En La bola negra hay una frase que me persigue desde que la escuché este pasado fin de semana, en su estreno en el Festival de Cine de San Sebastián. Me acompaña desde entonces y me duele.

En la escena en cuestión, Lorca le dice a Rafael Rodríguez Rapún: “Los campos de España están llenos de historias de amor enterradas. Y hay que arañar la tierra para desenterrarlas”.

Creo que en esa frase se encierra la esencia de casi toda la película. Esa secuencia contiene también todos esos amores que no pudieron decir sus nombres. Todos esos amores que tuvieron que vivir su deseo a escondidas, ocultando a personas que aprendieron, demasiado pronto, que ser uno mismo podía costar la vida. Todas esas vidas vividas a medias, y partidas por la mitad por la violencia y la sinrazón.

Quizá por eso salí de La bola negra con el alma tensa. Aterida. Encogida.

Porque una cosa es saber lo que ocurrió y otra, muy distinta, es verlo en una mirada, en un cuerpo que se contiene, en una palabra que sale de una boca que tiembla, en un amor que busca un rincón oscuro para poder existir.

Mostrar en una obra cinematográfica lo que significa querer a alguien cuando todo alrededor te dice que ese amor es malo, oscuro y castigado es hacer arte. Un arte que no solo nos encoge el alma, sino que también construye una memoria reparadora de todos aquellos españoles silenciados y de todas esas historias de amor canceladas.

Porque el amor y el deseo son vida. Y vivir no puede ser un castigo. Ahí entiendes de verdad qué significa arañar la tierra.

No se trata solo de recuperar nombres, voces, caras, vidas y deseos. También de devolverles, en parte, la vida que les fue arrebatada; no una versión corregida y cómoda de ella, sino sus afectos, sus cuerpos, sus deseos. Sus llantos y sus pérdidas. Devolverles todo aquello que durante demasiado tiempo se ocultó, se maquilló o, directamente, se borró.

España está llena de todas esas historias. Y conviene recordarlo cuando hablamos de libertad en la actualidad y hacemos como si hubiera llegado sola, casi por evolución natural de las cosas. No fue así.

Hubo que pelear cada espacio. Hubo cárcel, clandestinidad, humillación y miedo. Hubo gente que pagó un precio altísimo para que quienes vinimos después pudiéramos vivir de otra manera. En esos amores enterrados hubo que pelear cada beso y cada “te quiero”.

Y esa pelea no es solo emocional ni pertenece exclusivamente a un movimiento concreto. Tiene historia política, porque es política la memoria, y es política la reivindicación de las pérdidas sufridas por quienes vieron violentadas sus vidas.

La libertad en nuestro país lleva casi siempre el nombre de la izquierda. Lo digo con tanto orgullo como pena, por tantas vidas de compañeros socialistas perdidas en la lucha por esa libertad, en este y en el pasado siglo.

Porque esa es también la memoria de quienes entendieron que no bastaba con tolerar, achantarse y no luchar. Que no solo había que existir y vivir nuestros amores y deseos, sino también visibilizarlos y reivindicarlos. Que había que reconocer derechos y legislarlos. Que nadie debía estar condenado a vivir discretamente para no molestar, ni a cancelar sus emociones y sus deseos.

Por eso me inquieta tanto escuchar hoy determinados discursos que hablan de algunos derechos como si hubieran ido demasiado lejos, como si la igualdad, la diversidad o la memoria fueran excesos de una época. Basta mirar atrás.

No hace tanto tiempo que amar, desear y sentir por otra persona podía —y debía— arruinarte la vida. Y cuando una sabe eso, retroceder deja de ser una discusión teórica, y empieza a ser una batalla que planteas todos los días de tu vida.

Todos los que quieran volver a aquella España de oscuros rincones, amores cancelados y deseos silenciados me tendrán siempre enfrente.

No quiero un país en el que haya que volver a esconderse para amar, ni en el que nadie tenga que crecer creyendo que hay algo en su interior que debe callar. Un deseo que debe contener. Ni que volvamos a enterrar historias para que, dentro de cincuenta años, alguien tenga que venir a buscarlas, para reivindicarlas en una película o en un libro.

Y luego está San Sebastián. Lo digo porque allí vi el estreno de La bola negra, en la ciudad liberal y hermosa en la que vivo, y que también, de alguna manera, tiene un guiño en la película. Me explico.

Nuestro San Sebastián, atravesado por la mirada de los Javis, y convertido durante unos segundos en una imagen queer, cargada de deseo, dolor e irreverencia.

Dentro de todas las lágrimas de aquella mañana, esa imagen me hizo sonreír.

Quizá porque también hay algo hermoso en eso: mirar un símbolo conocido y descubrir que puede significar otra cosa. Que nada está tan quieto como creemos.

La bola negra habla de sentimientos, de deseo, de amor, de derechos y de libertad, sí. Pero, sobre todo, habla de vivir. De poder hacerlo sin esconderse ni cancelarse a uno mismo. Por eso aquella frase sigue conmigo. La de la secuencia de Lorca y su amor, Rafael Rodríguez Rapún: “Los campos de España están llenos de historias de amor enterradas”.

Y algunas, todavía, esperan que alguien arañe la tierra.

Rafaela Romero,
Diputada por Gipuzkoa y portavoz adjunta de Constitucional en materia de memoria democrática. Miembro de la Comisión Ejecutiva Nacional de los Socialistas Vascos y coordinadora de estos en el Grupo Parlamentario Socialista de Congreso

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