La entrevista entre Trakatrá y Mariló Montero en Espejo Público ha generado una fuerte reacción en redes sociales y en parte de la audiencia, no tanto por el tema tratado —la práctica sexual conocida como cruising— sino por el tono y el nivel de desinformación que se deslizó durante la conversación.

El momento más polémico llegó cuando Mariló Montero afirmó que en los espacios donde se practica cruising se dejan “condones tirados, toallitas con sangre y restos biológicos”, insinuando que niños podrían entrar en contacto con ellos y contagiarse de enfermedades de transmisión sexual. Una afirmación que, más allá de su carga alarmista, carece de base científica. Las ETS no se transmiten por tocar objetos en espacios abiertos, sino por contacto directo entre fluidos corporales, y muchos virus no sobreviven al contacto con el aire o a la exposición ambiental.


Ante estas declaraciones, el influencer reaccionó con firmeza, preguntando directamente si la presentadora sabía cómo se contagia realmente una ETS. El influencer intentó reconducir la conversación hacia un terreno informativo, recordando que estas prácticas suelen darse en espacios apartados, lejos de zonas transitadas, y que no se realizan de forma pública ni con intención de molestar a terceros. Su intervención puso sobre la mesa algo esencial: la diferencia entre debatir una práctica social y alimentar el miedo desde el desconocimiento.

Lejos de matizar, Montero defendió su postura apelando a una posición moral, llegando a afirmar que prefería que la llamaran “facha o racista” antes que normalizar este tipo de prácticas, insistiendo en que solo deberían realizarse en “lugares idóneos”. Un argumento que, para muchos espectadores, mezcló opinión personal con juicios de valor y reforzó estigmas históricos asociados a la sexualidad no normativa, especialmente dentro del colectivo LGTBIQ+.

El problema de fondo no es debatir el cruising, sino cómo se hace. Cuando desde un plató de televisión se lanzan afirmaciones infundadas sobre contagios o riesgos inexistentes, el resultado es desinformación, miedo y señalamiento. En un contexto donde la educación sexual sigue siendo una asignatura pendiente, este tipo de discursos no solo no ayudan, sino que perpetúan prejuicios que creíamos superados.

La intervención de Trakatrá, incómoda pero necesaria, evidenció una brecha generacional y cultural en la forma de abordar la sexualidad en los medios generalistas. Más allá de estar de acuerdo o no con determinadas prácticas, lo ocurrido plantea una pregunta urgente: ¿qué responsabilidad tienen los programas de gran audiencia cuando hablan de sexo, salud y diversidad? Porque informar mal, especialmente en directo, también tiene consecuencias.