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El partido entre Coco Gauff y Sun Xinran terminó con un 7-5 y 6-1 para la estadounidense y con su clasificación para los octavos de final del China Open. Pero la escena que ha terminado trascendiendo ocurrió cuando Gauff pidió detener un punto después de que las pantallas publicitarias situadas junto a la pista parpadearan durante el intercambio. El árbitro revisó las imágenes y determinó que había existido una interferencia externa, por lo que ordenó repetir el punto.
La decisión generó críticas porque Gauff levantó la mano justo antes de que Sun, de solo 16 años, pudiera cerrar el punto. La estadounidense ha explicado que la regla permite continuar el juego y reclamar después la revisión, y que ambas jugadoras habrían podido hacerlo independientemente de quién ganara el intercambio. Después del partido, además, habló con su rival y se disculpó por la situación.
La discusión deportiva, sin embargo, acabó rápidamente en otro terreno. Gauff recibió una oleada de mensajes racistas y acusaciones de hacer trampas. La propia tenista respondió en redes sociales con una frase que resume el episodio: “Pueden no gustarles o estar en desacuerdo con lo que pasó sin ser racistas”. Después añadió que la cantidad de comentarios y mensajes privados que había recibido era “una locura” y que no era “una tramposa ni una ladrona”.
El tenis ya utiliza inteligencia artificial para perseguir a los acosadores
Lo más relevante del episodio es que Gauff no se encuentra en un deporte que desconozca el problema. La WTA y World Tennis pusieron en marcha Threat Matrix, un sistema que combina IA con analistas humanos para rastrear las redes sociales de los jugadores e identificar contenidos abusivos o amenazantes.
El dispositivo monitoriza publicaciones en X, Instagram, YouTube, TikTok y Facebook, analiza el contenido en 57 idiomas y cubre a más de 10.000 jugadores y oficiales. En 2025 examinó más de 1,2 millones de publicaciones y comentarios y detectó más de 12.000 contenidos abusivos. De ellos, 3.726 fueron considerados abusos graves por incluir violencia, contenido sexual, racismo o amenazas dirigidas.
El sistema no se limita a esconder comentarios. En 2025 se consiguieron retirar el 66% de los contenidos abusivos graves, 35 cuentas fueron remitidas a las fuerzas de seguridad y 68 cuentas fueron identificadas total o parcialmente mediante investigaciones. Además, el 89% de las cuentas responsables de abusos graves detectados en 2024 no volvieron a aparecer en 2025.
El problema es que la capacidad para detectar el abuso ha aumentado al mismo tiempo que la dimensión del fenómeno. El tenis puede identificar más mensajes y perseguir a más usuarios, pero siguen apareciendo nuevos agresores.
La pantalla no solo amplifica el insulto
La experiencia de Gauff también muestra cómo las redes han cambiado la relación entre los deportistas y quienes consumen sus partidos. Antes, una discusión arbitral terminaba cuando el jugador abandonaba la pista. Ahora puede continuar durante horas en X, Instagram o mensajes privados, multiplicarse mediante capturas y acabar alcanzando directamente al protagonista.
Y el insulto tampoco tiene por qué quedarse en la crítica deportiva. En el caso de Gauff, una discrepancia sobre una decisión arbitral derivó en ataques racistas precisamente dirigidos contra su identidad. El problema no es una mala reacción puntual ante una jugada: es la facilidad con la que una discusión deportiva puede convertirse en una agresión personal.
El primer informe de Threat Matrix ya había mostrado que las categorías más habituales incluían comentarios sexistas y contenido sexual explícito o inapropiado. En 2024, 458 jugadoras fueron objeto de abuso o amenazas directas y cinco recibieron el 26% de todo el abuso detectado.
Eso permite entender que Gauff no esté denunciando únicamente lo ocurrido en Pekín. Está señalando un problema que el tenis femenino lleva tiempo contabilizando.
El dinero de las apuestas también aparece detrás del abuso
Hay otro dato especialmente revelador. La tecnología que monitoriza el abuso ha encontrado una relación importante entre los mensajes violentos y las apuestas deportivas.
En 2025, las cuentas identificadas como “apostadores enfadados” fueron responsables del 42% de todo el abuso verificado y del 59% de los casos considerados graves. En el primer informe anual, correspondiente a 2024, suponían el 40% del abuso detectado y hasta el 77% del dirigido directamente a las jugadoras a través de mensajes privados.
La cifra cambia la naturaleza del debate. No se trata solamente de aficionados demasiado emocionales o de usuarios que utilizan las redes para insultar. Existe también un vínculo entre el dinero que está en juego y la violencia contra quienes están compitiendo. Una apuesta perdida puede convertir un resultado deportivo en una acusación directa contra la jugadora que falló un punto.
Detectar no es lo mismo que acabar con el problema
El tenis ya ha construido una cadena de respuesta: identificar el contenido, analizar el riesgo, informar a la plataforma, investigar al autor, recurrir a las fuerzas de seguridad en los casos graves y, cuando es posible, impedir al agresor acceder a los torneos. En 2024, 15 casos fueron enviados a las autoridades y los responsables de determinadas cuentas fueron también trasladados a los equipos de seguridad de los torneos para impedirles la entrada.
Es un cambio importante respecto a hace unos años. Pero los números demuestran que la tecnología está ganando batallas sin haber resuelto la guerra. Hay menos reincidencia entre algunos de los agresores identificados, más cuentas detectadas y más casos remitidos a las autoridades, pero el volumen de contenido abusivo continúa siendo enorme.
Por eso las palabras de Gauff tienen una dimensión que trasciende la polémica de un punto. La estadounidense podía haber respondido únicamente a quienes cuestionaban su decisión. En cambio, puso una línea mucho más básica: discutir una jugada es legítimo; convertir esa discusión en racismo no lo es.



