Cuando la electrificación no basta: el papel del hidrógeno renovable
El hidrógeno renovable se perfila como una alternativa para reducir emisiones en los sectores donde la electrificación resulta más compleja
Abrir un grifo, llenar un vaso de agua o contemplar la lluvia son gestos tan cotidianos que rara vez invitan a pensar en las múltiples posibilidades de este recurso. Sin embargo, el agua también puede desempeñar un papel importante en la transición energética. Gracias a la tecnología y al uso de electricidad procedente de fuentes renovables, es posible obtener hidrógeno, un elemento que puede ayudar a reducir las emisiones de algunas de las actividades más difíciles de descarbonizar.
El hidrógeno verde se presenta así como una alternativa para determinados procesos industriales y medios de transporte que todavía dependen en gran medida de los combustibles fósiles. Sin embargo, su funcionamiento sigue siendo desconocido para buena parte de la población, especialmente en lo que respecta a cómo se produce y por qué despierta tanto interés.
¿Qué es exactamente el hidrógeno verde?
Pero ¿qué es exactamente? ¿Cómo se produce? ¿Y por qué el hidrógeno renovable concentra tanta atención por parte de empresas, gobiernos e instituciones? Aunque el término es cada vez más conocido, su funcionamiento sigue siendo una incógnita para buena parte de la sociedad.
La energía del sol y del viento no solo puede utilizarse para generar electricidad, también puede transformarse, almacenarse y aprovecharse de otras formas, incluso en actividades donde el uso directo de electricidad resulta más complejo. Ahí es precisamente donde entra en juego el hidrógeno renovable.
Una de sus principales ventajas es que permite almacenar y transportar la energía generada previamente a partir de fuentes renovables. Por eso se considera un vector energético: actúa como un vehículo que hace posible utilizar esa energía en otros momentos o lugares. Aunque está presente en elementos tan cotidianos como el agua, para obtenerlo es necesario separarlo de otras sustancias mediante procesos específicos.
Y es su forma de producción lo que marca la diferencia. Durante décadas, el hidrógeno se ha obtenido principalmente a partir de combustibles fósiles mediante procesos que generan emisiones de dióxido de carbono (CO₂). Sin embargo, cuando se utiliza electricidad procedente de fuentes renovables, como la solar o la eólica, para separar el hidrógeno del agua, se obtiene hidrógeno renovable. Este proceso, conocido como electrólisis, permite producir hidrógeno sin generar emisiones directas de CO₂ y aprovechar la energía renovable en aplicaciones donde la electrificación directa resulta más difícil.
Del agua al hidrógeno: así funciona un electrolizador
Aunque pueda parecer un procedimiento complejo, la idea que hay detrás de la producción de hidrógeno renovable es relativamente sencilla y consiste en utilizar electricidad para separar el agua en los elementos que la componen, hidrógeno y oxígeno.
El agua está formada por moléculas que contienen dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, representados mediante la conocida fórmula H₂O. Para separar estos elementos se emplea un proceso denominado electrólisis, que tiene lugar en un dispositivo llamado electrolizador.
Este dispositivo funciona como una máquina que utiliza electricidad para descomponer el agua en dos gases diferentes. En su interior, la corriente eléctrica provoca las reacciones necesarias para separar el hidrógeno del oxígeno. El hidrógeno obtenido puede recogerse y prepararse para su almacenamiento, transporte o utilización posterior, mientras que el oxígeno constituye el otro producto del proceso.
La clave para que el hidrógeno producido sea considerado verde está en el origen de la electricidad utilizada. Cuando procede de fuentes renovables, como parques eólicos o instalaciones solares, el proceso permite obtener hidrógeno sin recurrir a combustibles fósiles para generar la electricidad necesaria.
De esta manera, la electricidad renovable puede transformarse en una forma de energía que permite su almacenamiento y utilización en otros momentos o lugares. Por ejemplo, el hidrógeno producido en una instalación industrial puede emplearse posteriormente como materia prima o para fabricar determinados combustibles.
¿Cuál es su aplicación?
Las posibilidades del hidrógeno verde van mucho más allá de su producción. Una de sus principales ventajas es que puede utilizarse tanto como fuente de energía como materia prima en diferentes actividades industriales, además de ofrecer alternativas para determinados medios de transporte. Sus aplicaciones también incluyen la fabricación de productos derivados, como el amoniaco o el metanol, que pueden contribuir a reducir las emisiones en sectores como la producción de fertilizantes, la industria pesada o el transporte marítimo.
Su importancia resulta especialmente evidente en aquellas actividades que presentan mayores dificultades para sustituir los combustibles fósiles por electricidad. De hecho, los sectores más difíciles de electrificar representan
aproximadamente el 31% de las emisiones europeas, según el informe de Moeve ¿Por qué Europa necesita moléculas verdes?. El estudio estima que el conjunto de las moléculas verdes, entre las que se encuentra el hidrógeno renovable, podría contribuir a reducir hasta un 22% las emisiones de Europa en 2050 y disminuir a la mitad su dependencia energética exterior para 2040.
El interés por esta tecnología también se refleja en las inversiones internacionales. Según el informe Global Hydrogen Compass 2026, elaborado por Hydrogen Council, la inversión comprometida en proyectos de hidrógeno limpio supera los 130.000 millones de dólares, repartidos entre más de 570 iniciativas en todo el mundo. De ellas, el 90% se encuentra en fase de construcción o ya está operativo. Además, la capacidad operativa mundial casi se ha duplicado durante el último año, una muestra del ritmo al que está avanzando el desarrollo de estas tecnologías.
El papel de España para impulsar las moléculas verdes
Gracias a la abundancia de sol y viento, una amplia red eléctrica y una sólida infraestructura portuaria, España cuenta con algunas de las condiciones necesarias para convertirse en uno de los países más competitivos en la producción de hidrógeno renovable y otros combustibles renovables.
Esta combinación de factores abre la puerta a que España desempeñe un papel destacado en el desarrollo y la producción de moléculas renovables, como el hidrógeno renovable o los biocombustibles de segunda generación. Sin embargo, aprovechar todo este potencial dependerá también del desarrollo de las infraestructuras y de un marco regulatorio que impulse la demanda. En este sentido, la transposición de la directiva europea RED III puede aportar mayor claridad a medio plazo y facilitar la planificación del sector con vistas a 2040.
Un ejemplo de cómo esta tecnología está pasando de la teoría a la práctica es Onuba, proyecto financiado con fondos Next Generation y que Moeve está desarrollando en Palos de la Frontera (Huelva) como primera fase del Valle Andaluz del Hidrógeno Verde. Con su construcción ya iniciada, la instalación contará con una capacidad inicial de electrólisis de 300 megavatios y podrá producir unas 45.000 toneladas de hidrógeno renovable al año. Esta iniciativa permite visualizar cómo el aprovechamiento del agua y la electricidad renovable puede trasladarse a escala industrial para contribuir a reducir las emisiones de sectores difíciles de descarbonizar.
El hidrógeno, clave en la transición energética
El desarrollo del hidrógeno verde demuestra cómo tecnologías basadas en procesos químicos conocidos pueden adquirir nuevas aplicaciones gracias al avance de las energías renovables.
Aunque todavía existen desafíos relacionados con sus costes, su eficiencia y las infraestructuras necesarias para producirlo y distribuirlo, su capacidad para contribuir a reducir las emisiones en determinadas actividades industriales y del transporte lo sitúa entre las alternativas que pueden acompañar la transición hacia un modelo energético menos dependiente de los combustibles fósiles.