En los vídeos está contado con humor, con sarcasmo, lo que nos estamos jugando, pero el trasfondo es muy, muy serio. A menos de sesenta horas de que se cierren los colegios electorales en España, asistimos a un ataque brutal de los mercados (eufemismo económico para encubrir a los especuladores) a fin de condicionar al futuro Gobierno de España. Estos ladrones de cuello blanco, relojes caros y jets privados están moviendo sus hilos para obligar a nuevo ajustes, una moderna y respetada forma de usura. Ajustes que recaerían sobre las espaldas de los que menos tienen y nos conducirían a una sociedad dual, con cada vez menos igualdad y cada vez más diferencias entre los ricos y los trabajadores. Los especuladores buscan negocio: la privatización (total o parcial) de las joyas de la corona, como son el sistema de pensiones, la sanidad pública y la educación pública. Son yacimientos de extraordinaria riqueza donde estos desalmados pueden ponerse las botas.

Ante el repunte de la prima de riesgo, el Partido Popular, paladín de la ortodoxia ultraliberal, se ha sobreexcitado con estos maniobras chantajistas y plantea reformas urgentes. A la derecha se le ha hecho la boca agua ante la posibilidad de acometer ajustes, severos ajustes, se ha engolosinado viendo una presumible presa (¿fácil?) a su alcance. Da que pensar estas casualidades a dos días del 20-N. Como si los mercados le estuvieran allanando el terreno a Rajoy ante un eventual triunfo electoral y ofrecerle la excusa perfecta para que haga los recortes que están deseando hacer. Ante una ficticia situación de alarma creada por los especuladores, la derecha tendría la coartada perfecta para coger la piqueta y demoler todo, como ha dejado entrever el aspirante del PP en sus últimas entrevistas. Queda tiempo, podemos pararlos en las urnas.