El gran Pepe Isbert solía decir que cuando una obra de teatro funciona bien en taquilla no había que cambiar ni la moqueta del escenario. Y esto es lo que han hecho los populares a la vista del éxito que les ha reportado el no arriesgarse ni un ápice en desvelar sus verdaderas intenciones de actuación política, es decir, en mantener su programa oculto a las miradas indiscretas de la ciudadanía. Así que no iban a descubrirse, ahora, en vísperas de que su poder se extienda por todo el país (incluido Asturias y Andalucía).

Durante el pasado fin de semana no han movido ni un solo músculo y una congelada sonrisa ha adornado el semblante de todos los compromisarios. A alguien -un poco alocado- se le había ocurrido eliminar de la definición ideológica del partido la expresión “humanismo cristiano” -o sustituirla por la de “humanismo europeo”- pero el debate a la enmienda no llegó ni tan siquiera a abrirse porque los ponentes lo evitaron. Parece ser que estos delegados son de la misma opinión de Pepe Isbert y estimaron que no son tiempos de mudanza y menos, aún, ideológica.

Pero ya que ha salido a relucir este tema no me resisto a dar mi opinión. Estas dos palabras unidas se repelen mutuamente. La RAE define el humanismo como la “actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos”. El humanismo es por naturaleza antidogmático y las religiones y, por ende, las iglesias que las representan son, por el contrario, organizaciones dogmáticas que destruyen la capacidad de raciocinio y, más a más, pueden ser cualquier cosa menos integradoras y ... la Iglesia Católica quizás menos que ninguna. Ante esta reafirmación de fe del partido en el poder una exclamación me viene a la boca: ¡Aviados estamos los que pretendemos un Estado laico!

Volviendo al Congreso del Partido Popular, hay que reseñar el hecho de que la total ausencia de anuncios sobre sus planes futuros es sólo comparable a la del olvido de sus más recientes actuaciones -al menos, presuntamente- irregulares . Pareciera que los Gürtel, Brugal, Palma Arena, Jaume Matas, Francisco Camps o Carlos Fabra hubiesen sido borrados de la mente de Mariano Rajoy. Hasta tal punto es así, que el presidente del PP ha manifestado en su discurso que “No podemos admitir negligencias, ni tolerar despilfarros, ni inventar problemas donde no existen, ni que cunda la discordia. No estamos para eso”, añadió, para después ser más contundente. “No aceptaremos que la mancha de una excepción contamine la buena fama de todos”, advirtió. Pero, ¿por qué habla en futuro el presidente de Gobierno si lo que él denomina negligencias y despilfarros -presuntos delitos según la justicia- los tiene hoy encima de la mesa y no ha sido capaz de pronunciarse contra ellos sino que, antes al contrario, se ha mostrado siempre complaciente y halagador con estos personajes?

Y poco más de sí ha dado el XVII Congreso Nacional del Partido Popular. Complacencia triunfalista, disciplinada unidad a la búlgara o exhibición de poder mientras que en las calles de las principales ciudades españolas los asalariados, parados o jubilados clamaban contra una reforma laboral que deja en manos del empresariado los derechos de los trabajadores tan arduamente conquistados. Herodes entregando la cabeza de Juan el Bautista a Salomé y que cada uno interprete quién es quién en esta metáfora bíblica.

Gerardo Rivas Rico  es licenciado en Ciencias Económicas