Vallecas concentra algunas de las cifras más duras de desigualdad madrileña, con desempleo elevado, rentas bajas, abandono escolar y una infancia marcada por la precariedad. En este contexto, salir adelante exige mucho más que esfuerzo individual, llegando a requerir redes de apoyo que sostengan a las familias para intentar que su día a día se haga más ameno. La historia de Ainhoa, madre de trillizos que ha retomado sus estudios mientras cría a sus hijos, refleja una realidad compartida por cientos de hogares del barrio, donde cada jornada que se levanta es, para muchas personas, una forma de resistencia.
Cada mañana, en un piso del barrio madrileño de Puente de Vallecas, Ainhoa Torres prepara el desayuno para sus tres hijos. Son trillizos de casi cuatro años: Naim, Nian y Asier. Tiene 35 años y ha vivido siempre en la zona, uno de los distritos más golpeados por la desigualdad social en Madrid. Allí cuida de sus hijos mientras se esfuerza por sacarse la ESO con la esperanza de acceder a un empleo. En medio de ese esfuerzo constante por salir adelante, el acompañamiento de la Fundación “la Caixa”, a través del programa CaixaProinfancia, ha supuesto un punto de inflexión para toda la familia.
Vallecas es mucho más que un barrio humilde: los datos reflejan una realidad social compleja. Se trata de uno de los distritos con mayor densidad de población de Europa y, al mismo tiempo, de los que presentan mayores tasas de desempleo y abandono escolar en España. Aglutina el 23,7 % de las familias perceptoras de la renta mínima de inserción (RMI) en la Comunidad de Madrid. Además, cuenta con la renta bruta anual más baja de la capital —22.593 euros— y una de las cifras más elevadas de personas que se encuentran en la calle de toda la región.
En este contexto desarrolla su labor la Asociación Barró, entidad colaboradora del programa CaixaProinfancia de la Fundación “la Caixa”, que lleva 25 años ofreciendo apoyo socioeducativo a niños, niñas y adolescentes que crecen en entornos vulnerables, con el objetivo de favorecer su integración social y romper la transmisión intergeneracional de la pobreza.
Niños y niñas que no creen en sí mismos
Ainhoa vive con su pareja y sus trillizos en casa de sus padres. “Sin la ayuda de mis padres no podría hacer nada”, explica. “Nos compaginamos para llevarlos al cole y hacer la comida y las tareas del hogar”.
Relata que no pudo finalizar en su momento la Educación Secundaria Obligatoria y que fue el nacimiento de sus hijos lo que la empujó a retomar los estudios. “Los tengo que ayudar. Yo ahora mismo no me acuerdo de nada de lo que estudié y, si no sé nada, ¿cómo puedo ayudarlos? Eso me motivó muchísimo”, reflexiona.
La vecina de Vallecas ha trabajado en el sector de la limpieza, pero actualmente está en paro y es consciente de que el título de la ESO es clave para acceder a un empleo. “Sin la ESO, nadie me contrata”. Aun así, compaginar los estudios con la crianza y los turnos partidos de su pareja no resulta sencillo. Con resignación, define su situación como “un poquito complicada”.
“Al no tener una red de apoyo, a estas familias les pueden los problemas constantes”, afirma Elena Rebollo, pedagoga y responsable del área de Infancia, Juventud y Familia de la Asociación Barró.
Desde la entidad han constatado cómo la vulnerabilidad ha ido intensificándose con el paso del tiempo. “En general, ahora atendemos a una población con una vulnerabilidad muy alta que además es multifactorial y, por lo tanto, coinciden en una misma familia múltiples problemáticas”, señala Rebollo.
Romper la espiral de la precariedad no es sencillo, ya que esta afecta a todos los ámbitos de la vida: las relaciones familiares y sociales, la salud mental, el rendimiento académico o las oportunidades laborales. Rebollo lo resume así: “Si yo tengo que preocuparme por tener acceso a una vivienda digna, buscar trabajo o llenar la nevera, es complicado que, por ejemplo, pueda hacer un seguimiento escolar de mis hijos”.
Según la pedagoga, ocho de cada diez personas que han vivido situaciones de pobreza durante la infancia reproducen ese escenario al formar su propia familia. “Muchos de los padres y madres a los que atendemos no se sienten capaces de acompañar a sus hijos durante el proceso educativo porque, en esencia, no saben lo que es ser acompañados”.
En este escenario, contar con una entidad que acompañe y sostenga resulta determinante. La pobreza abre brechas profundas y el tercer sector trata de reducirlas. “Somos una palanca”, afirma Rebollo. “Estos niños y niñas, en general, no creen en sí mismos, pero cuando encuentran esta red de apoyo, cuando las entidades los acompañamos, se percatan de que se pueden desarrollar más de lo que habitualmente se espera de ellos. Los empujamos a que se convenzan de que pueden”.
Un espacio seguro para seguir adelante
Naim, Nian y Asier participan en los Espacios de Crecimiento 3-6 de CaixaProinfancia en la Asociación Barró. Para ellos, es una actividad diferente por las tardes, un entorno seguro donde aprender y jugar. “Son ellos quienes quieren venir”, cuenta su madre. Ainhoa se muestra satisfecha al ver que sus hijos “aprenden mucho más y se divierten”.
“Tener un espacio donde trabajar sus competencias académicas, sociales y emocionales, expresarse libremente y no sentirse juzgados tiene un gran impacto para los niños y niñas”, subraya la pedagoga.
Ainhoa mira al futuro con determinación y emoción contenida. Carga con años de precariedad y renuncias, pero mantiene intacto el deseo de que sus hijos tengan más oportunidades que ella. Su historia no borra las dificultades, pero introduce un elemento clave: ya no está sola.
Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes
Síguenos en Google Discover