España cerró el Mundial con tres de los grandes premios individuales del torneo. Pau Cubarsí fue elegido mejor jugador joven, Unai Simón recibió el Guante de Oro y Rodri fue distinguido con el Balón de Oro como mejor futbolista del campeonato. Tres galardones que, más que repartir méritos, resumieron la estructura del campeón.

No fueron premios desconectados ni reconocimientos añadidos después de levantar la copa. Entre los tres dibujaban una línea desde la portería hasta el centro del campo. Unai protegió el último metro. Cubarsí convirtió la salida de balón en el comienzo de cada ataque. Rodri decidió el ritmo, el lugar y, en muchas ocasiones, hasta el estado de ánimo de los partidos.

España ganó como equipo, pero la ceremonia encontró tres nombres capaces de explicar buena parte de su fútbol. El futuro, la seguridad y el control quedaron repartidos entre un central que nunca pareció joven, un portero que solo recibió un gol en todo el campeonato y un centrocampista alrededor del que terminó sucediendo casi todo.

Cubarsí, el futuro que también aprendió a equivocarse

El premio al mejor jugador joven suele reconocer una promesa. En el caso de Pau Cubarsí, la sensación fue distinta. No parecía un futbolista pendiente de lo que pudiera llegar a ser, sino alguien que ya había llegado.

Con 19 años, fue uno de los defensas más influyentes del Mundial. Antes de la final acumulaba 566 pases, una cifra solo superada entre los españoles por Rodri y Aymeric Laporte, y ningún jugador del torneo había completado más pases entre líneas. Los datos confirmaban lo que mostraba el campo: España no encontraba en Cubarsí únicamente un central, sino el primer organizador de muchos de sus ataques.

Pero el Mundial también llegó después de las primeras dudas serias de una carrera que, pese a su extraordinaria precocidad en el Barcelona, ya había conocido errores de gran tamaño. Cubarsí había demostrado que podía jugar eliminatorias europeas, convivir con los mejores delanteros y asumir responsabilidades impropias de su edad. También había descubierto que un central vive siempre a una decisión del desastre. Una expulsión suya, precisamente ante Julián Álvarez, condicionó una de las grandes eliminatorias de Champions del Barça, un episodio de esos que convierten durante días la juventud en sospecha.

El Mundial no borró aquellas dudas. Las puso en perspectiva. Cubarsí jugó con una serenidad que no consistía en no equivocarse, sino en no permitir que el error modificara su manera de entender el fútbol. No dejó de anticipar, no empezó a esconderse detrás del despeje ni renunció al pase por miedo a perderlo. Allí donde otros centrales habrían alejado la pelota, él siguió intentando cuidarla. Cada recuperación podía ser el inicio de otra posesión y cada posesión, una manera de mantener al rival lejos.

Su juventud solo aparecía en los registros. Sobre el césped defendía como alguien que ya conocía la parte menos amable del oficio: el juicio inmediato, la repetición televisiva y la facilidad con la que una acción puede devorar todo lo anterior.

El mejor joven del Mundial no fue un futbolista que nunca se equivocó. Fue uno que aprendió demasiado pronto a seguir jugando después de hacerlo.

Unai Simón, el portero que sobrevivió al debate

El portero de una selección dominante vive en una contradicción permanente. Puede pasar largos tramos lejos de la acción y encontrarse de pronto ante una ocasión capaz de cambiarlo todo. Unai Simón llegó al Mundial acostumbrado a esa soledad, pero también a otra: la de ocupar una portería que España lleva años discutiendo incluso cuando funciona.

El debate no era artificial. En el banquillo esperaban David Raya y Joan García, dos porteros con argumentos suficientes para ser titulares. Raya llegaba respaldado por una gran temporada con el Arsenal. Joan García había convertido su rendimiento en el Barcelona en una candidatura imposible de ignorar. Durante los meses anteriores al torneo, la pregunta dejó de ser quién acompañaría a Unai y pasó a ser si Unai debía seguir jugando.

Luis de la Fuente no cambió. Mantuvo al portero que había sostenido durante años y Unai respondió cerrando el debate sobre el césped.

Terminó el Mundial con siete porterías a cero en ocho partidos y solo un gol recibido. Antes de la final ya había logrado seis encuentros imbatido, un récord para una misma edición del torneo, y había encadenado una racha que superó los seiscientos minutos sin encajar.

España lo protegía desde la posesión, pero eso no hacía más sencillo su trabajo. Lo volvía más extraño. Unai podía pasar media hora sin intervenir y, de repente, tener que responder a un delantero lanzado hacia él. Su mérito estuvo en conservar la tensión cuando el partido sucedía lejos y aparecer cuando todo el dominio anterior quedaba reducido a una parada.

No necesitó adornar sus intervenciones ni discutir públicamente la competencia. Él mismo reconoció que Joan García había acudido a la selección para pelear por la titularidad, no para completar el grupo. La portería española tenía tres candidatos; el Mundial terminó teniendo un dueño. Raya y Joan García hicieron legítimo el debate. Unai Simón lo hizo inútil durante ocho partidos.

Rodri, el Mundial jugado a su ritmo

El reconocimiento a Rodri como mejor jugador del campeonato fue también una forma de admitir que el Mundial se había disputado a su velocidad.

España avanzó como él entiende el fútbol: con paciencia, sin confundir rapidez con prisa y sin renunciar a la pelota cuando el contexto invitaba a hacerlo. Rodri decidía cuándo acelerar, cuándo detener el partido y cuándo obligar al rival a comenzar otra persecución.

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Había dudas sobre cómo regresaría después de una lesión larga. No sobre lo que había sido, sino sobre cuánto quedaba de aquel futbolista que en 2024 se convirtió en el segundo español en ganar el Balón de Oro masculino después de Luis Suárez Miramontes. El torneo ofreció la respuesta poco a poco. Rodri no volvió únicamente para ocupar su posición. Volvió para apropiarse otra vez del centro del campo.

Antes de la final había completado 648 pases, más que cualquier jugador en una edición del Mundial, y acumulado 919 carreras de alta intensidad, la cifra más elevada del campeonato. Parecía moverse despacio, pero los datos mostraban lo contrario: no solo pensaba más rápido, también sostenía físicamente todo aquello que ordenaba con la pelota.

Su influencia estaba en el primer control, en la orientación de cada pase y en la pausa que permitía a España volver a colocarse. También estaba en lo que sucedía sin balón: las líneas que cerraba, las transiciones que detenía y las recuperaciones que permitían comenzar de nuevo. Cada pérdida parecía provisional porque Rodri permanecía cerca.

Al terminar la ceremonia, los tres sostenían premios diferentes. Cubarsí tenía el reconocimiento al futuro que ya había llegado. Unai Simón, siete partidos sin recibir un gol. Rodri, un torneo que había transcurrido bajo sus reglas.

A pocos metros permanecía la Copa del Mundo. La que necesitó a todos. La única que no pertenecía a ninguno por separado.

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