The Queen Is Dead empieza como empiezan las mejores provocaciones, sin pedir permiso y con una sonrisa torcida. Publicado por The Smiths en 1986, el disco conserva todavía esa electricidad rara de las obras que no necesitan gritar para parecer peligrosas. Basta pulsar el play para que aparezca un mundo entero. Guitarras luminosas, humor negro, deseo frustrado, orgullo herido y una manera de estar triste que nunca renuncia a la elegancia ni al veneno.

The Smiths nunca fueron una banda de consensos tibios. O se entra en su universo o se rebota contra él. En The Queen Is Dead, esa frontera queda trazada con una seguridad casi insultante. Morrissey canta como quien escribe una esquela con purpurinaJohnny Marr toca la guitarra como si hubiera descubierto un idioma propio; Andy Rourke y Mike Joycesos tienen todo con una precisión que muchas veces se olvida injustamente cuando se habla del grupo. El resultado es un álbum que combina ligereza melódica y pesimismo terminal con una naturalidad que todavía cuesta explicar.

El título ya es una declaración de guerra, aunque más teatral que política en sentido estricto. No pretende únicamente provocar a la monarquía británica, sino dinamitar una idea entera de respetabilidad, tradición y compostura. La canción que abre el disco avanza como una persecución. Batería nerviosa, bajo musculoso, guitarras que parecen iluminar un túnel y Morrissey lanzando frases con esa mezcla de desdén, vulnerabilidad y pose que lo convirtió en uno de los frontmen más fascinantes e insoportables de su generación.

Después del golpe inicial, el disco se permite entrar en habitaciones más íntimas, más absurdas, más crueles. Frankly, Mr. Shankly convierte el hartazgo laboral en vodevil pop; I Know It’s Over es una de las canciones más devastadoras jamás escritas sobre el abandono, la soledad y el melodrama privado; Never Had No One Ever parece flotar en una niebla de derrota; Cemetry Gates transforma la visita a un cementerio en una discusión literaria llena de ingenio macabro.

Ese equilibrio entre la tragedia y la broma es una de las claves del disco. Morrissey no escribe desde la tristeza pura, sino desde algo mucho más incómodo. La tristeza consciente de sí misma, la tristeza que se mira al espejo y decide ponerse una camisa bonita. En sus letras hay autocompasión, sí, pero también ironía, teatralidad y una inteligencia afilada. Puede resultar excesivo, irritante, incluso ridículo.

Y luego está There Is a Light That Never Goes Out,  probablemente la canción que terminó devorando al disco en el imaginario popular. Es lógico. Tiene todo lo que convirtió a The Smiths en una religión laica para generaciones de inadaptados. Romanticismo fatalista, humor fúnebre, una melodía inmortal y esa frase emocionalmente desproporcionada que cualquiera ha querido creer al menos una vez en la vida. Es una canción de amor, sí, pero también una fantasía de desaparición compartida. Lo extraordinario es que no suena oscura, sino casi triunfal. Como si la derrota, bien cantada, pudiera confundirse con la victoria.

The Queen Is Dead también es un disco sobre Inglaterra, pero no la Inglaterra turística, imperial o de postal. Es una Inglaterra de habitaciones pequeñas, pubs mediocres, deseo reprimido, cultura popular, literatura robada y clases sociales que pesan incluso cuando nadie las menciona directamente. The Smiths convierten ese paisaje gris en algo mitológico. No embellecen la mediocridad, la dramatizan hasta hacerla pop. Esa operación explica en parte por qué el álbum sigue funcionando fuera de su contexto original. Todos los países tienen su propia versión de esa habitación donde alguien se siente demasiado inteligente para su vida y demasiado cobarde para cambiarla.

Por eso, casi cuarenta años después, The Queen Is Dead continúa siendo algo más que el mejor disco de The Smiths para muchos oyentes. Es una educación sentimental para quienes aprendieron que la tristeza podía tener estribillo, que la ironía podía ser una forma de defensa y que una guitarra cristalina podía decir tanto como una confesión. The Smiths hicieron aquí su obra más completa, una de las grandes cumbres del rock alternativo británico. Un álbum que no cura ninguna herida, pero la convierte en estilo. Y eso, en el pop, a veces basta para alcanzar la eternidad.

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