Paco Núñez ha intentado trasladar a Castilla-La Mancha la resaca electoral de Andalucía como si ambos territorios respondieran al mismo patrón político. El presidente del PP castellanomanchego ha asegurado que el "cambio de ciclo imparable" llegará también a la región tras la victoria de Juanma Moreno, pero la comparación parte de una premisa discutible: ni Andalucía y Castilla-La Mancha atraviesan el mismo momento político, ni el liderazgo de Emiliano García-Page se parece al del PSOE andaluz, ni el propio Núñez cuenta con una posición pública comparable a la del presidente andaluz.

El dirigente popular ha hecho estas declaraciones antes de participar en la Junta Directiva Nacional del PP, donde ha defendido que su partido vive "un gran momento político" desde la llegada de Alberto Núñez Feijóo a la presidencia nacional. Según Núñez, el PP "cuenta las elecciones por victorias allí donde se presenta" y el resultado andaluz no sería una victoria aislada, sino parte de una corriente que, a su juicio, terminará alcanzando también a Castilla-La Mancha.

La diferencia no es solo electoral, sino también de liderazgo. En 2023, García-Page volvió a ganar las elecciones autonómicas con mayoría absoluta, con 17 escaños frente a los 12 del PP y los 4 de Vox, lo que dejó a Núñez sin posibilidad de gobierno incluso con la entrada de la extrema derecha en las Cortes regionales. El resultado consolidó al presidente castellanomanchego como una excepción dentro del mapa autonómico socialista y obligó al PP regional a seguir en la oposición por tercera legislatura consecutiva desde que Page llegó a la Presidencia.

A esa distancia electoral se suma otra más incómoda para el PP castellanomanchego, la de la valoración pública. García-Page ha sido situado por la encuesta de 40dB para El País, entre otras muchas, como uno de los dirigentes políticos mejor valorados del país y, además, como un perfil con capacidad de generar simpatía fuera del electorado estrictamente socialista, incluso entre votantes de derechas. Esa transversalidad es uno de los rasgos que explica por qué su liderazgo no puede leerse con los mismos parámetros que el del PSOE en otros territorios.

Núñez, por el contrario, sigue arrastrando un problema de proyección política que su agenda hiperactiva no ha logrado resolver. El líder del PP regional ha convertido los desplazamientos por Castilla-La Mancha en una seña de identidad, con una presencia constante en municipios, actos sectoriales y comparecencias públicas. Sin embargo, esa acumulación de kilómetros no se ha traducido hasta ahora en una posición de liderazgo. Las encuestas publicadas en los últimos meses han seguido dibujando, incluso en los escenarios más favorables al PP, un horizonte condicionado por la extrema derecha y no por una mayoría propia de Núñez.

Un PP regional cada vez más tutelado por Génova

A esa dificultad para convertir presencia territorial en liderazgo reconocible se suma otro factor político, la creciente tutela de Génova sobre el PP de Castilla-La Mancha. En los últimos meses, dirigentes nacionales como el propio FeijóoMiguel Tellado, Jaime de los Santos o Elías Bendodo han asumido un protagonismo cada vez mayor en debates que afectan directamente a la comunidad autónoma, desde la reforma del Estatuto de Autonomía hasta la estrategia de oposición al Gobierno regional. Esa intervención constante ha alimentado la lectura de que la dirección nacional del PP no solo acompaña a Núñez, sino que marca el paso del partido en Castilla-La Mancha ante la falta de consolidación de un liderazgo propio.

El caso del Estatuto ha sido especialmente significativo. El PP de Castilla-La Mancha había respaldado un acuerdo con el PSOE en las Cortes regionales, pero la tramitación quedó alterada posteriormente en el Congreso tras el cambio de criterio de los populares, atribuido a la dirección nacional y, en concreto, a la intervención de Miguel Tellado. Ese episodio ha dejado a Núñez en una posición incómoda: la de un líder autonómico que reivindica una alternativa para Castilla-La Mancha mientras las grandes decisiones de su partido parecen condicionadas por Génova.

Por eso, cuando Núñez habla de un "cambio de ciclo imparable" y trata de incorporar Castilla-La Mancha a la ola andaluza, también arrastra una contradicción interna. Su discurso pretende transmitir autonomía, fortaleza y expectativa de gobierno, pero la imagen política acumulada en los últimos meses apunta en otra dirección: un PP regional que sigue necesitando el refuerzo de los principales dirigentes nacionales para fijar mensaje, elevar el tono y corregir posiciones previamente asumidas en la comunidad autónoma. Lejos de parecerse al liderazgo territorial de Juanma Moreno en Andalucía, Núñez aparece todavía como un candidato tutelado, pendiente de que Génova le sostenga una alternativa que no ha logrado consolidar por sí mismo.

Por eso, la apelación al "cambio de ciclo" funciona mejor como consigna de partido que como fotografía precisa de Castilla-La Mancha. Núñez trata de presentar la victoria andaluza del PP como una antesala de lo que ocurrirá en la región, pero los datos obligan a introducir matices relevantes: Page gobierna con mayoría absoluta, mantiene un perfil de alta valoración personal, conserva capacidad de atracción sobre votantes moderados y no depende de una marca nacional para sostener su posición. Núñez, en cambio, todavía no ha acreditado que su proyecto tenga recorrido suficiente sin quedar atado a Vox.

Y ahí está la principal diferencia entre el relato y la realidad. Andalucía permite al PP exhibir una victoria, aunque con la sombra de la dependencia de Vox. Castilla-La Mancha, en cambio, exige a Núñez algo que todavía no ha conseguido: transformar su presencia permanente en el territorio en una confianza mayoritaria. Hasta ahora, su estrategia ha generado ruido, agenda y titulares, pero no ha alterado el dato central de la política regional: García-Page sigue siendo el dirigente con mayor centralidad pública en Castilla-La Mancha y Núñez continúa buscando la forma de dejar de ser, simplemente, el candidato del PP frente a Page.

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