España pasa por ser uno de los países más ruidosos del mundo, en concreto, el segundo después de Japón. Y ello se debe a varios factores; el medioambiental es por el hecho de que nuestro clima permite e impulsa vivir en la calle, donde comunicarse oralmente exige especial esfuerzo emisor y receptor, vocal y auditivo; y los culturales, que tienen que ver con la educación y la cultura mediterráneas donde las mayores distancias en los escenarios comunicativos y la mayor intensidad emocional en los discursos especialmente ricos en la cantidad y diferencias estilísticas producen una panoplia de comunicativa donde la intensidad acústica juega un papel de gran importancia. No hay más que entrar en un bar o restaurante o acudir a una terraza, espectáculo o evento público o privado al aire libre para comprobar que aquí nos comportamos añadiendo muchísimos más decibelios a la convivencia, tanto que el ruido llega a imposibilitar la comunicación, como en esas tertulias de política o de famoseo donde se alza la voz hasta el paroxismo para anular el discurso del oponente. Por eso, cuando en un foro masivo se produce un silencio atento y desacostumbrado, es porque el respetable público asistente actúa como tal y respetando también a sus interlocutores por algún hecho especial, como en los famosos silencios de la Maestranza donde los graciosos de turno no se atreven a romper las expectación con que la mayoría del público aguarda la faena de algún torero de arte o, si lo hacen (¡¡Música, maestro!!) son inmediatamente mandados callar (¡¡Chsss!!) por muchos de los asistentes. Eso mismo suele ocurrir el los oficios religiosos de mucho boato, donde las abuelas no suelen hacerse acompañar de sus nietos, y en el transcurso de mítines y celebraciones políticas cuando la asistencia responde a sus líderes solo si se le pregunta y pide opinión, y aún así solo responde sí o no, como Cristo nos enseña… Ah, y también en el circo, donde la chiquillería se afana por entrar en el rito comunicativo con los payasos de turno y responde a grito pelado ¡¡¡Bien!!! cuando estos les preguntan el famoso ¿¡¡¡Cómo están ustedes!!!? refiriéndose a su estado de ánimo y a sus ganas de participar en el happening ritual circense. Luego hay otro aspecto importante del mundo de los decibelios y es, como decía Machado, saber distinguir el ruido de los ecos, o sea conocer cuándo se habla por boca propia y cuándo por boca de ganso, reproduciendo meramente el ruido original, cosa esta también harto frecuente entre nosotros, al hacernos eco de los discursos ajenos. Joaquín Sabina tiene también algo dicho al respecto (Ruido, mucho ruido,,,) cantándolo y todos los buenos poetas han tratado el tema, por activa, como Rubén Darío en su Marcha Triunfal, o por pasiva, como Bécquer o Juan Ramón Jiménez, que inauguraron la poesía alada y la lírica del silencio: Poesía eres tú..; Y yo me moriré / y seguirán los pájaros cantando... En Andalucía, tierra aparentemente ruidosa y bullanguera, se sabe mucho de esto cuando se cultiva lo que yo he llamado la estética del claroscuro, basada en los contrastes monocromáticos de luces y sombras y en los grabados de los paisajistas románticos que se diferencian de las acuarelas multicolores de Apperley, ya sean los paisajes o las odaliscas, surgidas de una ruidosa policromía meridional de alta intensidad, nacidas en Tánger y ancladas en Granada y otras muchas tierras del Sur peninsular. Vida, mucha vida...Ruido, mucho ruido… Y silencio sonoro como el que mana del Ladrón de Agua albaycinero, de los aljibes y de la Acequia Real de la Alhambra, de la Acequia Gorda del Genil, de los secaderos de tabaco veganos, como ahora gusta decirse; de los marjales constelados de ajos y cebollas, pimientos, tomates y espárragos, vivificados por los miles y miles de vasos hídricos que escapan de las alturas penibéticas, hacia los cuatro puntos cardinales; por arriba y corriente en la Vega, por abajo y surgente en Lanjarón, todos yendo en silencio a la mar oceana, desde la orilla atlántica gaditana y europea (con más salero) hasta la otra caribeña y americana (con más negritos). Y en el trasfondo, los grillos que cantan a la luna, otra vez tan machadianos, de Sebastián (la sede era alquilada), de Isabel (es cosa de políticos y mafiosillos) y de Torres Hurtado[r]: me montaron una gran palafernalia. ¡Ea!