Música

El underground empieza entre amigos: Carlos Bueno, Lukas Yassta y El mito del Alakrán

Los artistas de la Sierra Norte cuentan cómo levantaron El mito del Alakrán, un disco atravesado por la tristeza, la amistad y las dificultades para hacer llegar su música más allá de su círculo

El underground empieza entre amigos: Carlos Bueno, Lukas Yassta y El mito del Alakrán
El underground empieza entre amigos: Carlos Bueno, Lukas Yassta y El mito del Alakrán

Hay una parte del trabajo que Carlos Bueno y Lukas Yassta todavía no saben resolver. Han escrito las canciones, grabado sus voces, aprendido a editarlas con tutoriales y pagado una portada. Han dedicado alrededor de un año a construir un disco mientras buscaban empleo, estudiaban y trataban de salir de una etapa de estancamiento. Pero, cuando llega el momento de enseñarlo, aparece otra dificultad. “Nos cuesta hasta publicitar nuestro propio disco”, reconocen durante su conversación con Bando.

Ese disco es El mito del Alakrán, reúne 17 canciones y casi una hora de música. Lo firman Lukas Yassta y Bueno, el nombre con el que aparece acreditado Carlos. Detrás hay dos amigos de la Sierra Norte de Madrid que encontraron en el rap una forma de entenderse y que ahora buscan algo tan sencillo de explicar como difícil de conseguir: que sus canciones lleguen a personas que no los conocen. 

Su historia transcurre entre un pequeño estudio compartido, empleos que permiten pagar los gastos y conversaciones sobre lo que significa seguir haciendo música cuando cuesta encontrarle un propósito a casi todo lo demás. El álbum nació precisamente para eso, para ponerse un objetivo que les ayudara a avanzar.

Crecer en la sierra y buscar a alguien con quien rapear

Antes del disco estuvo la amistad. Se conocieron porque eran de los pocos chavales que hacían rap en su entorno. Escuchaban música, escribían y acabaron reuniéndose con otros jóvenes que compartían sus gustos. De aquel grupo salió CDLS, las siglas de Consejo de los Sabios, un nombre que conservan por lo que representa de aquellos años.

Carlos recuerda que el rap les ofrecía espacio para expresarse y explorar sus sentimientos. Lo que empezó como un “método de escape” se convirtió en una pasión que, según calcula, los acompaña desde hace unos trece años.

La Sierra aparece en su conversación como un lugar al que pertenecen y con el que mantienen una relación compleja. Valoran su tranquilidad, reconocen el apego a sus raíces y hablan de las dificultades para encontrar compañeros de escena y oportunidades. Carlos pone una distancia concreta sobre la mesa: el trayecto desde su pueblo hasta Madrid puede hacerse en unos 45 minutos en coche, pero exige al menos una hora y media en autobús.

Lukas describe otra clase de distancia, relacionada con las expectativas del entorno. “Parece que solo hay un camino y el camino te lleva a quedarte en el pueblo”, explica. En su experiencia, apartarse de ese recorrido significaba sentirse algo extraño entre personas a las que conocía desde siempre.

Los amigos con los que compartía el rap formaron una pequeña comunidad dentro de ese paisaje. “Parecía que vivíamos en una burbuja”, recuerda. Las canciones les permitían hablar desde un lugar que no siempre encontraban fuera de ella.

Trabajar, estudiar y encontrar tiempo para un disco

Cuando la conversación baja de la música al día a día, aparecen las ocupaciones que sostienen el proyecto. Carlos es psicólogo forense y cuenta que, ante las dificultades para encontrar trabajo en esa especialidad, decidió preparar oposiciones para ejercer como psicólogo penitenciario. Mientras estudia, encadena suplencias de celador en la Sierra Norte.

Lukas estudió un grado superior de realización audiovisual. Después de buscar oportunidades y completar su formación con otros cursos, acabó trabajando en cocinas, fábricas y panaderías. Habla de la frustración que le produjo renunciar a aquello para lo que se había preparado y de una etapa de depresión de la que asegura haberse recuperado.

Ahora busca una estabilidad económica que le permita desarrollar proyectos. Se plantea volver a estudiar, quizá diseño gráfico o producción musical, y mantiene la música como una de sus principales motivaciones. “Mi idea es tener siempre un curro”, explica.

El Mito del Alakrán se hizo en los huecos que dejaban esas obligaciones. Según cuentan, hubo periodos de desmotivación en los que el impulso del otro resultó decisivo. Uno avanzaba una canción, enviaba su parte e insistía hasta que el compañero encontraba fuerzas para terminarla. La amistad también formó parte del proceso de trabajo, con sus demoras, sus exigencias y la confianza de poder enseñar algo todavía inseguro.

El mito que acabó dando nombre al álbum

El título surgió de una conversación sobre la creencia de que un alacrán podía matarse con su propio aguijón. La imagen les interesó por su relación con los sentimientos que estaban llevando a las canciones. Después, al buscar información y descubrir que aquella historia no era cierta, encontraron el nombre definitivo del proyecto.

Según explican, la introducción reproduce aproximadamente el intercambio del que nació esa idea. El concepto les permitía reunir las experiencias de tristeza y estancamiento que compartían cuando comenzaron a trabajar.

El disco se convirtió así en uno de los objetivos con los que intentaban cambiar de rumbo. Había algo concreto que hacer: buscar una instrumental, escribir una estrofa, grabarla y volver a escucharla. La tarea podía continuar incluso cuando otras partes de sus vidas parecían detenidas.

Ese origen no convierte todas las canciones en una misma confesión. Durante la entrevista hablan de libertad, de miedo, del placer de rapear y de las referencias culturales con las que han aprendido a expresar lo que les sucede.

Rap íntimo, cine y espacio para divertirse

Entre los nombres que aparecen en la conversación están Sule B, Cheb Rubën y Suite Soprano. Les interesa especialmente una manera de escribir que permite entrar en experiencias personales, explorar emociones y construir versos con mayor libertad.

Carlos identifica en Leftovers una influencia consciente de Sule B en su forma de rapear. El cine también ocupa un lugar importante en el universo del álbum. Al explicar sus letras, hablan de películas que les han servido para trasladar una tristeza propia mediante imágenes e historias ajenas, entre ellas La tumba de las luciérnagas.

También hay espacio para cambiar de tono. Lukas señala DMT como una canción cercana a su faceta más vacilona, a la costumbre de hacer rap por pasarlo bien. Carlos introduce un matiz: en su parte, los miedos aparecen personificados en una figura monstruosa que pierde fuerza cuando se la mira de frente.

La canción funciona, según explican, como un contrapunto dentro del conjunto. Esa diversión también pertenece a su relación con la música y a los años que llevan compartiéndola.

Un estudio compartido y muchas horas de tutoriales

La grabación se hizo con los medios que tenían a su alcance. Utilizaron un estudio que habían pagado años atrás entre varios amigos y buscaron en YouTube instrumentales que describen como de uso libre. Encontrar las adecuadas les llevó muchas horas: necesitaban que encajaran con lo que querían contar y que les despertaran ganas de escribir.

También asumieron la edición del disco. Trabajaron con Cubase y recurrieron a tutoriales para resolver las tareas de posproducción. Para la portada, en cambio, contrataron un trabajo profesional. “Hemos intentado hacer lo más profesional posible este disco”, resume Lukas. El esfuerzo se concentró en aprovechar mejor unas herramientas limitadas y dedicar tiempo a aspectos que antes habían trabajado menos.

Hay una particularidad en el resultado que cuentan entre bromas: no descartaron ninguna canción. Todas las que fueron construyendo durante aquel año acabaron dentro del álbum. Ellos mismos se preguntan si eso habla de la confianza en el material o de las dificultades para tomar distancia y decidir qué debía quedarse fuera.

El reto de que alguien llegue a escucharlo

Con el trabajo terminado, la difusión plantea un problema distinto. Las redes sociales consumen tiempo y atención que compiten con el estudio, el empleo y la propia música. Publicar implica después comprobar las reacciones, mirar quién ha respondido y preguntarse si el esfuerzo ha servido para algo.

Carlos describe esa relación con claridad: “Para mí todo lo que es invertirlo en redes sociales es dolor de cabeza, literalmente”. Al mismo tiempo, le interesa comprobar que una publicación puede llevar nuevos oyentes a las canciones. Quieren ampliar su público, aunque durante la conversación matizan qué esperan de ello. Hablan de respeto, de reconocimiento y de encontrar personas capaces de conectar con lo que cuentan. Sus aspiraciones profesionales no coinciden en todo, pero sí comparten una razón para enseñar el disco: “Producir sensaciones en la gente”.

Por ahora, buena parte de la respuesta procede de su entorno. Salir de ese círculo les permitiría comprobar qué ocurre cuando desaparece el vínculo personal y quedan las canciones. Después de un año de trabajo, esa es la siguiente etapa de El Mito del Alakrán: encontrar a quienes todavía no saben que existe.

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Etiquetas Entrevistas Bando