Cuando se reflexiona sobre Andalucía, mirándola de Oeste a Este o viceversa, y se la contempla sucesivamente a favor y en contra de la trayectoria de la luz solar, se tiene una visión de nuestra tierra bien distinta y complementaria de la que nos ofrece cuando la vemos desde la perspectiva del eje Norte-Sur o viceversa. En el primer caso, el sentido de los paralelos terráqueos nos resalta nuestra relación originaria con Oriente (extremo y medio) y, en lo inmediato, con el Mediterráneo Norte y Sur (fenicios, griegos, israelíes, palestinos, cartagineses, egipcios, magrebíes, etc.), eje que se prolonga al Este por el Atlántico y nos incardina en nuestra dimensión americana ocánica y transoceánica. En el segundo, se nos revela el sentido de los meridianos, la perspectiva Norte, que nos incardina en la Europa inmediata a través de Francia y se prolonga meridionalmente a partir de nuestro Pasillo Central andaluz, Gibraltar y el mar de Alborán hacia el África magrebí, sahariana y subsahariana y hasta el mismo cono sur del continente. EN EL CENTRO DE LA ROSA DE LOS VIENTOS Vista desde esta perspectiva, Andalucía (y la Península Ibérica) se hallan en el mismísimo centro de la Rosa de los Vientos o lo que vale decir en uno de los ombligos más significativos de la geografía mundial, siendo esa una de sus esencias más características y, aunque ya sé yo que tal cosideración puede hacerse de cualquier enclave del planeta, también sabrá quien me lea que ello es falso y verdadero a la vez, aunque mucho más lo uno que lo otro: en Andalucía se sabe que nuestra forma de ser consiste en habernos constituido y construido como andaluces (y aun el estarnos ahora construyendo) se debe a nuestra ubicación geográfica, a nuestro estar en un lugar de paso tan estratégicamente situado desde la más remota Antigüedad, cosa que tampoco ignoran hoy hastas los mismos yanquis cuando tanto nos solicitan para instalarse e intalar en nuestro territorio (Rota, Morón, etc.) importantes bases militares geoestratégicas. Si acercamos la visión y, por tanto, ampliamos el foco, el eje transversal de Andalucía es el que ordena la dimensión apaisada del territorio y el que nos despliega de izquierda a derecha y viceversa, en el sentido en que transcurre el valle de nuestro gran río vertebrador, complementado luego por su confluencia con el valle del Genil, que le rinde sus aguas desde la cara Norte de Sierra Nevada y deja las de la cara Sur, en el territorio Alpujárrido, resbalar hacia el Mediterráneo, en superficie, por el río Guadalfeo y otros almerienses, y subterráneamente afloran en diversos manantiales de entre los que destacan los de la loma llamada la Bordaila que dan lugar a la variedad de hasta varias decenas de aguas mineromedicinales en el térmimino municipal de Lanjarón en torno al río de ese mismo nombre y al Salado, ambos afluentes del Guadalfeo. UN ESPLÉNDIDO FOCO TURÍSTICO Pues bien, esta zona que se constituye en torno del eje Valle de Lecrín, Lanjarón y Órgiva se despliega en lo que podríamos llamar Alpujarra Media, entre las partes montañosas del Parque Nacional y Natural de Sierra Nevada y las Alpujarras Marítimas propiamente dichas, en las costas de Granada y Almería, y constituye uno de los mayores focos de atracción turística y de ocio y mediombiental sobre toda la Andalucía Occidental y en especial sobre Sevilla, Cádiz y sus respectivas áreas metropolitanas desde principios del siglo pasado, cuando en Lanjarón empezó a desarrollarse una industria turística autóctona en torno al famoso Balneario y el uso y la ingesta de sus aguas minero medicinales. En efecto, la industria turística basada en los tratamientos balneoterápicos y en el uso y disfrute de la bonanza climática y de la excelencia vegetal y agropecuaria de una región tan repleta de variedades endémicas de un valor incalculable atrajo desde finales del siglo XVIII a familias pudientes, primero granadinas y luego de las costas inmediatas antes citadas para terminar convirtiéndose desde finales del siglo XIX y principios del XX en uno de los puntos de referencia veraniega de las clases medias y altas sevillanas, gaditanas y del Magreb hasta los años cincuenta en que se produce la independencia de Argelia y Marruecos y el auge casi absoluto del boom veraniego del turismo de sol y playa que dejará postergado el de interior hasta finales del siglo XX. Y cuando las cosas se están reequilibrando y ambas modalidades de ocio no se sienten como incompatibles, tengo que proclamar mi fidelidad absoluta en los últimos tiempos a la de balneario, ahora re-emergente, a través de mis circunstancias familiares y de mi vinculación personal con Lanjarón (tras haber vivido sucesivamente en Úbeda, Sevilla y Granada) donde verano a verano y agosto a agosto desde 1990 me he llegado a convertir en agüista intrépido y casi potómano, retomando mi primera estancia en la localidad en el verano de1946 (bien que esta fuera pasiva) y otra sengunda en 1956, cuando tuve que aprender a nadar para no padecer de la inmersión en la piscina infantil de agua ferruginosa del río Salado, que entonces me resultaba fría e insoportable. NO SOLO DE PLAYA VIVE EL TURISTA Ahora, durante el verano, cuando disfruto de las intalaciones actualmente muy renovadas del Balneario y del nuevo hotel anexo, convivo con numerosos usuarios de Andalucía occidental, algunos, agüistas veteranos como yo, pero otros, la mayoría, nuevos visiantes de la Alpujarra, enamorados de la oferta medioambiental que día a día profundizan y amplían la vieja atracción mutua basada en la complementariedad de sus hábitats respectivos y en la sintonía y simpatía que se establece entre las poblaciones de ambos focos geográficos. Y como la cosa viene a mayores, disfruto de un flujo demográfico que vertebra y acrecienta la reconstrucción cultural de nuestra Andalucía sobre bases tan firmes como son estas del turismo de interior y de la renovación de estos circuitos de ocio y salud que hunden sus raíces en la Hispania Romana y Musulmana y las expanden y profundizan con las prácticas decimonónicas salutíferas de la balneoterapia y el uso de los yacimientos hídricos mineromedicinales. El siglo XXI está apuntando hacia una nueva época, cuando la cercanía de las playas y del otro modelo turístico antaño antagónico empujan a favor de una síntesis de ambos y un uso compartido del turismo de costa y de interior, ahora tan inmediatos, que debe beneficiar a ambas ofertas y a los usuarios no monográficos que las entendemos como un reto para sintetizarlas enriquecedoramente.