La Sierra de Esparteros, o de Montegil, o de Morón, que de las tres formas se conoce, es modesta pero inevitable. En mitad de la campiña sevillana, entre campos de labor, pueblos hacendosos y antaño prósperos y carreteras con dirección a ninguna parte, se levanta solitaria y algo vanidosa a pesar de sus escasos 585 metros de altitud. Su larga historia, desde la Edad del Cobre en la que fue poblada por primera vez hasta las andanzas flamencas que hicieron célebre a la Finca Esparteros a finales del siglo pasado, justifica su omnipresencia en la comarca, incluso en Sevilla en la que pueda llegar a verse en días muy claros. El fruto de estas tierras calizas, que durante siglos han dado su color a los pueblos de Andalucía, tiene aquí una relación única con el paisaje y sus gentes, tanto que la cal de Morón de la Frontera fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en el año 2011. Nuestro camino comienza aquí, en las faldas de la Sierra de Esparteros, en las que sobresale la Cantera de los Caleros, donde se multiplican hornos de cocción en los que generaciones de moronenses fueron relevándose en una tradición arraigada y definitoria que el Museo de la Cal se empeña en mantener viva. Además de la visita al museo, que se encuentra en la carretera de Morón a Montellano, es imprescindible conocer las Caleras de la Sierra y las Caleras del Prado, donde el proceso complejo de elaboración de la cal se confunde con el paisaje. La fábrica de cal de Gordillos, en activo desde 1874 y de origen familiar, sigue manteniendo una producción de excelente calidad destinada, sobre todo, a la restauración y conservación del patrimonio histórico. Es inevitable pensar en las industrias tradicionales perdidas mientras buscamos donde comprar otro bien en peligro de extinción, la riquísima repostería conventual, que aquí en Morón se convierte en arte gracias a pastafloras, capuchinas, piononos, frutitas de almendra, crema de batata y tocinos de cielo del Convento de Santa Clara y el Monasterio de Santa María. Más dulces que antes, seguimos con nuestra ruta y, a solo unos kilómetros, Montellano, con sus paredes rugosas y refulgentes, es parada obligada. Apartado de los circuitos turísticos sevillanos, que rara vez van más allá del eje que forman la capital, las ciudades medias y señoriales y la Sierra Norte, en pocos lugares se encuentra una tradición tan antigua y fecunda. Más allá de los hornos que salpican la Sierra de Montegil y el casco urbano de la propia localidad, son las casas de Montellano las que hablan de la relación ancestral con este fruto de la tierra. A cada nuevo encalado, capa a capa durante décadas o incluso siglos, la textura de las paredes cambia, se cuartea, engorda y deja de ser un simple revestimiento para convertirse en una curiosa invitación a la arqueología urbana. En las fotos, estas paredes brillan. RUMBO AL ATLÁNTICO Como casi todas las fronteras, la de Montellano con las tierras de Cádiz apenas es perceptible para el viajero. El mismo blanco, el mismo verde, los mismos pueblos que poco a poco se dirigen hacia el mar: Ubrique, Prado del Rey y Villamartín y su marroquinería; el mimbre y la caña en Setenil de las Bodegas y Bornos; Arcos de la Frontera y su cerámica; las guitarras de Algodonales y las gaitas del Gastor; Torre Alháquime y sus alpargatas de esparto; los botos camperos de Espera y los muebles de Prado del Rey dibujan una colección casi inabarcable de oficios artesanales que hoy, a duras penas, pelean por sobrevivir. Pero si algo los une es el color de sus calles, estos pueblos blancos por la cal que en Grazalema nos hablan de la larga relación con América y su función casi desinfectante de la fiebre amarilla traída de aquellas tierras. Es fácil detenerse en Grazalema y eso es justo lo que hacemos. En pleno parque natural, rodeado de rutas para recorrer a pie o en bicicleta, no tiene grandes monumentos, sus iglesias son discretas y sus calles, como las que todo nuestro recorrido, limpias y brillantes bajo la luz del sol. Pero corre el agua clara y rápida tras las últimas lluvias del otoño y su encanto es irresistible. Lo realmente complicado, de hecho, es no querer pasar un par de días en estas tierras húmedas en las que todavía se recrean las leyendas de los últimos días de José María el Tempranillo. Pero nuestra ruta termina frente al Atlántico y es en Vejer de la Frontera donde encontramos el últimos rastro de nuestros caminos de la cal. Son numerosos los caleros de este bellísimo pueblo entre los riscos y el mar, pero aún más bella es la historia que la hermana con la marroquí Chef-Chauen. Una leyenda narra que Sidi Ali Ben Rachid, un emir marroquí, se enamoró de una vecina de Vejer llamada Zhora. Tras la expulsión de los mulsulmanes, cruzaron el Estrecho y se asentaron en una pequeña población bereber en la que construyeron una nueva ciudad a la semejanza del pueblo añorado. Eso fue en 1471 y la fue bautizada como Xauen o Chaouen. Aún hoy, es también un pueblo de la cal. Pero muy, muy azul. Como el mar. CÓMO ORGANIZAR EL VIAJE El Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH) ha documentado esta ruta incorporando además referencias a los innumerables valores patrimoniales, culturales y etnográficos de los pueblos que recorre. Se puede consultar íntegramente aquí, incluyendo la posibilidad de descarga de los distintos tramos para GPS. En cualquier caso, es un viaje para hacer en coche que es fácilmente accesible en un día aunque para disfrutar más lo suyo sería contar al menos con un fin de semana. ¿Cuándo viajar? Ruta asequible en cualquier época del año. En Grazalema llueve mucho pero eso no nos debe impedir disfrutar de la visita. Tampoco el calor con las lógicas precauciones. ¿Dónde dormir? Cualquiera de los pueblos visitados tiene infraestructura hotelera suficiente, si bien es en Grazalema donde más variedad se encontrará dado su carácter de centro turístico de esta zona de la provincia gaditana. Como siempre dentro de los espacios naturales protegidos es recomendable apostar por alojamientos y servicios acreditados por la Marca Parque Natural por su compromiso con la conservación del entorno. ¿Qué comer? Una riquísima gastronomía completa la oferta turística de los pueblos que sigue la ruta, si bien hay de reconocer cierta debilidad por la repostería de Morón de la Frontera, los quesos de la Sierra de Grazalema y los sabores árabes de Vejer de la Frontera. LAS POSTALES YA PUBLICADAS: Caminos del agua en la Sierra Norte de Sevilla Historias de contrabando en la Raya Por los caminos del esparto En busca de árboles 'abrazables' Embalses del Guadalhorce Flamencos, linces y orcas Por tierras de Almería En bici por las cañadas reales La costa fuera de temporada Riotinto El Guadalquivir La Alpujarra irresistible De castillo en castillo Entre Sancti Pectri Barbate Arroz y pajareo en la marisma del Guadalquivir Cazorla: por los campos de Hernán Perea El Mulhacén