En Alpartir, un pequeño municipio agrícola de la Zaragoza rural, la escuela representa mucho más que un simple centro educativo: es el auténtico corazón del pueblo. En las tres aulas del colegio Ramón y Cajal conviven 45 niños y niñas de diferentes edades, lenguas y realidades, en un modelo educativo que apuesta por la inclusión y la atención personalizada. Allí, la herramienta digital Dytective ayuda a detectar y tratar el riesgo de dislexia y otras dificultades de aprendizaje. Impulsada por la Fundación ”la Caixa”, esta iniciativa ya está presente en más de 4.400 colegios de primaria de toda España. Para Khloe, una de las antiguas alumnas del centro, este cambio supuso el inicio de una nueva etapa en su vida.

El CEIP Ramón y Cajal de Alpartir cuenta con tres aulas multigrado donde aprenden juntos alumnos de distintas edades, niveles y procedencias. En un entorno marcado por la diversidad cultural y lingüística, el equipo docente lleva años trabajando con un enfoque inclusivo centrado en las necesidades individuales y el acompañamiento educativo. Gracias a la colaboración entre la Fundación ”la Caixa” y Change Dyslexia, el colegio dispone de esta herramienta de manera gratuita, lo que facilita una intervención adaptada a cada estudiante.

En Alpartir, una localidad de poco más de 600 habitantes situada en la comarca de Valdejalón, a 60 kilómetros de Zaragoza, la agricultura es el principal motor económico. La recogida de fruta da empleo a numerosas familias migrantes, especialmente de origen magrebí. “Muchas de estas familias eran temporeras que iban de un lado para otro, pero poco a poco han decidido fijar su residencia aquí y nos viene muy bien, ahora que se habla tanto de la España vaciada, porque nos permite mantener servicios públicos como los sanitarios y el colegio público”, explica Juan Antonio Rodríguez, director del centro. Este granadino lleva 25 años en Aragón y 18 como docente en Alpartir. “Mi trabajo siempre estuvo en la zona rural, de verde en verde, donde nadie quería ir”, confiesa.

La experiencia de Alpartir no es un caso aislado. Gracias al impulso de la Fundación ”la Caixa”, Dytective ya se ha implantado en más de 4.500 centros educativos de España —uno de cada cuatro colegios— y ha llegado a más de 55.100 alumnos de todas las comunidades autónomas, convirtiéndose en una de las herramientas digitales con mayor presencia en la detección y tratamiento de dificultades de aprendizaje.

De pequeña, en el otro colegio, me llamaban 'tortuga'

“Hola, chicos, soy Khloe. ¡Buena semana!”. Una carita sonriente y un corazón dibujados con tiza en la pizarra acompañan la frase que dejó como recuerdo para el alumnado y profesorado de su antigua escuela, el CEIP Ramón y Cajal.

Khloe acaba de sacar un 10 en un examen de inglés y su madre, María Ruiz, es la primera en enterarse. Actualmente cursa segundo de la ESO en un colegio de Zaragoza dentro del Plan de Aprendizaje Inclusivo (PAI), destinado al alumnado con necesidades especiales. El próximo año pasará al curso ordinario del instituto. “Mi vida ha cambiado mucho y tengo un poco de miedo de pasar a tercero. Creo que iré por la rama de humanidades”, comenta.

Lo que Khloe no olvida es el colegio de primaria que transformó su vida. En las aulas, pasillos y patios del Ramón y Cajal se ha demostrado que una educación inclusiva es posible.

“Desde que era muy pequeña noté que algo pasaba”, recuerda su madre. “En el anterior colegio, en el ciclo de infantil, le costaba más hacer las cosas, aunque los profesores me decían que todo estaba bien. En primaria, las diferencias se notaban más y nos vimos en una situación de incomprensión por parte del centro y del profesorado. La situación empezó a afectar a las relaciones sociales de Khloe: su integración en los juegos y en las actividades cada vez era más difícil”.

“En aquel colegio”, comenta Khloe, “me llamaban muchas veces “tortuga” porque era muy lenta haciendo las cosas. Me quedaba chof y no entendía por qué me lo decían. Me costaba enterarme de las cosas. Ahora también me pasa, necesito más tiempo, pero ya sé por qué”.

No puedes tachar a una niña de vaga cuando el esfuerzo, con 6 o 7 años, era tremendo

Con 8 años, Khloe cambió de escuela y llegó a Alpartir. “Buscábamos un proyecto educativo diferente, un modelo más humano que le diese respuestas. No puedes tachar a una niña de vaga cuando el esfuerzo que hacía en casa para hacer los deberes con 6 o 7 años era enorme”, explica María.

En el CEIP Ramón y Cajal detectaron rápidamente que Khloe tenía más dificultades con la lectura y la escritura. “Eran señales leves y podían pasar desapercibidas”, admite su madre.

Desde 2017, el centro utiliza la aplicación Dytective para reforzar habilidades de lectura y escritura a partir de los 7 años. Además, incorpora un test de cribado que permite identificar alumnado con posibles dificultades de aprendizaje. Algunos casos están relacionados con la dislexia y otros con la diversidad lingüística del aula, ya que una parte importante del alumnado no tiene el español como lengua materna.

“El 60 % son niñas y niños de familias con origen extranjero; un 10 % tiene dificultades de lectura, escritura y matemáticas, y un 30 % se encuentra en riesgo de exclusión social”, describe el director.

La escuela cuenta con 45 alumnos distribuidos en tres clases: infantil, medianos —entre 7 y 10 años— y mayores, que engloba cuarto, quinto y sexto de Primaria. “Son aulas multigrado, donde se mezclan edades y niveles. Todas las evidencias científicas dicen que la heterogeneidad enriquece, ayuda a avanzar, y que se produce una colaboración entre generaciones y no solo con el alumnado, también con las familias”, afirma José Antonio.

Una maestra impartiendo clase en el CEIP Ramón y Cajal de Alpartir. © Fundación ”la Caixa”
Una maestra impartiendo clase en el CEIP Ramón y Cajal de Alpartir. © Fundación ”la Caixa”

Dytective, una app que impulsa el aprendizaje y la concentración

Una vez realizado el test de cribado, los equipos de orientación analizan los casos en los que existe riesgo de dislexia u otras barreras de aprendizaje relacionadas con el idioma.

Cada día, durante sesiones de 20 minutos y mediante tabletas personales, el alumnado realiza un entrenamiento cognitivo basado en juegos y retos interactivos. “Dytective es una aplicación que fomenta la atención al no tener chats ni otros elementos de distracción, en la que cada alumno mete su contraseña y durante la actividad va superando retos. Tienen que ordenar palabras, escribir oraciones o encontrar al “intruso”, y dependiendo de la edad va cambiando de nivel”, comenta Raquel Gistas, profesora de inclusión de la escuela.

Semanalmente, Dytective envía un informe con el progreso de cada alumno, lo que permite adaptar actividades específicas. “Y no solo para ese alumnado. Siempre trabajamos por proyectos y estaciones (grupos de trabajo) y pensamos en actividades en las que trabaje toda el aula”, explica el director.

“Cuando me hicieron el test, me explicaron qué era la dislexia y me quedé fascinada cuando vi que había más personas como yo. Cuando llegué a casa, mi madre me lo aclaró con unos dibujos de cerebros”, cuenta Khloe. “Le dibujé tres cerebros con edificios. En un cerebro, los edificios eran de diferentes formas, en otro estaban más juntos o separados, y en otro había más cantidad o menos, e intenté explicarle cómo funcionaba el suyo a la hora de entender las cosas y cómo tenía que hacer conexiones diferentes. Pero sobre todo le dije que eso no era un problema, solo había que saber cómo funcionaba”, reconoce la madre.

Al preguntarle a Khloe cómo definiría la dislexia, se toma unos segundos antes de responder. “Es otra forma de pensar. Es como un superpoder, una forma de ver las cosas más abierta, te das cuenta de cosas que los demás no ven”.

“El uso de la herramienta Dytective fue un antes y un después: de no poder afrontar las dificultades a conocer qué se puede hacer y mejorar”, admite la madre de Khloe.

La dislexia, explica María, es una barrera académica y social que acompaña a la persona durante toda su vida. Por ello, reclama que herramientas como Dytective puedan extenderse también a la educación secundaria. “Debería ampliarse a la enseñanza secundaria, no tanto para asentar el lenguaje sino también para adquirir técnicas de estudio, organización y rapidez. Si quieres seguir estudiando, necesitas esa comprensión que te aporta la aplicación”.

Un reciente estudio del Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa” alerta de que los menores con trastornos del neurodesarrollo —especialmente las niñas— presentan un mayor malestar emocional, una situación que también afecta intensamente a sus familias. En el estudio participaron 300 familias con hijos de entre 6 y 12 años con dislexia, discalculia, trastornos del desarrollo del lenguaje (TDL) o TDAH.

El colegio rural de Alpartir fue uno de los centros seleccionados en 2017 para participar en la prueba piloto de Dytective tras recibir la medalla al mérito educativo del Gobierno de Aragón y un premio a la convivencia del Ministerio de Educación.

Sus docentes, liderados por José Antonio, contactaron con la investigadora española Luz Rello, doctora en Ciencia Computacional y creadora de la aplicación. “Ahora, gracias al programa EduCaixa, disponemos de ella de forma gratuita y no solo para la dislexia. Los usamos de forma generalizada, pero no podíamos pedir a familias con pocos recursos que pagasen la app; antes lo asumíamos en el colegio”, explica el director.

Cuando no puedes confiar en lo que lees o escribes, pierdes confianza en ti misma

Rello, diagnosticada con dislexia a los 10 años, ha dedicado gran parte de su carrera a investigar este trastorno del aprendizaje. Como ha reconocido, “lo más duro fue lo emocional: pensar que eres más tonto que tus compañeros, tener menos amigos, escuchar risas en clase… Cuando no puedes confiar en lo que lees o escribes y no entiendes por qué, pierdes confianza en ti misma. Es habitual que las personas con dislexia tengan baja autoestima”.

A Khloe se la ve feliz. Es una adolescente risueña que disfruta bailando, escuchando a Billie Eilish y a El Cuarteto de Nos, además de dibujar cómics constantemente. También piensa en su futuro académico: “Me interesan la rama de criminología de la psicología porque me interesa saber cómo funciona el cerebro de los criminales y también la pedagogía para poder ayudar a personas que tengan el mismo superpoder que yo”, sonríe.

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