Según me confesó con posterioridad, el señor que conducía el vehículo con el que impacté estaba escuchando igualmente la radio y reaccionó al enterarse de la noticia frenando bruscamente, aunque su inhabitual maniobra la hizo por motivos bien distintos a los míos. Estaba muy contento y repetía sin cesar que por fin se había hecho justicia. La persecución política de la que había sido objeto el molt honorable -ahora más honorable que nunca- por parte de los socialistas había constituido todo un infierno para el ex presidente y que ya era hora de que un tribunal pusiese las cosas en su sitio -puntualizaba-.

Una vez que había exteriorizado toda su alegría por el evento, nos dispusimos a cumplir con los trámites imprescindibles en situaciones como la acontecida. Fue, entonces, cuando mi víctima me comentó sin rubor alguno que si no me importaba poner en el parte del siniestro que, realmente, había pasado lo que no pasó; que me había incrustado en su coche. Necesitaba hacer un arreglo importante en la parte trasera del vehículo y que de esta forma aprovechaba la ocasión para llevarla a cabo sin coste alguno. “Mi amigo del alma” -me dijo tuteándome como si me conociera de toda la vida- si pones esto en el parte te querré “un huevo” y te demostraré mi agradecimiento con un regalito que, cuando lo recibas, pensarás que me he “pasado varios pueblos”.

En aquel momento pensé que, como consecuencia del impacto, había saltado el CD que llevaba en mi coche con las grabaciones de “el Bigotes” y sus interlocutores, pero no fue así. Entonces me fije más detenidamente en mi víctima y pude percatarme de que tenía bastante parecido con el molt honorable -ahora más honorable que nunca-. Era alto, enjuto, de sonrisa beatífica, de frente despejada y su cuerpo lo cubría un elegante traje con bolsillo cerillero en su chaqueta y pinza italiana en sus pantalones. Pero no, no era él. Simplemente, respondía al estereotipo.

Por saber hasta donde era capaz de llegar le pregunté que, si las aseguradoras se percataban del engaño, cómo íbamos a reaccionar y, con total aplomo, me contestó que esa posibilidad era bastante improbable. Fundamentalmente, porque él era una persona muy respetable y con excelentes relaciones -me dijo-, pero que si esto no fuera suficiente contaba con la ayuda de muy buenos amigos en el mundo de la justicia, tanto entre los abogados como entre los jueces, y que todo se apañaría para que una eventual denuncia sobre el asunto careciera de cualquier posibilidad para prosperar.

No obstante estas seguridades, me negué en redondo a sus pretensiones y, una vez cumplidas las obligadas formalidades, salí de allí como alma que lleva el diablo para evitar más tentaciones de mi perjudicado conductor. Cuando llegué a casa me metí en Internet y pude leer en un diario digital la última noticia sobre el juicio del molt honorable -ahora más honorable que nunca-. En una conferencia de prensa sin prensa, es decir sin preguntas, María Dolores de Cospedal había preguntado que “quién repone ahora la honorabilidad de Camps y Costa”.

Muy afectado por las situaciones surrealistas vividas, salí de Internet para prepararme una copa. Pero antes dejé el siguiente comentario a mis amigos de Facebook: “Me acabo de comprar unos guantes de espuma de poliuretano con revestimiento de PVC para aguantar el frío de Groenlandia. ¿Será suficiente para cuando me mude a vivir allí? Espero vuestros consejos de supervivencia”.

Gerardo Rivas Rico es licenciado en Ciencias Económicas