Un estudio impulsado por el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa” y la Universitat de Girona pone de relieve la importancia de este tipo de intervención para preservar los vínculos de inclusión de las personas migrantes con la sociedad de acogida.
El racismo cotidiano y la discriminación no solo provocan situaciones injustas: también perjudican el bienestar psicológico de las personas migrantes racializadas, debilitan su sentido de pertenencia y elevan el riesgo de aislamiento social. A esta presión se suman el duelo migratorio, la precariedad y la distancia cultural, factores que configuran un escenario de especial vulnerabilidad psicosocial.
Ante esta realidad, el estudio Mentoría social, bienestar y salud mental en personas migrantes racializadas, impulsado por el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa” y la Universitat de Girona, concluye que la mentoría social ayuda a frenar la relación entre racismo y soledad, refuerza la esperanza y contribuye a conservar los vínculos de inclusión con la sociedad de acogida, que tienden a deteriorarse cuando no existe intervención.
La investigación ha sido realizada por Òscar Prieto Flores y Eila Prats Brugat, de la Universitat de Girona, e Isabel Gutiérrez Pedemonte y Raquel Carrión Alfonso, de la Coordinadora de Mentoría Social. Su objetivo es analizar el impacto de estas intervenciones como herramienta de apoyo para personas migrantes afectadas por el racismo. Los resultados muestran que la mentoría no incrementa el bienestar de forma general, pero sí funciona como un factor protector frente a la discriminación al impedir que esta deteriore el bienestar psicológico.
La mentoría como barrera frente a la soledad
Los programas de mentoría social, ampliamente desarrollados como estrategia de inclusión para jóvenes migrantes y refugiados, se apoyan en la idea de que fortalecer los vínculos de confianza puede actuar como un escudo ante las experiencias de exclusión y discriminación. El estudio evalúa esta hipótesis desde dos perspectivas: si participar en un programa de mentoría se relaciona con mejoras en el bienestar y si, además, modifica la relación entre las experiencias de racismo y ese bienestar. Para ello, compara a un grupo participante con otro sin mentoría y analiza la composición de sus redes personales de confianza y ocho dimensiones: salud mental, esperanza, autoestima, soledad, apoyo social, sentido de pertenencia, calidad de vida y discriminación percibida.
En la investigación participaron 157 jóvenes migrantes racializados, procedentes principalmente de África, Europa del Este y América Latina. Aunque el bienestar general evolucionó de manera similar en ambos grupos, sí apareció una diferencia relevante en la forma de afrontar el racismo. Entre quienes no recibieron la intervención, cuanto mayor era la discriminación percibida, mayor era también la sensación de soledad. En cambio, dentro del grupo de mentoría, la discriminación ya no se traducía en más aislamiento social. Es decir, la mentoría no elimina el racismo, pero puede neutralizar el aislamiento que este provoca.
El resultado coincide con investigaciones anteriores que señalan que el sentido de comunidad y los vínculos de apoyo pueden moderar el impacto de la discriminación sobre el bienestar de las personas migrantes. Así, los autores explican que "cuando se sufre discriminación a diario, esta tiende a normalizarse, pero cuando la experiencia se comparte con alguien que se alarma ante esa injusticia, la discriminación deja de percibirse como un hecho inevitable".
El análisis también señala que la discriminación suele llevar a las personas afectadas a relacionarse más con su propia comunidad. "Es una respuesta comprensible, puesto que la persona busca apoyo allí donde se siente reconocida, pero esto también puede acarrear consecuencias negativas, como la reducción del acceso a los recursos y oportunidades que ofrece la sociedad de acogida, y con el tiempo debilita les redes de apoyo interétnicas", subrayan los investigadores. En el grupo de control, esta tendencia resulta significativa: durante el estudio, los vínculos con personas autóctonas cayeron del 45 % al 32 %. Por el contrario, quienes participaron en programas de mentoría conservaron una red diversa incluso cuando se encontraban en un entorno hostil.
Vínculos que se mantienen más allá del programa
En cuanto a la relación con la persona mentora, el estudio constata que el vínculo continúa una vez finalizado el programa. Tres meses después, el 81 % de los participantes mantiene a esa persona en su red de confianza y el 90 % declara seguir en contacto activo. El efecto está asociado a la confianza entre la persona mentora y la participante, lo que subraya la conveniencia de priorizar el acompañamiento emocional frente al apoyo meramente instrumental. La mentoría también genera un capital social entre iguales que no estaba previsto: el 58 % conserva el contacto con personas conocidas a través del programa, frente al 30 % del grupo de control.
El documento advierte, no obstante, de dos aspectos que deben considerarse al gestionar estos programas. El primero es el riesgo de que el sentido de pertenencia dependa principalmente de la intervención y no de una red propia; por ello, los investigadores aconsejan reforzar las redes sociales de apoyo de cada participante para mantener los efectos a largo plazo. El segundo es la posible aparición de malestar emocional durante la intervención. El espacio de confianza creado puede hacer aflorar experiencias y emociones relacionadas tanto con el racismo vivido en la sociedad de acogida como con vivencias traumáticas anteriores.
La investigación formula además varias recomendaciones para el diseño, la aplicación y el respaldo institucional de los programas de mentoría. En la formación y selección de mentores, los autores plantean dar prioridad a la calidez emocional por encima del capital profesional o cultural, e incorporar preparación específica sobre racismo y trauma migratorio.
Para gestionar los programas, recomiendan diseñar un acompañamiento particular durante la fase de cierre, impulsar la conexión entre participantes y facilitar que los vínculos surgidos durante la mentoría se incorporen a sus relaciones cotidianas. En cuanto a las entidades financiadoras y la Administración pública, los resultados muestran la importancia de financiar seguimientos longitudinales, reconocer la mentoría como una intervención que favorece tanto la salud mental como la cohesión social y actuar también sobre los entornos en los que el racismo continúa manifestándose.
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