Había en el último Hermida un manierismo compulsivo donde el propio periodista casi acabó por ahogar su descomunal talento para las cámaras. Mucha gente con talento suele caer en la tentación de imitarse a sí misma hasta convertirse en su propia caricatura, en su parodia o simplemente en una versión extravagante y vacua de lo que fue. Novelistas, pintores, poetas, futbolistas, arquitectos, locutores..., ciertamente no les ocurre a todos, pero sí a todos los que no tuvieron el valor o la ocasión de dejarlo a tiempo, cuando empezaban a notar que el don que les fue milagrosamente entregado había dejado ya de algún modo de pertenecerles. Pocos genios entienden que no se puede ser un genio sin interrupción… salvo, claro está, que te paguen, y muy bien, por simular que lo sigues siendo. En la historia de la pintura el caso más desalentador de este fenómeno es el de Salvador Dalí; en la historia de la televisión, no el de Hermida, por supuesto. EL OTRO, EL MISMO Lo peculiar de Jesús Hermida es que él siempre pareció desde el principio un hombre que se imitaba a sí mismo. En eso consistía su talento televisivo: en mostrarse ante la cámara como él mismo pero sin ser totalmente él mismo: habría sido escalofriante imaginarlo en su casa y ante su familia hablando y gesticulando del mismo modo deliberadamente excesivo en que lo hacía ante las cámaras. Siempre hubo en Hermida un plus de teatralidad y barroquismo que finamente acabó por devorarlo. Ahora bien, si Jesús Hermida era un periodista en busca de un personaje lo cierto es que tampoco parecía tener demasiada prisa en encontrar a ese personaje. Salvo al final, que sí lo encontró: fue ese Hermida fatalmente confundido con su propio simulacro quien aceptó hacerle al rey Juan Carlos aquella entrevista que –queremos pensar– el buen periodista que había en él nunca debió plegarse a hacer. UNO DE LOS NUESTROS Para muchos, Hermida quedará en la memoria como el 'glamouroso' corresponsal que a finales de los sesenta nos hablaba con tanta familiaridad y cercanía desde Nueva York a los catetos de este lado del Atlántico, lo cual significaba, en primer lugar, que seguro que sabía inglés, y de hecho un poco pinta de inglés sí que tenía. No parecía uno de los nuestros, pero ahí estaba justamente la gracia: que no lo parecía pero lo era. En nuestra lejana infancia del Pelargón y de los televisores Iberia en blanco y negro el espigado Jesús Hermida y su flequillo rebelde eran algo así como la otra España, encarnaban la España delgada, elocuente y cosmopolita que hablaba idiomas y a la que no se le notaba nada que era quien era ni venía de donde venía. Viéndole hablar con aquel mundano desahogo desde las terrazas temerarias de Manhathan nadie habría dicho jamás que Hermida era andaluz y además de Huelva, justo en la raya misma con esa tercera España un poco más pobre y un poco más triste y un poco más honda llamada Portugal. LA DILIGENCIA De sus seductoras crónicas de aquellos años sesenta y setenta nos quedó la imagen de un Hermida imborrable, el enviado especial que hacía para España un periodismo elegante y liviano, como aquel que hicieron los grandes periodistas catalanes de entreguerras con sus crónicas internacionales fieles a la realidad pero siempre con un toque ligeramente intrascendente. Su presencia en TVE, ciertamente, falseaba un poco la imagen real de una España que aún era no del todo pero sí mayoritariamente franquista, aunque de eso él no tenía la culpa. En todo caso, aquel de Nueva York fue y será siempre nuestro Hermida: el que apenas había empezado a ser Jesús Hermida, mucho, mucho antes de haber llegado a serlo demasiado. La muerte vuelve misteriosos a los hombres. Algo menos a los hombres que han salido mucho en la televisión, pero a ellos también. Como diría Pessoa, Hermida acaba de tomar la diligencia que ha de conducirlo hacia el abismo y, como todos los involuntarios viajeros que suben a ella, espera y merece que le demos el calor de nuestro aplauso, de nuestro recuerdo, de nuestra indulgencia. Debe tratarse sin duda de un carruaje frío y todo abrigo será poco para emprender tan solitario viaje. Descanse en paz el maestro Jesús Hermida. Descansen en paz todos los múltiples y memorables y contradictorios Jesús Hermida.