Para que tras el 20-N no me marginen de las decisiones más sociales o antisociales que en este mandato se van a dar, pienso acercarme a las urnas y ejercer mi derecho ciudadano.

Votaré para intentar que la sanidad pública siga siendo eso, una sanidad de todos, y no la “cedan” a aseguradoras privadas o haya que financiarlas con previsibles copagos.

Porque quiero que mi televisión autonómica sea de mi tierra y no se la vendan a precio de saldo a los amigos de pupitre, que la conviertan en una caja tonta, vocera, portavoz y amplificadora de gobiernos al uso, votaré.

Yo no quiero ver en mi país un nuevo Cameron que multiplique por tres los precios de las matrículas universitarias de mis hijas mientras, al mismo tiempo, divide por cuatro el número de becas a conceder.

Para que destruyan en poco tiempo lo que hemos tardado tantos años en construir, voy a votar: por la defensa del Estado del Bienestar. Esa gran razón y motivo también me asisten para acudir con toda seguridad a mi colegio electoral con sobres de contenido progresista y de izquierdas.

También votaré porque en mi opinión “no hay color” entre los dos candidatos con posibilidades de gobierno. Alfredo Pérez Rubalcaba me inspira confianza. Mariano Rajoy y sus políticas de la agenda oculta me atemorizan.

Echaré mi papeleta en la urna porque quiero un gobierno que esté más cerca de los débiles y necesitados que de los poderosos. Porque quiero que la microeconomía ahuyente a los intereses de la macroecronomía y sus puñeteras gráficas y porcentajes, por ello ejerceré un derecho que no siempre lo ha sido en mi país.

Y si  después ocurre lo que preveo y me temo, al menos me quedará siempre el derecho a protestar y poder decir en voz alta que “con mi voto no fue“.