pero el murciano sigue parado.

Alcaraz se lesionó la muñeca derecha durante el torneo de Barcelona en abril y desde entonces no ha disputado un partido oficial. Después fueron cayendo Madrid, Roma, Roland Garros, Queen's y Wimbledon. Cuando anunció su baja en Madrid dejó una frase especialmente reveladora: necesitaba “escuchar" a su cuerpo y hacer lo mejor para evitar que la lesión le afectara en el futuro. La propia ATP explicó después que el español seguía sin estar preparado para competir pese a que su recuperación avanzaba.

Aquella frase contiene buena parte del cambio cultural que atraviesa el deporte. Durante décadas, un campeón debía jugar. Las epopeyas de la época no entendían de descansos y de cuidar cuerpo y mente. Si podía agarrar una raqueta, jugaba. Si dolía, se infiltraba. Si estaba agotado, apretaba los dientes. Las cicatrices servían incluso para engrandecer el relato. Ahora empieza a abrirse paso una idea distinta: renunciar a competir hoy puede ser precisamente una forma de intentar ganar mañana.

No significa que cada retirada sea una victoria moral ni que descansar cure cualquier problema. Una lesión, una depresión, una crisis de ansiedad o el agotamiento competitivo son realidades diferentes y no deberían mezclarse alegremente. Lo que sí comparten muchos de los grandes casos de los últimos años es una ruptura con una vieja norma no escrita: ser fuerte ya no significa necesariamente callar y continuar.

De Nadal a Alcaraz: dos maneras de escuchar al cuerpo

No hace falta retroceder demasiado para encontrar el modelo contrario. Y pocos deportistas lo representan mejor que Rafael Nadal, cuya carrera fue durante más de dos décadas sinónimo de competir hasta el límite. Nadal convirtió la resistencia, la capacidad para convivir con el dolor y la insistencia en volver una y otra vez después de cada lesión en una parte inseparable de su identidad deportiva.

El ejemplo más extremo llegó en Roland Garros 2022, cuando conquistó el torneo jugando con el pie izquierdo anestesiado. Necesitaba inyecciones para bloquear el dolor provocado por el problema crónico que arrastraba y poder saltar a la pista. Terminó levantando su decimocuarta Copa de los Mosqueteros, pero reconoció después que competir de aquella manera no podía convertirse en una solución permanente. La imagen era casi perfecta para resumir una determinada concepción del campeón: Nadal jugando incluso cuando su propio cuerpo parecía pedirle que dejara de hacerlo.

No fue un episodio aislado, sino el extremo de una carrera marcada por la negociación permanente con las lesiones. Pie, rodillas, muñeca, abdomen, cadera... Nadal pasó años reconstruyendo su calendario alrededor de su físico y regresando cuando parecía que su cuerpo podía haber dicho definitivamente basta. En 2023, al anunciar que se tomaría un periodo prolongado de descanso y que la siguiente temporada probablemente sería la última de su carrera, admitió que necesitaba hacer “lo correcto” para su cuerpo y para su felicidad.

La relación de Nadal con ese límite resulta todavía más reveladora vista desde la retirada. Él mismo ha reconocido después que llevó su físico más allá de lo razonable durante muchos años, hasta el punto de convivir con la incertidumbre sobre las consecuencias que podría tener en el futuro. Su cuerpo, llegó a resumir en sus últimos Roland Garros, había sido prácticamente “una jungla”, después de décadas de lesiones, tratamientos y adaptaciones para conseguir seguir compitiendo.

Ese es precisamente el matiz que convierte a Nadal en un contrapunto especialmente interesante. No se trata de presentar su manera de competir como equivocada: aquella capacidad para resistir explica también una parte de sus 22 Grand Slams, sus 14 Roland Garros y una de las carreras más extraordinarias de la historia del tenis. Pero su trayectoria evidencia el precio que puede acompañar a esa cultura del esfuerzo llevado hasta sus últimas consecuencias. Nadal siempre entendió competir como llegar hasta donde el cuerpo permitiera y, en ocasiones, intentar ir un poco más allá.

Alcaraz pertenece a la generación inmediatamente posterior y dispone, además, de ese espejo. Con 23 años, no solo puede preguntarse qué torneo quiere jugar el mes que viene, sino cuántos años pretende permanecer en la élite. La comparación es poderosa porque ambos representan dos momentos muy próximos del mismo deporte: Nadal convirtió muchas veces el dolor en parte de la competición; Alcaraz empieza a asumir que renunciar a competir también puede formar parte de ella.

Eso no significa que Nadal nunca supiera parar —su carrera está llena también de retiradas, operaciones y largos periodos de recuperación— ni que Alcaraz vaya a evitar futuras lesiones por gestionar ahora sus tiempos. La diferencia está más bien en el relato. Durante buena parte de la carrera de Nadal, la épica consistió en preguntarse cuánto más sería capaz de soportar. Con la nueva generación empieza a ganar espacio otra pregunta: cuánto merece la pena soportar hoy si con ello se pone en riesgo el mañana.

Parar, volver y ganar otra vez

Quizá ninguna deportista simbolice mejor el cambio que Simone Biles. Durante los Juegos Olímpicos de Tokio de 2021, la estadounidense abandonó varias finales después de sufrir los conocidos como twisties, una pérdida de orientación espacial que impedía a su cerebro determinar correctamente dónde se encontraba su cuerpo mientras realizaba giros en el aire. Para una gimnasta capaz de elevarse varios metros y ejecutar movimientos de enorme dificultad, no era simplemente un bloqueo psicológico: continuar podía convertirse en un peligro.

La decisión provocó una discusión mundial. Una parte del público interpretó su retirada utilizando el vocabulario tradicional del deporte: presión, carácter, resistencia, capacidad para aguantar. Tres años después, Biles regresó a los Juegos de París y ganó tres oros y una plata. La mujer que había decidido parar en Tokio no regresó siendo menos competitiva; regresó y volvió a dominar su deporte.

Su historia ayudó a introducir una idea que pocos años antes habría resultado casi provocadora: protegerse no tiene por qué ser lo contrario de competir. A veces puede ser precisamente aquello que permite continuar haciéndolo.

Diez nombres para romper un tabú

Naomi Osaka abrió otro de los grandes debates en 2021. La japonesa anunció que no participaría en las ruedas de prensa de Roland Garros porque consideraba que estaban perjudicando su salud mental. Fue sancionada económicamente y terminó abandonando el torneo. Después explicó que había atravesado periodos de depresión y ansiedad, convirtiendo algo que tradicionalmente habría quedado escondido en una conversación global sobre las obligaciones psicológicas de los atletas.

No estaba sola. Michael Phelps, el deportista olímpico más condecorado de la historia, ha hablado repetidamente de sus episodios depresivos y del vacío que experimentó incluso después de algunos de los mayores éxitos de su carrera. Kevin Love contó que sufrió un ataque de pánico durante un partido de la NBA y que aquello le llevó a iniciar terapia. DeMar DeRozan hizo pública su lucha contra la depresión y terminó convirtiéndose en una de las voces de referencia sobre salud mental en el baloncesto estadounidense.

El boxeador Tyson Fury ha relatado también sus problemas de depresión y adicciones después de alcanzar la cima de los pesos pesados, mientras que Thierry Henry ha explicado que, mirando hacia atrás, cree haber convivido con problemas depresivos durante parte de su carrera sin ser consciente siquiera de cómo identificarlos.

España tampoco queda al margen. Andrés Iniesta habló de la depresión que atravesó alrededor de 2009, entre lesiones, desgaste emocional y la muerte de su amigo Dani Jarque. Meses después marcaría el gol que hizo a España campeona del mundo. Su historia resulta especialmente poderosa porque destruye una asociación todavía muy extendida: el éxito externo no garantiza bienestar interno.

El caso de Ricky Rubio dio un paso más. En agosto de 2023, siendo todavía jugador de los Cleveland Cavaliers y una pieza fundamental de la selección española, anunció que detenía su carrera para cuidar su salud mental. Rubio debía disputar el Mundial con España, que defendía el título conseguido cuatro años antes con él como MVP, pero decidió no jugar. 

Y Álvaro Morata ha hablado abiertamente de la depresión y los ataques de pánico que sufrió mientras seguía siendo uno de los futbolistas españoles más expuestos. Su caso llegó hasta el punto de plantearse dejar el fútbol y renunciar a una Eurocopa que meses después terminaría levantando como capitán de España. El retrato posterior de aquella etapa mostró hasta qué punto la ansiedad podía impedirle realizar incluso acciones cotidianas asociadas a su profesión.

El cuerpo frena; la industria acelera

Aquí aparece la gran contradicción del deporte contemporáneo. Nunca se había sabido tanto sobre recuperación. Los clubes controlan kilómetros, aceleraciones, sueño, hidratación, fatiga muscular y multitud de parámetros asociados al rendimiento. Existen nutricionistas, fisioterapeutas, readaptadores, psicólogos y especialistas cuya función consiste precisamente en conseguir que el deportista llegue al siguiente esfuerzo en las mejores condiciones.

Al mismo tiempo, nunca había resultado tan complicado encontrar un espacio real para descansar. Las temporadas se enlazan. Las competiciones crecen. Aparecen nuevos torneos y se amplían los existentes. Allí donde antes había una ventana libre surge una oportunidad comercial para introducir partidos.

El fútbol es probablemente el ejemplo más evidente. A las ligas nacionales, copas, competiciones europeas y partidos de selecciones se añaden formatos ampliados, la Nations League, Eurocopas, Mundiales y un nuevo Mundial de Clubes de 32 equipos que en 2025 ocupó desde mediados de junio hasta mediados de julio, precisamente una parte del calendario que tradicionalmente permitía recuperar después de la temporada.

Los datos permiten alejar la discusión de la simple sensación. FIFPRO, el sindicato mundial de futbolistas, advirtió en marzo de 2026 de que varios jugadores podían superar los 70 partidos en la temporada 2025-26. Utilizó además el caso de Cole Palmer para describir una secuencia especialmente significativa: Eurocopa en 2024, Mundial de Clubes en 2025 y Mundial de selecciones en 2026, tres veranos consecutivos atravesados por grandes torneos.

La paradoja resulta difícil de ignorar: el deportista dispone de más especialistas que nunca diciéndole cómo debe recuperarse, mientras la estructura competitiva encuentra cada vez más dificultades para ofrecerle el ingrediente fundamental de cualquier recuperación: tiempo.

Cuatro semanas para recuperar un cuerpo

La situación ha llegado a un punto en el que especialistas independientes en medicina y rendimiento reunidos por FIFPRO han planteado como medida de protección algo aparentemente elemental: un mínimo de cuatro semanas de descanso entre temporadas, con al menos dos semanas completamente libres de cualquier compromiso profesional, además de un periodo suficiente de reentrenamiento antes de volver a competir.

No es una consigna lanzada al aire. El consenso elaborado en 2025 incluyó también descanso semanal, gestión de los viajes, recuperación después de desplazamientos largos y una protección específica para futbolistas jóvenes. Que sea necesario formular por escrito estas garantías proporciona una idea bastante precisa de cuánto se ha comprimido el calendario.

Los datos del Mundial de Clubes reforzaron la preocupación. Según la plataforma de seguimiento de carga de FIFPRO y Football Benchmark, solamente el 13% de los jugadores de las cinco grandes ligas europeas que habían participado en la Eurocopa o en la Copa América de 2024 disfrutaron posteriormente de los 28 días de descanso recomendados. Antes de empezar siquiera aquel Mundial de Clubes, Federico Valverde acumulaba 5.971 minutos de fútbol entre Real Madrid y Uruguay.

El verano, por tanto, ha dejado de significar necesariamente vacaciones para un futbolista de máximo nivel. Puede significar otra competición, más viajes, nuevas concentraciones y después una pretemporada comprimida antes de que vuelva a rodar el balón.

¿Cuánto puede descansar una estrella?

La NBA lleva años funcionando como uno de los grandes laboratorios de este debate. Allí se popularizó el concepto de load management: reservar a determinadas estrellas en algunos de los 82 partidos de temporada regular con el objetivo de administrar su carga física y mejorar sus condiciones de cara al tramo decisivo del curso.

La práctica generó rápidamente una contradicción comercial. Para un equipo podía ser razonable reservar a una estrella un martes de febrero; para el aficionado que había comprado una entrada meses antes para verla, no necesariamente. La propia NBA terminó endureciendo sus normas sobre la participación de los grandes jugadores y tratando de reducir determinados descansos programados.

El debate científico obliga, además, a evitar convertir el descanso en un nuevo dogma. Parar no garantiza por sí solo evitar una lesión, igual que competir más tampoco demuestra necesariamente una mayor fortaleza. La cuestión relevante está en comprender las necesidades individuales, las cargas acumuladas, el sueño, los viajes, las molestias físicas y el estado psicológico.

La transformación cultural no consiste en reemplazar “hay que jugar siempre” por “hay que descansar siempre”. Consiste en aceptar algo bastante más complejo: dos cuerpos no responden igual y cada deportista puede tener un límite diferente

Por eso el debate sobre el descanso no puede reducirse al viejo argumento de que los deportistas profesionales cobran mucho dinero y, por tanto, deben soportarlo todo. Precisamente porque se les exige un rendimiento físico y psicológico extraordinario, su recuperación también necesita una atención extraordinaria.

Quizá esa sea una de las grandes batallas del deporte contemporáneo. No determinar únicamente quién corre más, quién acumula más partidos o quién es capaz de soportar más dolor, sino aceptar que algunas veces proteger el año siguiente exige renunciar al próximo domingo.

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