Cada verano el cine encuentra un hueco, entre tanta programación interesante, para meternos en el agua. Este año la elegida es Deep Water, la nueva película de Renny Harlin por Aaron Eckhart y Ben Kingsley. La premisa no inventa nada nuevo: un avión con pasajeros internacionales que vuela de Los Ángeles a Shanghái cae en el Pacífico y sus supervivientes descubren que las aguas donde flotan los restos del aparato están infestadas de tiburones. Nada que un puñado de rivalidades personales, pánico y mucho instinto de supervivencia no puedan complicar todavía más.

Con este estreno como punto de partida, merece la pena repasar cómo ha evolucionado el cine de tiburones desde que, hace ya cincuenta años, un tiburón mecánico llamado Bruce cambió la industria para siempre.

 

El origen: Tiburón

Es imposible hablar de este subgénero sin empezar por Steven Spielberg. Tiburón (Jaws) se estrenó en 1975 con 3'5 millones de presupuesto y con una previsión de 55 días de rodaje previstos. Debido a los contratiempos que generaba el tiburón animatrónico, se triplicó a 9 millones y 159 días de rodaje, al cual Spielberg llegó a calificarlo de batalla contra la naturaleza.

El animatrónico fue bautizado Bruce (en honor al abogado de Spielberg) y se averiaba constantemente. Daba tantos problemas que obligó al director a reformular la narrativa. Así es como se decidió apostar por la cámara subjetiva sugiriendo su presencia con planos contrapicados de piernas de bañistas y construir la tensión alrededor de la partitura de John Williams.

Pese a los problemas, no solo nació un clásico del cine de terror, sino que inventó el blockbuster veraniego y a día de hoy continúan intentando replicarla dentro y fuera del subgénero.

 

El espectáculo de la mutación noventera

El éxito de Tiburón provocó secuelas cada vez peores, pero también el exploit de tiburones de la serie B más gamberra. Así es como llegamos en 1999 a Deep Blue Sea, con Samuel L. Jackson en el reparto y una premisa que añade un poco de ciencia ficción a la mezcla. Aquí los tiburones son modificados genéticamente para ser más inteligentes y, como no podía ser de otra forma, los científicos y responsables no habían vislumbrado las consecuencias a las que se enfrentaban

La película es recordada, en especial, por uno de los giros de guión más comentados del cine de monstruos marinos de los noventa y marca el momento en que el subgénero deja de perseguir el realismo de Spielberg para apostar directamente por el espectáculo.

 

Dramas de supervivencia en los 2000…

En el 2003 se estrena Open Water, un falso documental de supervivencia donde una pareja de buceadores es olvidada en altamar por su propio barco. Lo que caracterizó a esta película fue la ausencia de efectos especiales vistosos, ya que apostaba por la angustia de sus protagonistas al sentirse completamente indefensos en medio de la nada.

Podemos decir que después de este título llegaron otros que buscaban replicar esta misma fórmula. En 2006 llegó A la deriva (Adrift) con otra pareja abandonada en altamar y un año después Black Water volvía a exponer la misma situación solo que cambiando el tiburón por cocodrilos en los manglares australianos. De hecho, la propia secuela de Open Water, Open Water 2: Adrift, vuelve a poner a un grupo de amigos en medio del mar esperando a ser rescatados.

 

…pero también la serie B más disparatada

Pero en los 2000 no solo hubo películas de supervivencia con un corte dramático de fondo, sino que fue el nacimiento de un nuevo exploit en el terror de tiburones. Películas de bajo presupuesto que buscaban ser lo más alocadas posibles, en muchas ocasiones ni se tomaban en serio a sí mismas y que han continuado produciendo hasta el día de hoy.

Hay que señalar como responsable de este boom a la saga Sharknado, que como su nombre indica va de tiburones en tornados que son arrastrados hasta el corazón de las ciudades. Una propuesta que asume el absurdo como seña de identidad y que convierte la serie B en un fenómeno de culto por derecho propio. Y partiendo de este esquema de combinar un tiburón con otra criatura o elemento, tenemos: Dinoshark, Sharktopus, Shark Exorcist, Mummy Shark… cualquier cosa que te imagines.

Es probable que os cuestionéis, si no estáis familiarizados con este nicho, si realmente estas películas las ve alguien por placer. Os sorprenderíais de la cantidad de fans que tienen estas películas.

 

La reinvención de los 2010

En los 2010, el subgénero vive una reinvención más cuidada donde estas películas de supervivencia no van sobradas de acción, tensión y si es necesario, trasfondo emocional de sus personajes. Hay dos títulos que destacan con dos premisas bastante minimalistas: Infierno Azul (The Shallows), con Blake Lively atrapada en un arrecife junto a una gaviota y buscando la forma de llegar a la orilla, que está a apenas unos metros, mientras un tiburón espera que caiga al agua.

En A 47 metros también se juega con la claustrofobia del espacio, pero añadiéndole el estar a merced del entorno como principal motor de tensión cuando dos hermanas quedan atrapadas en una jaula de buceo que se hunde. El agobio está servido.

 

Un poco de todo en los 2020

Para la década en la que estamos, se podría decir que ya se ha visto todo. Continúan los exploits de la serie B más loca, junto a producciones que quizá te llenan París de tiburones como en En las profundidades del Sena (Under Paris) o despedidas de solteras que se van al garete como vemos en Embestida (Something in the water).

El verano pasado tuvimos Dangerous Animals en cartelera, que acertaba en mezclar el slasher con el cine de tiburones, y es que el asesino emplea escualos como arma contra sus víctimas.

Deep Water encaja entre tanta variedad, ofreciendo la experiencia del cine de catástrofes con un avión estrellándose y el agobio de tener que sobrevivir en un entorno que no es el tuyo, sumado a las rencillas internas de sus personajes. Una película que se aproxima más a la acción y al entretenimiento efectista de Deep Blue Sea (no en vano es del mismo director) que al terror contenido de Tiburón.

 

Cincuenta años después de que Spielberg nos convenciera de que el mar podía ser el lugar más aterrador del mundo, el cine de tiburones sigue encontrando nuevas formas de hacer que nos pensemos dos veces el ir a la playa. Y Deep Water demuestra que, si mezclas bien los ingredientes y sabes ejecutar la tensión, seguirá funcionando.

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