Rodrigo Hernández Cascante ya no necesita que nadie le reserve un sitio entre los mejores futbolistas españoles de la historia. Lo conquistó hace tiempo. La discusión que abre ahora su Mundial es mucho más ambiciosa: saber si queda alguien por encima de él.

España ha vuelto a ser campeona del mundo y lo ha hecho alrededor del futbolista que gobierna sus partidos. Rodri ha levantado la segunda Copa del Mundo de la selección como capitán y ha recibido el Balón de Oro que distingue al mejor jugador del torneo. Dos años antes había sido elegido mejor futbolista de la Eurocopa conquistada por España y, unos meses después, recibió el Balón de Oro de 2024. Ningún jugador español había reunido semejante combinación de éxito colectivo y reconocimiento individual en los principales escenarios del fútbol.

No significa que el debate haya terminado. La historia del fútbol español es demasiado extensa, diversa y emocional como para resolverla mediante una clasificación definitiva. Tampoco pueden medirse de la misma manera futbolistas separados por medio siglo, sometidos a calendarios, competiciones y exigencias completamente diferentes. Pero desde este Mundial, defender que Rodri puede ser el mejor jugador español de todos los tiempos ha dejado de ser una provocación. Es una candidatura sólida, quizá la más completa de todas.

El Mundial que le faltaba

Hasta ahora, el argumento más evidente contra Rodri era su distancia respecto a los campeones de la gran España de 2008, 2010 y 2012. Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Iker Casillas, Sergio Ramos, Carles Puyol, Sergio Busquets o David Villa habían construido una dinastía difícilmente comparable. Dos Eurocopas y un Mundial consecutivos convirtieron a aquella generación en la referencia inevitable de cualquier conversación sobre la historia de la selección.

Rodri podía responder con su dominio en el Manchester City, con la Champions de 2023, con la Liga de Naciones, con la Eurocopa de 2024 y con el Balón de Oro. Pero le faltaba el título que vertebra la memoria de una selección: una Copa del Mundo.

Ya no.

El Mundial de 2026 ha eliminado esa frontera. Rodri no solo ha sido campeón, sino que ha terminado señalado como el mejor futbolista del campeonato. España levantó el trofeo después de derrotar a Argentina en la final y la FIFA entregó al centrocampista el Balón de Oro del torneo por su actuación a lo largo de los ocho partidos.

Su influencia también queda reflejada en una cifra extraordinaria: completó 648 pases, el mayor registro contabilizado por un jugador en una edición de la Copa del Mundo. Superó incluso los 599 de Xavi en Sudáfrica 2010, una comparación que sirve para comprender hasta qué punto el juego de España volvió a pasar por sus botas.

Pero reducir su candidatura a una estadística sería no entender a Rodri. Su importancia no reside únicamente en cuánto participa, sino en todo lo que condiciona. Decide cuándo acelerar y cuándo enfriar, dónde debe comenzar la presión, qué riesgos puede asumir el equipo y a qué altura debe defender. Protege a los centrales, conecta con los atacantes y ofrece a sus compañeros una salida cuando el partido amenaza con desordenarse.

Es el futbolista que aparece en todas partes sin necesidad de ocupar el primer plano.

Rodri durante el partido entre España y Arabia Saudí del Mundial 2026. EP.
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El gol de Iniesta y el gobierno de Rodri

Andrés Iniesta continúa siendo el adversario emocional más poderoso de cualquier aspirante al trono. Marcó el gol más importante de la historia del fútbol español. Su disparo ante Países Bajos no fue solamente el tanto que decidió una final: fue la jugada que convirtió décadas de frustraciones en una estrella sobre el escudo.

Ninguna estadística de pases, recuperaciones o títulos puede competir fácilmente contra un instante que pertenece a la memoria colectiva de todo un país.

Iniesta fue, además, mucho más que aquel gol. Resultó decisivo en la Eurocopa de 2008, fue fundamental en el Mundial de 2010 y recibió el premio al mejor jugador de la Eurocopa de 2012. Su fútbol representó la versión más delicada, imaginativa y universal de la mejor selección española conocida hasta entonces.

La comparación con Rodri enfrenta dos formas distintas de grandeza. Iniesta es el instante eterno. Rodri es el dominio continuado. Uno decidió el partido que España llevaba toda la vida esperando. El otro se ha convertido en la estructura sobre la que España ha construido una nueva etapa ganadora.

Xavi plantea un debate diferente. Quizá ningún futbolista español haya ejercido tanta influencia sobre una manera de entender el juego. Fue el organizador de una selección que convirtió la posesión en una forma de autoridad y que obligó a buena parte del fútbol mundial a preguntarse cómo recuperar el balón. Su legado excede los títulos: alcanza el terreno de las ideas.

Busquets, por su parte, llevó aquella interpretación del mediocentro hasta una sofisticación pocas veces vista. Puyol fue carácter y fiabilidad. Ramos, liderazgo, longevidad y gol decisivo. Casillas sostuvo a España en los momentos en los que su superioridad todavía no estaba garantizada. Villa puso los goles que transformaron el estilo en victorias.

Rodri no borra a ninguno. Lo que hace es incorporarse a esa conversación con una ventaja que hasta ahora ningún integrante de aquella generación poseía: haber ganado el Balón de Oro absoluto y haber sido elegido mejor jugador tanto de una Eurocopa como de un Mundial conquistados por España.

Antes de que España aprendiera a ganar

El debate tampoco puede comenzar en 2008. Mucho antes de que la selección convirtiera los grandes torneos en una costumbre, España ya había producido futbolistas que marcaron una época.

Telmo Zarra construyó el arquetipo del goleador español cuando las imágenes viajaban menos que las leyendas. Su nombre quedó asociado durante décadas al gol, al Athletic y a una selección que alcanzó el cuarto puesto en el Mundial de 1950, su mejor clasificación hasta la conquista de Sudáfrica.

Paco Gento representó la primera dimensión verdaderamente europea del futbolista español. Su velocidad convirtió la banda izquierda del Real Madrid en una autopista durante la construcción de la gran dinastía continental del club. Ganó seis Copas de Europa, una cifra que lo mantuvo durante décadas en una categoría prácticamente inaccesible.

Y junto a Gento aparece un nombre indispensable que con frecuencia queda fuera de estas discusiones: Luis Suárez Miramontes. El arquitecto gallego ganó el Balón de Oro en 1960, fue una figura fundamental del Barcelona y del Inter de Milán y formó parte de la España campeona de Europa en 1964. Hasta la victoria de Rodri en 2024, había sido el único futbolista español nacido en España que había recibido el gran premio individual del fútbol mundial.

Después llegaron generaciones que alimentaron el prestigio de los clubes españoles sin conseguir trasladarlo plenamente a la selección.

Quini fue uno de los grandes delanteros de su tiempo, un goleador cuya importancia no puede reducirse a lo que ganó con España. Emilio Butragueño encarnó la elegancia de la Quinta del Buitre y lideró una selección que ilusionó al país en México 1986. La propia Federación sitúa aquel Mundial y a la columna vertebral de esa generación entre los grandes momentos de la historia del combinado nacional.

Fernando Hierro fue defensa, centrocampista, capitán y goleador. Disputó cuatro Mundiales y mantuvo durante años una relación con el gol impropia de su posición. Fue uno de los pilares de una selección acostumbrada a competir con dignidad y a marcharse antes de tiempo.

Raúl González cargó con las expectativas de todo el fútbol español en el tránsito entre dos siglos. Fue el emblema de una generación que parecía preparada para vencer la barrera de los cuartos de final, pero que nunca consiguió hacerlo. Su grandeza se construyó en el Real Madrid y en las noches europeas, aunque durante años también fue el máximo goleador de la selección. La RFEF lo describe como el estandarte de una generación que se quedó a las puertas de superar las barreras históricas del equipo nacional.

Zarra, Gento, Luis Suárez, Quini, Butragueño, Hierro o Raúl (y muchísimos más que no caben en estas líneas) sufrieron, cada uno a su manera, una desventaja que no depende de su talento: jugaron antes de que España aprendiera a ganar de forma sistemática.

Eso no los convierte en futbolistas menores. Obliga, por el contrario, a evitar una lectura cómoda del palmarés. No se puede concluir que todo campeón es mejor que quien no tuvo a su alrededor una generación capaz de conquistar un Mundial. El fútbol también depende del contexto, de los compañeros, de los entrenadores y de las estructuras que rodean al jugador.

Pero Rodri no es solamente beneficiario de una gran selección. Es una de las razones fundamentales por las que esa selección es grande.

Una posición habitualmente invisible

Existe otro elemento que fortalece su candidatura. Rodri ha alcanzado la máxima consideración individual desde una posición que rara vez concentra los premios.

No es un delantero definido por sus goles ni un extremo cuyo talento pueda resumirse en una colección de regates. Su trabajo consiste en evitar problemas antes de que sean visibles. Parafraseando a Benzema, juega para los que saben de esto. Corrige una pérdida, ocupa un espacio, orienta una salida, frena una transición o entrega el pase que permite que otro jugador firme la asistencia.

Cuando lo hace bien, el partido parece sencillo. Cuando falta, el equipo descubre que buena parte de su seguridad dependía de él.

La concesión del Balón de Oro de 2024 tuvo precisamente ese valor. El premio reconoció a un futbolista cuya excelencia se encontraba en la comprensión global del juego y no únicamente en las acciones que producen los resúmenes. Rodri lo recibió después de conducir al Manchester City a su cuarta Premier League consecutiva y de ser elegido mejor jugador de la Eurocopa ganada por España. 

El Mundial amplía ahora esa reivindicación. España ha terminado coronando como gran símbolo a un mediocentro: al jugador que equilibra, ordena y convierte las virtudes individuales de los demás en un equipo reconocible.

No es una elección ajena a la tradición del fútbol español. Desde Luis Suárez y Pirri hasta Guardiola, Xabi Alonso, Xavi o Busquets, España ha producido algunos de sus mejores futbolistas en las zonas desde las que se piensa el partido. Rodri es heredero de todos ellos, pero también una evolución: combina la lectura táctica del centrocampista español con una superioridad física, defensiva y aérea más propia del fútbol contemporáneo.

¿Es ya Rodri el mejor futbolista español de la historia? La respuesta dependerá del criterio utilizado. Rodrigo Hernández Cascante quizá no haya cerrado la discusión sobre quién es el mejor futbolista español de todos los tiempos. Pero al levantar el Mundial y recoger el premio a su mejor jugador ha terminado con cualquier discusión sobre su derecho a reclamar el trono.

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