España vive un repunte silencioso que ya no pasa desapercibido: la sarna, una enfermedad cutánea común en todo el mundo, se ha multiplicado por 50 en doce años. El nuevo informe del Instituto de Salud Carlos III revela una expansión acelerada que afecta especialmente a jóvenes en consultas de Atención Primaria y a mayores hospitalizados. El panorama, antes fragmentado y difícil de medir por no tratarse de una enfermedad de declaración obligatoria, comienza ahora a tomar forma gracias a un trabajo que rastrea datos clínicos, laborales y epidemiológicos para dibujar con precisión un mapa de la situación real.

El estudio, publicado en la revista Eurosurveillance, se basa en registros de Atención Primaria, ingresos hospitalarios, casos detectados en el ámbito laboral y brotes recogidos por la red de vigilancia. Con ello, los investigadores han podido confirmar una tendencia que se intuía en los últimos años, pero que carecía de una fotografía clara: la sarna ya no es un episodio aislado ni residual. Su presencia se expande con ritmo creciente, y lo hace en dos extremos poblacionales que raramente comparten riesgos epidemiológicos —el segmento joven de 15 a 24 años y los mayores de 74—.

Más allá del número total de casos, el informe profundiza en el impacto social y territorial de la enfermedad. En el entorno sociosanitario se concentra el 82% de las bajas laborales derivadas de sarna, una evidencia directa de que residencias, centros de cuidados y personal sanitario actúan como núcleos sensibles para la transmisión del ácaro Sarcoptes scabiei. El patrón territorial no es homogéneo: las islas y la franja costera del norte registran los aumentos más acusados, lo que abre la puerta a explorar vínculos con factores climatológicos y ambientales aún no definidos.

Los brotes aparecen con mayor frecuencia en hogares y residencias de ancianos, aunque los de mayor duración y número de afectados se registran en hospitales y centros sanitarios. Precisamente por ello, los responsables del estudio insisten en la importancia de acelerar la detección, el diagnóstico y la notificación de casos. Para los investigadores del CNE-ISCIII, la respuesta debe ser multisectorial y coordinada, con especial atención a la formación de profesionales sanitarios y campañas de comunicación para la población general.

El estigma complica el rastreo y la detección

Uno de los retos señalados es la falta de percepción social del riesgo. Pese a tratarse de una enfermedad conocida, la sarna sigue rodeada de estigma, lo que retrasa la consulta médica e interfiere en el rastreo de contactos. El equipo investigador apunta también a la necesidad de reforzar la concienciación entre jóvenes, especialmente en relación con el contacto físico estrecho y las vías de transmisión cutánea. Abrir conversaciones públicas, normalizar la consulta temprana y fomentar la vigilancia comunitaria son líneas de acción que podrían frenar su avance sin generar alarma innecesaria.

La Organización Mundial de la Salud estima que más de 200 millones de personas padecen sarna en algún momento de su vida. Sus efectos, aparentemente banales, pueden complicarse con infecciones bacterianas secundarias, especialmente en personas vulnerables. Por ello, los autores del estudio subrayan la urgencia de comprender mejor los factores que explican el repunte y de impulsar medidas de prevención, diagnóstico precoz y seguimiento.

El trabajo del Instituto de Salud Carlos III ha contado con la colaboración de grupos del CIBER-ISCIII, la Academia Española de Dermatología y Venereología, la SEMFYC, la UNED, el programa europeo EPIET, la Facultad de Veterinaria de la UCM y distintos centros hospitalarios. Un esfuerzo conjunto que, por primera vez, deja sobre la mesa una imagen casi completa del impacto de la sarna en España y abre una pregunta inevitable: ¿estamos preparados para frenar su ascenso o el mapa epidemiológico seguirá ensanchándose?

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