Está grogui en lo personal y sin futuro político por estos lares. Y lo que es peor: tendrá difícil despegar políticamente hablando con tamaño varapalo. Este incombustible aspirante acumula unos datos de libro Guiness de los records: se ha presentado hasta en cuatro ocasiones como postulante a la presidencia de la Junta de Andalucía con un saldo de derrota tras derrota. No hay en España ningún caso similar de tanto empecinamiento en un objetivo. En esta cuarta tentativa acudía a la cita de las urnas con todos los pronunciamientos (y todas las fallidas encuestas) a su favor y ha vuelto a naufragar.

Sabe que su vida política en Andalucía ha tocado a su fin. Sólo le queda la llamada redentora de su amigo Rajoy en una futurible crisis de gobierno. Toca la hora del relevo al frente del PP andaluz, una formación modelada a su imagen y semejanza que ha soportado con resignación y sin alzar la voz todos los tropiezos de su líder. En el congreso a celebrar antes del verano tendrán que surgir caras nuevas y una nueva dirección. Está ya en marcha la cuenta atrás de la era post-Arenas.

Los medios de comunicación conservadores que tanto lo han encumbrado durante los últimos años ya han puesto precio a su cabeza. Lo culpan en primera persona como responsable de un “fracaso absoluto” (ABC dixit) en un escenario proclive a poner fin a treinta años de gobierno socialistas. No tiene margen para darle la vuelta a esta situación. Está sentenciado. El informe carita de la noche electoral certificaba la decepción, el negro futuro y el fin de una época en la derecha andaluza que arrancó en 1993. El apagón en el acto de cierre de campaña con Rajoy como testigo era el presagio de la negrura que vendría tras el 25-M para Javier Arenas. Podrá patalear, ingeniar alguna que otra triquiñuela, movilizar a sus más fieles, buscar el refugio en su amarga y pírrica victoria… pero su futuro está escrito. Y en su ruleta ya no caben más apuestas. No va más.