Sociedad

Concha Huerta de Soto: "Tras el cáncer existe la oportunidad real de renacer hacia una vida mucho más consciente y plena"

La divulgadora de salud y autora de 'Nueva vida, nuevas alegrías' relata cómo superar un linfoma transformó su forma de entender el bienestar, el autocuidado y la longevidad

Pablo Silva
Concha Huerta de Soto
Concha Huerta de Soto

Concha Huerta de Soto es una profesional polifacética, abogada y exdirectiva de empresas del mundo de la moda y la televisión, como Antena 3. En 2006 le diagnosticaron un linfoma. El mundo que parecía venírsele abajo se convirtió en un camino complejo, pero no definitivo. Tras superar la enfermedad, comenzó a investigar cómo adoptar una dinámica consciente que evitara una recaída y le permitiera llevar una vida sana. Para ello acudió a distintos profesionales y se sumergió en una amplia bibliografía. De ese proceso de recuperación e investigación, que se prolongó durante diez años, surge su libro 'Nueva vida, nuevas alegrías. Mi camino hacia la salud y el bienestar tras superar el cáncer', una obra escrita a modo de conversación con el lector y con un tono cercano que invita a replantearse muchas rutinas en beneficio de la salud y de una longevidad plena.

Una crisis de salud tan severa terminó convirtiéndose en el catalizador de mi verdadera vocación

P.- 'Nunca me he sentido mejor que después del cáncer'. Con esa frase abres tu libro. ¿Cómo es posible tal afirmación?
R.-
Sintetiza de manera impecable mi estado vital presente: me siento fuerte, plena y habitada por una profunda alegría de vivir. Cada mañana me despierto dando las gracias por este presente, por el afecto que me rodea y por la belleza del entorno. Hacía años que no disfrutaba de tanta claridad ni de tantos proyectos. Llegar hasta aquí ha sido un trayecto largo —de más de una década— en el que he tenido que aprender a escuchar los ritmos biológicos de mi cuerpo, aplacar una mente hiperexigente y conectar con esa dimensión espiritual que a todos nos habita y que nos devuelve el equilibrio perdido.

El cáncer significó un punto y aparte tajante. Me obligó a reestructurar mis prioridades y a sumergirme en el estudio riguroso de la salud integral. Lo que comenzó como una necesidad biológica de rehabilitación tras los tratamientos se transformó en un aprendizaje fascinante sobre el autocuidado, permitiéndome diseñar rutinas que han cambiado radicalmente mi vitalidad. La paradoja es que una crisis de salud tan severa terminó convirtiéndose en el catalizador de mi verdadera vocación: divulgar este conocimiento y acompañar a otros en el descubrimiento de sus propios recursos de sanación.

P.- ¿Eres consciente de que es una afirmación rupturista? ¿Cómo reaccionan los lectores ante esa frase?
R.-
Es una afirmación contundente, pero responde a una realidad incontestable en mi vida. Entiendo que de entrada pueda chocar, sobre todo a quien transita hoy por la incertidumbre de un diagnóstico grave. Sin embargo, la reacción predominante en los lectores es de un alivio inmenso. En la Feria del Libro he visto a personas emocionarse hasta las lágrimas al escuchar esto; comprobar que tras el devastador proceso del cáncer no solo existe la posibilidad de sobrevivir, sino la oportunidad real de renacer hacia una vida mucho más consciente y plena les devuelve una esperanza insustituible.

Para quienes afortunadamente gozan de buena salud, la premisa resulta igualmente transformadora. Mi testimonio les sirve de guía para replantearse su manera de habitar el presente y entender que la adversidad puede ser la puerta de entrada a una versión mejorada de uno mismo. En el fondo, el libro transmite tres mensajes fundamentales: que la prevención es posible, que el cuerpo posee una capacidad de regeneración asombrosa si le damos las herramientas adecuadas y que el sufrimiento puede dar paso a un bienestar duradero.

P.- De padecer cáncer te conviertes en divulgadora de salud. ¿Cómo se da ese proceso?
R.-
Tras superar el linfoma que me fue diagnosticado en 2006, mi interés se centró en evitar recidivas y en adquirir hábitos saludables que promovieran una longevidad en las mejores condiciones. De la mano de excelentes profesionales que tanto me ayudaron, dediqué mucho tiempo a investigar sobre los aspectos más variados que influyen en la salud física y el bienestar emocional. Al ir aplicando estas rutinas y hacer descubrimientos, los iba compartiendo de forma natural con mi entorno.

Pronto me di cuenta de que veía reflejadas en las personas que me rodeaban muchas de las dificultades que yo misma estaba resolviendo. Cuando me consultaban, solía recomendarles lecturas que a mí me habían servido para incorporar rutinas saludables. Fue así como descubrí una nueva vocación enfocada en la divulgación del bienestar y la autoayuda: compartir lo que aprendo sobre salud se convirtió para mí en una fuente de inmensa satisfacción.

Resulta profundamente conmovedor observar la transformación de quienes se animan a mejorar su estilo de vida siguiendo estos consejos. Es una información que, a su vez, ellos comparten con sus familiares y amigos, creando así una cadena de bienestar que se expande y llena mi nueva vida de alegrías. Este propósito de multiplicar el bienestar fue el impulso definitivo para escribir 'Nueva vida, nuevas alegrías'.

No basta con añadir años a la vida, sino vida a los años

P.- ¿Qué diferencias percibes entre los lectores a quienes les ha tocado de cerca la enfermedad y aquellos que no la han vivido?
R.-
Diferencio tres perfiles muy marcados. El primero es el de los pacientes oncológicos o con enfermedades crónicas, que suelen llegar sumidos en una gran vulnerabilidad y desorientación. A pesar del excelente trabajo del estamento médico, al llegar a casa tras un tratamiento fuerte surge una tremenda soledad. En mi obra encuentran un protocolo real de apoyo —psicológico, nutricional y físico— que yo misma utilicé, lo que les aporta una hoja de ruta estructurada y un consuelo enorme. Saber que yo estuve al borde del colapso y que hoy disfruto de una salud excelente les conecta directamente con la esperanza.

El segundo grupo lo integran personas más jóvenes interesadas en la medicina preventiva y en proteger su entorno. A ellos les fascina el bloque dedicado a neutralizar las agresiones ambientales cotidianas —como la contaminación química e industrial o la radiación electromagnética— y las pautas para optimizar la nutrición. Buscan construir un hogar saludable y proteger su biología a largo plazo antes de que aparezcan las patologías.

Por último, los lectores a partir de los 50 años conectan profundamente con el módulo sobre longevidad consciente. A esa edad es imprescindible plantearnos cómo queremos vivir las últimas décadas de nuestra trayectoria. Tras ver enfermar a mi padre durante una década, tengo claro que no basta con añadir años a la vida, sino vida a los años. La evidencia científica demuestra que con pequeños ajustes en el ejercicio de fuerza, el control de la glucosa y la salud cardiovascular podemos prevenir el deterioro cognitivo y las enfermedades asociadas al envejecimiento.

P.- ¿Resulta paradójico que un libro sobre una enfermedad sea, al mismo tiempo, un canto a la vida?
R.-
Antes de enfermar, yo encarnaba el perfil clásico de la ejecutiva hiperactiva: perfeccionista, con un nivel de exigencia desmedido y volcada por completo en la acción exterior. Vivía desconectada de mis necesidades corporales y con una mente en perpetua aceleración. La irrupción del cáncer me frenó en seco y me obligó a volcar la atención hacia mis funciones biológicas más elementales durante más de un año de rehabilitación. Esa pausa forzosa me hizo comprender que sin equilibrio emocional y psíquico el cuerpo termina quebrándose.

A través de herramientas como la meditación y el yoga logré silenciar el ruido mental y experimentar un giro copernicano: descubrí que la alegría de vivir no es un logro externo que se alcanza tras cumplir metas, sino nuestra naturaleza esencial. Cuando me planteé el título del libro y busqué la palabra que verdaderamente definía mi estado presente y mi identidad, lo tuve claro: alegría. No una felicidad efímera, sino una alegría profunda, luminosa e inquebrantable que ya habita en nosotros y que solo requiere ser redescubierta.

Redescubrir esa alegría genuina transformó por completo mi biología. Ese cambio de polaridad mental redujo drásticamente mi nivel de estrés, aceleró mi proceso de sanación y se convirtió en la máxima energía vital de mi día a día. Hoy esa alegría es mi motor, el estado que me define y el regalo más valioso que la vida me ha devuelto tras atravesar la enfermedad.

P.- ¿Nos enseñan a cuidar del cuerpo?
R.-
Absolutamente no. Como señalaba el monje budista Thich Nhat Hanh, 'somos muy buenos preparándonos para vivir, pero no muy buenos viviendo'. Nos educan para rendir, acumular títulos y gestionar proyectos complejos, pero nos dejan sin un conocimiento básico sobre nuestra propia biología. Yo contaba con una sólida formación universitaria y una trayectoria ejecutiva de éxito, pero al enfrentarme al cáncer me di cuenta de que conocía muy poco sobre el funcionamiento real de mi cuerpo y sobre cómo apoyar mis procesos vitales básicos. Conocemos vagas generalidades sobre lo que es saludable, pero nadie nos enseña a interpretar las alertas de nuestro organismo ni a entender el impacto del estrés y del cortisol en el sistema inmunitario.

Por eso concebí mi libro como una guía práctica de autocuidado y autoconocimiento. He resumido y estructurado las claves de más de 70 obras científicas y divulgativas de referencia sobre longevidad, nutrición, descanso y gestión emocional. Les digo a mis lectores, a modo de broma pero con total convicción, que al terminar la lectura obtienen un verdadero 'máster en autocuidado', con el que asumir con rigor, criterio y autonomía la responsabilidad de su propia salud.

P.- En la narración del libro estableces una complicidad con el lector para proponerle lecturas científicas que hiciste sobre el cáncer, pero también para compartir métodos de vida sana y una serie de testimonios muy humanos. ¿Cómo surge la estructura del libro?
R.-
La idea inicial era redactar una guía metodológica con las pautas de salud que mejor me habían funcionado. Sin embargo, en pleno proceso de escritura entendí que para dar legitimidad al método debía contextualizar de dónde nacía tanta urgencia por investigar. Por eso decidí incorporar una primera sección autobiográfica donde repaso mi historial médico, incluyendo las intervenciones previas al linfoma, abordándolo con una dosis de ironía y humor para aligerar la dureza del relato. La respuesta de los lectores a esta honestidad brutal ha sido conmovedora.

A partir de ahí, la obra se despliega en dos grandes bloques técnicos. El primero detalla mis protocolos diarios de bienestar: higiene del sueño, gestión de la alta sensibilidad, nutrición antiinflamatoria, ejercicio y estrategias para calmar el sistema nervioso. La última parte del libro funciona como mi propia 'biblioteca de salud', una recopilación temática de las lecturas esenciales que me han acompañado, diseñada para que cada lector pueda profundizar de forma autónoma en los aspectos que más necesite reforzar.

P.- Vayamos al momento del diagnóstico. ¿Quién era Concha Huerta de Soto entonces?
R.-
Desarrollé la primera etapa de mi carrera en puestos de alta dirección y producción ejecutiva, liderando proyectos de gran envergadura en sectores tan exigentes como la consultoría y el audiovisual. Fui productora ejecutiva en Canal+ —donde dirigí la enciclopedia del cine español y produje decenas de cortometrajes— y posteriormente estuve al frente del departamento de cine español en Antena 3. Tras graduarme en Derecho y realizar un MBA, mi mente funcionaba sin descanso, orientada a la resolución de problemas, la gestión de presupuestos y la creatividad ininterrumpida.

Bajo esa fachada de éxito profesional y exigencia absoluta, estaba aplicando la fórmula perfecta para el desgaste biológico. Daba por sentada mi salud y sufría señales inequívocas de mi cuerpo, como desequilibrios hormonales severos y una endometriosis incapacitante. Acudí a numerosos médicos que no conseguían dar con el origen de mis problemas y me recetaban múltiples tratamientos que, lejos de curarme, iban debilitando cada vez más mi organismo mientras yo mantenía un ritmo de trabajo frenético. Toda esa sobrecarga de estrés crónico y medicamentos fue mermando silenciosamente mi sistema inmunitario, hasta que el linfoma hizo su aparición para obligarme a detener esa espiral destructiva.

No es luchar, es aliarte incondicionalmente con tu biología

P.- ¿Qué piensas del discurso belicista que se utiliza en torno al cáncer?
R.-
Comprendo y comparto las críticas hacia el abuso de la metáfora bélica en la medicina, puesto que puede generar una culpa devastadora en el paciente si se produce una recaída, como si la evolución de la enfermedad fuera un 'fracaso' en su combate. Ahora bien, desde la psicología de la salud, la visualización dirigida es un recurso de empoderamiento altísimo que no busca luchar contra uno mismo, sino hacer al paciente copartícipe activo de su tratamiento.

En mi caso, guiada por mi psicóloga, utilicé la imaginación activa para abandonar el papel de víctima pasiva. Dado que mi linfoma afectaba a la serie blanca, proyectaba mentalmente la quimioterapia —que por la infusión de Rituximab tenía un tono anaranjado característico— como un flujo de luz restaurador que entraba en mi torrente sanguíneo para restablecer el orden biológico. Más allá de las metáforas, lo determinante es asumir el mando sobre las variables que sí controlamos: la reducción del estrés, el descanso, la alimentación y la eliminación de toxinas. Eso no es luchar, es aliarte incondicionalmente con tu biología.

P.- Hay otro aspecto de tu libro, no menos interesante, como es la posibilidad de vivir una longevidad sana. ¿Cómo se logra?
R.-
La ciencia más vanguardista sobre longevidad coincide en que la genética solo determina una pequeña fracción de nuestro envejecimiento; el factor decisivo es la epigenética, es decir, cómo nuestros hábitos activan o desactivan determinados genes. Es profundamente reconfortante saber que no estamos a merced del destino esperando la aparición de patologías neurodegenerativas, cardiovasculares o metabólicas, sino que nuestras elecciones diarias condicionan directamente cómo envejecemos y nos permiten minimizar el impacto de estas tres grandes amenazas de la vejez.

Tras investigar a fondo las publicaciones más recientes sobre longevidad, todos los biólogos y médicos expertos coinciden en que la única garantía real para envejecer en las mejores condiciones son las rutinas que cada uno decide adoptar. Ya existe evidencia científica muy clara, por ejemplo, sobre cómo la práctica regular de ejercicio de fuerza tiene un impacto directo en la reducción de probabilidades de desarrollar demencias como el Alzheimer, además de proteger la masa muscular y mantener el control metabólico de la glucosa para prevenir la diabetes.

Sin embargo, más allá de la nutrición, el ejercicio y la gestión del estrés, uno de los hallazgos más reveladores es el papel determinante que juegan nuestras relaciones humanas. Estudios de seguimiento de más de 80 años realizados en Estados Unidos con más de mil personas demuestran que el factor que más incide en una longevidad plena es la calidad de los vínculos sociales y el contacto estrecho con la familia y los amigos. Toda esta evidencia es la que recojo en mi libro para ofrecer una guía clara a quienes, a partir de los 50 años, quieran invertir conscientemente en su salud futura.

El cáncer significó un punto y aparte tajante. Me obligó a reestructurar mis prioridades

P.- ¿Seguirás escribiendo libros sobre salud?
R.-
Actualmente me encuentro redactando mi segundo libro, en el que profundizo de manera muy específica en las rutinas de rehabilitación biológica que he ido aplicando durante todos estos años para recuperar cada sistema de mi organismo, divididas por áreas: desde la salud ósea y muscular hasta la optimización de los órganos internos y externos.

Tras este volumen práctico sobre el cuerpo, publicaré un tercer libro centrado en mi camino hacia la espiritualidad, el autoconocimiento y la paz interior. Lo fascinante de mi proceso es que no he llegado a la espiritualidad a través de dogmas, sino a través de la ciencia: de la biología molecular y la física cuántica. Comprender cómo la materia, la energía y la información celular se interconectan me hizo descubrir la esencia o energía vital que nos da la vida —que podemos denominar Dios, Conciencia Universal o como cada uno desee llamarla—, cuyo lenguaje supremo es el Amor con mayúsculas que a todos nos une y que todos compartimos.

Y, finalmente, tengo intención de escribir sobre el descubrimiento de nuevas vocaciones y la vitalidad en la madurez. A mis 60 años he descubierto una pasión insospechada por el canto y la expresión artística. Me parece crucial romper el estigma social que asocia cumplir años con el repliegue o la jubilación vital: la década de los 60 es una etapa espléndida para cosechar lo aprendido, emprender nuevos proyectos y demostrar que siempre estamos a tiempo de cumplir nuestros sueños.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora