En los últimos años, el uso del velo islámico ha vuelto a situarse en el foco del debate público europeo. Propuestas legislativas, discusiones sobre laicidad y reivindicaciones de libertad religiosa han convertido una prenda de vestir en un símbolo cargado de significados políticos y sociales. Sin embargo, bajo la etiqueta genérica de “velo islámico” conviven realidades muy diferentes. No todas las prendas cubren lo mismo ni responden a las mismas tradiciones culturales o interpretaciones religiosas.

Comprender esta diversidad resulta clave para abordar con rigor un debate que a menudo se simplifica. Desde pañuelos que cubren únicamente el cabello hasta velos integrales que ocultan todo el rostro, la variedad de formas refleja la pluralidad del mundo musulmán y de las experiencias personales de millones de mujeres.

El término más extendido es hiyab, palabra árabe asociada a la idea de modestia y recato. En su uso cotidiano, designa el pañuelo que cubre cabello, cuello y, en ocasiones, hombros, dejando el rostro visible. Es la forma más común en numerosos países de mayoría musulmana y también en comunidades islámicas de Europa. Para muchas mujeres representa una elección espiritual y de identidad; para otras, una práctica social o familiar. Incluso dentro del islam existen interpretaciones distintas sobre su obligatoriedad religiosa.

Junto al hiyab aparecen variantes como la shayla, habitual en los países del Golfo. Se trata de un pañuelo largo y rectangular que se enrolla alrededor de la cabeza y cae sobre los hombros, permitiendo combinaciones estéticas diversas. Su expansión fuera de Oriente Medio muestra cómo la moda y la globalización también influyen en las formas contemporáneas de vestir asociadas a la fe.

Otra modalidad es la al-amira, compuesta por dos piezas: una gorra ajustada que cubre el cabello y una banda tubular que rodea cuello y hombros. Su diseño práctico facilita el uso cotidiano, especialmente entre mujeres jóvenes o en contextos donde se prioriza la comodidad. Este tipo de velo evidencia que la funcionalidad también forma parte de la evolución de estas prendas.

En un nivel de cobertura mayor se sitúa el chador, profundamente vinculado a Irán y a comunidades chiíes. Es una capa amplia que cubre todo el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, aunque deja el rostro descubierto. Tradicionalmente se sostiene con las manos o se envuelve alrededor del cuerpo. Su presencia está ligada tanto a costumbres históricas como a normas legales en determinados países, lo que lo convierte en un elemento donde se cruzan religión, política y control social.

Más controvertido en Europa es el niqab, velo que cubre el rostro salvo los ojos y suele combinarse con túnicas largas. Su uso, minoritario a escala global, ha generado intensos debates en varios países occidentales, donde algunas legislaciones han limitado las prendas que impiden la identificación facial en espacios públicos. Las discusiones enfrentan argumentos de seguridad y laicidad con defensas de la libertad religiosa y de elección personal.

En el extremo de mayor cobertura se encuentra el burka, que oculta completamente cuerpo y rostro mediante una rejilla a la altura de los ojos. Asociado sobre todo a Afganistán y a etapas de dominio talibán, se ha convertido en un potente símbolo internacional en torno a los derechos de las mujeres. Mientras algunas lo interpretan como imposición patriarcal, otras reivindican su uso como expresión cultural o religiosa, mostrando nuevamente la complejidad del fenómeno.

El debate sobre estas prendas trasciende lo religioso. En Europa se entrelaza con cuestiones de integración, feminismo, identidad nacional y convivencia multicultural. Países como Francia, Bélgica o Austria han aprobado restricciones al velo integral en espacios públicos, mientras tribunales internacionales han avalado en algunos casos estas medidas por motivos de “convivencia” o seguridad. Las críticas, sin embargo, advierten de posibles efectos discriminatorios hacia comunidades musulmanas ya vulnerables.

En España, donde el uso de velos integrales es muy minoritario, la discusión surge de forma periódica en el ámbito político y mediático. Las propuestas suelen centrarse en prendas que cubren el rostro, no en el hiyab, mucho más extendido. Organizaciones de derechos humanos subrayan la necesidad de evitar generalizaciones y de escuchar la voz de las propias mujeres afectadas, cuyas experiencias son diversas y, en ocasiones, contradictorias.

Especialistas en estudios islámicos recuerdan que el Corán no describe prendas concretas, sino principios generales de modestia aplicados de forma distinta según época y lugar. De ahí que la variedad de velos responda tanto a tradiciones culturales como a interpretaciones religiosas. Reducir el fenómeno a una única lectura —ya sea de opresión o de libertad absoluta— impide comprender su complejidad real.

En paralelo, nuevas generaciones de mujeres musulmanas en Europa están resignificando estas prendas. Algunas combinan hiyab con moda contemporánea; otras lo abandonan; otras lo adoptan como afirmación identitaria frente a la islamofobia. Las redes sociales han amplificado estas voces, mostrando que la experiencia del velo no es homogénea ni estática.

Así, el velo islámico se ha convertido en un espejo de tensiones globales: religión y secularismo, tradición y modernidad, control social y autonomía personal. Más que una simple pieza de tela, funciona como símbolo donde cada sociedad proyecta sus propios conflictos.

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