En momentos de incertidumbre, la política tiene dos opciones: contribuir a generar confianza y horizontes compartidos, o bien alimentar el desánimo, la frustración y el ruido. La historia europea de principios del siglo XX nos recuerda qué ocurre cuando se impone esta segunda vía: discursos que exageran el malestar, que convierten el ruido en estrategia, que presentan la realidad como un fracaso colectivo y que buscan movilizar la indignación constante acaban erosionando la cohesión social y debilitando las instituciones.
Hoy, en nuestro contexto, vuelven a aparecer relatos que insisten en que “todo va mal”. Es un mensaje potente, porque conecta con malestares laborales, personales o territoriales. Pero convertir esos malestares en una visión global de decadencia permanente, amplificada por el ruido político y mediático, no solo es inexacto, sino también contraproducente. Cuando se construye un relato de tierra quemada y de ruido constante, el resultado no es la mejora, sino el desencanto generalizado.
Aunque la realidad es compleja, tenemos datos esperanzadores. La economía ha crecido en términos generales, los servicios públicos son hoy mucho más extensos y robustos que los de generaciones anteriores y, además, se ha trabajado para detectar los ámbitos que necesitamos mejorar. En conjunto, el progreso colectivo es innegable. Reconocerlo no es conformismo; es partir de una base realista para seguir avanzando, lejos del ruido que a menudo tapa los avances reales.
En los últimos meses, también hemos visto a políticos dedicados a hacer ruido con la estrategia de dividir y desanimar al sector primario. El campesinado ha sido históricamente uno de los pilares más resilientes del país, capaz de sobrevivir a crisis económicas, cambios climáticos y transformaciones sociales profundas. Hoy, sin embargo, también es objeto del ruido de algunos discursos que intentan transmitir la idea de que el sector está condenado a un declive irreversible.
Esa mirada ignora una parte esencial de la realidad. El sector primario ha evolucionado de manera notable: la tecnificación, la mejora de procesos y la apertura a nuevos mercados han transformado profundamente las condiciones de trabajo. Las dificultades existen, sin duda, pero también hay oportunidades reales de futuro que deben ponerse en valor. Reducirlo todo a una narrativa de pérdida y de ruido permanente solo contribuye a desmoralizar a un colectivo que, por tradición y por capacidad, ha sabido reinventarse una y otra vez. Todo ello es extrapolable a muchos otros ámbitos.
La política no debería competir por ver quién describe un panorama más negro ni quién genera más ruido, sino por quién ofrece mejores soluciones. Eso implica escuchar el malestar, sí, pero también canalizarlo hacia propuestas constructivas. Implica decir la verdad, aunque no sea tan simple ni tan emocionalmente impactante como los eslóganes de frustración y ruido.
Porque, al fin y al cabo, la función de la política no es alimentar el desencanto ni el ruido, sino reducirlos. No es convencer a la ciudadanía de que todo está perdido, sino demostrar que, con trabajo y responsabilidad, las cosas pueden mejorar. Levantar a quienes se sienten rezagados, reforzar los servicios públicos y reconocer los avances alcanzados forman parte de una misma tarea.
Frente a los discursos que apuestan por la crispación y el ruido, hay que reivindicar una política que construya. Una política que no niegue los problemas, pero que tampoco niegue los progresos. Una política que, en lugar de dividir entre decepcionados y culpables o de alimentar el ruido constante, trabaje para sumar y avanzar.
Porque solo desde esta mirada exigente se puede evitar que el ruido injustificado se convierta en desánimo colectivo. Y solo así se puede garantizar que la política siga siendo una herramienta útil al servicio de la gente.
Manel Ezquerra Tomàs, diputado del PSC en el Parlament de Catalunya
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