Hubo un tiempo en el que ir al fútbol consistía, básicamente, en llegar al estadio, enseñar la entrada y cruzar el torno. La pancarta aparecía desde cualquier esquina, el tifo se descubría cuando los jugadores saltaban al césped y el encargado del megáfono era, sencillamente, quien lo tenía entre las manos. Aquello no siempre salió bien. Ni mucho menos. Pero pertenecía a una forma de entender la grada que ahora parece cada vez más lejana.

El fútbol español camina hacia un estadio mucho más controlado. La temporada 2026/27 arranca con los clubes ultimando sus dispositivos de seguridad junto a la Policía Nacional y con las gradas de animación sometidas a una vigilancia creciente. Alcohol, bengalas, lanzamiento de objetos, identificación de aficionados, pancartas, tifos o utilización de megáfonos forman parte de un ecosistema en el que la improvisación tiene cada vez menos espacio.

Parte de esas medidas lleva años escrita en el BOE. Otras responden a criterios sancionadores que la Comisión Antiviolencia ha ido endureciendo con el paso de las temporadas. Y también existen instrucciones y protocolos para este curso que, aunque ya han comenzado a trasladarse a clubes y colectivos de aficionados, todavía no han sido publicados de manera general por las autoridades.

El resultado apunta, en cualquier caso, en una única dirección: entrar en un estadio ya no significa solamente comprar una entrada. Significa también someterse a un sistema de control cada vez más exhaustivo y aceptar que prácticamente cualquier comportamiento de la grada puede quedar identificado, registrado y, llegado el caso, sancionado.

Del alcoholímetro a la bengala: la grada bajo examen

Quizá la imagen que mejor resume esta nueva realidad sea la de un alcoholímetro delante de un estadio. No es ciencia ficción ni una medida nacida este verano. El Reglamento de prevención de la violencia en el deporte permite desde 2010 incorporar controles de alcoholemia a los dispositivos policiales en recintos deportivos, mientras que la Ley 19/2007 prohíbe expresamente acceder a ellos bajo los efectos de bebidas alcohólicas.

Lo novedoso no está tanto en la norma como en su aplicación. Durante las últimas temporadas se han realizado controles en accesos y en determinadas gradas de animación, especialmente cuando el encuentro ha sido catalogado como de riesgo. La Policía puede incorporarlos al dispositivo de seguridad y un resultado positivo puede acabar no solo con el aficionado viendo el partido desde fuera, sino también con la apertura de un expediente sancionador.

Las consecuencias pueden ser considerables. Las infracciones graves contempladas por la legislación deportiva implican multas que van desde los 3.000 hasta los 60.000 euros, además de prohibiciones de acceso a recintos deportivos de entre seis meses y dos años. Una cerveza de más antes del encuentro puede terminar teniendo consecuencias bastante más importantes que perderse los primeros veinte minutos.

Hay, además, una contradicción difícil de esquivar y que introduce una evidente lectura de clase en todo este dispositivo. Mientras en determinados accesos el aficionado puede encontrarse con un alcoholímetro y exponerse a quedarse fuera del estadio, unos metros más arriba el alcohol forma parte del catálogo de servicios. En palcos, hospitality y zonas VIP, una copa de vino, una cerveza o una barra bien surtida no aparecen como una amenaza para la seguridad, sino como parte de la experiencia premium que los propios clubes comercializan. La diferencia parece estar, por tanto, menos en el alcohol que en el lugar donde se bebe y en el precio de la entrada. 

La pirotecnia se mueve en una lógica parecida. Lleva décadas formando parte de la batalla entre determinadas gradas y las autoridades. La fotografía es conocida: fondo lleno, luces apagadas, bufandas levantadas y una bengala roja iluminando la escena. En las redes sociales puede convertirse en la postal del partido. En un expediente policial, esa misma imagen puede traducirse en miles de euros de multa y meses sin pisar un estadio.

Antiviolencia ya ha propuesto sanciones de 10.000 euros acompañadas de doce meses de prohibición de acceso por introducir o encender bengalas. No existe, eso sí, una tarifa automática: también se han planteado sanciones inferiores dependiendo de las circunstancias concretas de cada caso. Algo similar ocurre con el lanzamiento de objetos, los insultos o las alteraciones del orden, cuyas cantidades se gradúan en función del expediente.

La tendencia, sin embargo, parece difícil de discutir. Cada vez existe menos margen para que una conducta que durante años formó parte del folclore de determinadas gradas termine únicamente con una reprimenda o con la retirada del objeto de turno.

Un estadio lleno de ojos

En los estadios tampoco todos los policías llevan uniforme. Los dispositivos de seguridad incorporan agentes de paisano encargados de detectar e identificar conductas, grupos o individuos considerados problemáticos. Su presencia no es nueva, pero adquiere una relevancia creciente en un modelo en el que buena parte de las sanciones depende precisamente de poder responder a una pregunta: quién hizo qué.

Quién encendió una bengala, quién lanzó una botella, quién encabezó un cántico o quién utilizó el megáfono. El estadio moderno dispone de cámaras de seguridad, tornos, entradas nominativas en determinadas circunstancias y agentes que el aficionado no necesariamente identifica como policías. La grada sigue mirando al césped, pero desde cada vez más lugares también se mira a la grada.

Ese salto en el control alcanza incluso a un objeto tan rudimentario como el megáfono. Según la información trasladada durante las últimas semanas a clubes y colectivos de aficionados, la Policía pretende reforzar la identificación de las personas autorizadas para utilizarlo y evitar que vaya pasando de mano en mano durante un partido.

La lógica policial es sencilla: si desde ese megáfono se inicia un cántico racista, homófobo, violento o discriminatorio, debe existir una persona concreta a la que pueda atribuirse la conducta. En un estadio donde el anonimato de la masa ha complicado históricamente la identificación de infractores, poner nombre al responsable del aparato facilita también la actuación posterior.

La cuestión se vuelve más delicada cuando el control abandona el terreno de las conductas expresamente prohibidas. Entre las instrucciones que circulan se menciona también una vigilancia especial sobre determinados mensajes políticos o religiosos. Ahí el debate deja de ser exclusivamente deportivo y entra en un terreno bastante más complejo.

La legislación española persigue de manera expresa la incitación al odio, el racismo, la xenofobia, la violencia y diferentes conductas discriminatorias. Pero opinar sobre política no equivale por sí mismo a incitar al odio, de la misma manera que expresar una posición religiosa no constituye automáticamente una infracción. Si las nuevas instrucciones terminan desbordando lo establecido por la ley, la discusión ya no será solamente sobre seguridad en los estadios, sino también sobre los límites de la libertad de expresión en una grada.

La burocracia entra en el fondo

Hay una paradoja difícil de ignorar. El fútbol vende constantemente la imagen de sus gradas: las retransmisiones televisivas abren con ellas, los clubes presumen de mosaicos en sus redes sociales, LaLiga utiliza estadios llenos para comercializar su producto en el extranjero y los futbolistas hablan de la afición cada vez que llega una de esas noches que pretenden convertirse en históricas.

Buena parte de esa cultura visual, sin embargo, necesita cada vez más permisos antes de poder desplegarse. Las grandes pancartas están sometidas a controles sobre tamaño, contenido y materiales. Los tifos pueden requerir coordinación previa con el club y con los responsables de seguridad. Las vías de evacuación, la visibilidad de las cámaras y los materiales utilizados obligan a supervisar estructuras que hace años aparecían directamente en la grada.

Existen motivos de seguridad evidentes. Una lona gigantesca puede ocultar personas o bloquear la visión de las cámaras, un material inflamable puede convertirse en un peligro y una pancarta puede incorporar mensajes expresamente prohibidos. Lo que cambia es el proceso: el tifo que ante la televisión parece surgir espontáneamente de un fondo puede llevar detrás semanas de correos electrónicos, diseños enviados previamente, reuniones y autorizaciones.

La espontaneidad también ha entrado en protocolo. Y con ella, uno de los elementos que tradicionalmente permitían a las gradas construir una identidad propia al margen de la planificación institucional del partido.

Nada de esto surge de la nada. El fútbol español arrastra décadas de violencia ligada a determinados grupos ultras, agresiones, enfrentamientos entre aficiones, episodios de racismo y sucesos que terminaron incluso con muertos. Las autoridades tienen razones de sobra para intervenir y la Comisión Antiviolencia lleva años haciéndolo.

La pasada temporada terminó con más de 2.000 propuestas de sanción y con un aumento significativo del número de encuentros declarados de alto riesgo. El mensaje institucional es evidente: comportamientos que durante demasiado tiempo encontraron acomodo alrededor del fútbol han dejado de tolerarse.

Cuánto fútbol está dispuesto a perder el fútbol para ganar seguridad

La pregunta ya no está tanto en si debe perseguirse a quien introduce una bengala, lanza una botella contra un jugador o entona un cántico racista. El interrogante aparece cuando ese mismo modelo de prevención empieza a exigir que cualquier manifestación de una grada tenga previamente un responsable identificado, un procedimiento establecido y, en determinados casos, una autorización.

Ese será probablemente uno de los debates silenciosos de la temporada. No habrá una rueda de prensa para anunciarlo ni aparecerá reflejado en la clasificación del domingo, pero estará presente en los tornos, en los controles policiales, en las pancartas que entren y en las que se queden fuera, en el megáfono y en la relación diaria entre peñas, clubes y coordinadores de seguridad.

También estará en unos fondos que llevan años escuchando un mensaje difícil de conciliar: los clubes quieren estadios que hagan ruido, que construyan fotografías espectaculares y que conviertan los partidos en experiencias reconocibles, mientras las autoridades necesitan poder identificar con precisión de dónde procede ese ruido, quién lo dirige y qué responsabilidad tiene sobre él.

El objetivo de erradicar la violencia, el racismo y el odio difícilmente admite discusión. El debate comienza cuando los mecanismos diseñados para combatir esas conductas empiezan a modificar también otras que no son violentas y que durante décadas han formado parte de la cultura de grada.

El fútbol moderno ya controla cuánto dura una celebración, dónde se coloca una cámara, qué tamaño tiene una publicidad, por dónde entra un autobús o cuánto puede demorarse un portero antes de poner el balón en juego. Ahora también pretende ordenar lo que sucede detrás de las porterías. Quizá por eso la gran pregunta de esta temporada no sea si los estadios españoles serán más seguros. Todo apunta a que lo serán. La cuestión es cuánto del viejo estadio tendrá que desaparecer para conseguirlo.

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