Durante décadas, el futuro de una estrella de la música podía decidirse en el escenario de un pequeño local. Bastaba con que alguien del público tuviera el oído adecuado, los contactos necesarios y suficiente influencia para abrir las puertas de una discográfica. Así se construyeron algunas de las carreras más importantes de la historia del pop y el rock. Hoy, sin embargo, el próximo gran artista puede estar grabando canciones en su habitación, acumulando reproducciones en Spotify o convirtiéndose en un fenómeno de TikTok antes incluso de haber actuado frente a un público. La cuestión es quién decide, entre millones de aspirantes, cuál merece dar el siguiente paso.
Es uno de los grandes interrogantes que atraviesan BIME Bilbao 2026, el encuentro internacional de la industria musical que se celebra del 27 al 30 de octubre. En su decimocuarta edición, el evento reúne a algunos de los profesionales que han participado en el descubrimiento, desarrollo y consolidación de artistas de éxito mundial. Entre ellos figuran Alan McGee, fundador de Creation Records; Sat Bisla, descubridor de talentos internacionales; y Walter Kolm, representante de nombres como Maluma, Carlos Vives o Emilia. Tres trayectorias que permiten entender cómo ha evolucionado el negocio de encontrar a la próxima estrella.
Cuando el talento se descubría en los bares
En mayo de 1993, Alan McGee asistió a un concierto en Glasgow en el que actuaba una banda de Manchester prácticamente desconocida. Se llamaba Oasis. Aquel encuentro acabaría desembocando en su fichaje por Creation Records y en una de las historias más célebres del britpop. No existían las plataformas de streaming, los vídeos virales ni las estadísticas de oyentes mensuales. McGee tuvo que confiar en lo que escuchó sobre aquel escenario y apostar por un grupo que todavía no había demostrado su potencial comercial.
Más de treinta años después, el fundador de Creation Records participa en BIME en una conversación dedicada precisamente a cómo ha cambiado el descubrimiento de talento. El encuentro plantea una pregunta que resume buena parte de las tensiones actuales: ¿es posible construir algo grande antes de que los números indiquen que lo será?
El problema es que ahora los números llegan mucho antes. Las plataformas permiten conocer cuántas personas escuchan una canción, desde qué ciudades lo hacen, cuántas veces la repiten y cómo evoluciona su popularidad. Para las discográficas, esa información puede reducir la incertidumbre de una inversión. Para los músicos, supone una oportunidad de demostrar que existe una audiencia interesada en su trabajo sin depender necesariamente de un contrato.
Pero también introduce una nueva presión; la de tener que demostrar resultados antes de disponer de los recursos necesarios para desarrollar una carrera.
Una industria que tiene demasiadas canciones
Nunca había sido tan sencillo publicar música, aunque conseguir que alguien la escuche es otra historia. Según el informe anual de Luminate, durante 2025 se incorporaron a las plataformas digitales una media de 106.000 grabaciones identificadas por día. El mismo estudio revela que aproximadamente el 88% de las canciones disponibles registraron 1.000 reproducciones o menos durante ese año.
La cifra ayuda a comprender la dimensión del problema. Publicar una canción ya no garantiza que llegue a una audiencia, y mucho menos que una discográfica se interese por ella. En un mercado saturado, la atención se ha convertido en uno de los recursos más disputados.
Ahí entran en juego los algoritmos de recomendación, las listas de reproducción y las redes sociales. Una canción puede empezar a circular gracias a un vídeo de pocos segundos y alcanzar a millones de usuarios sin pasar previamente por una emisora de radio. Pero la viralidad tampoco garantiza una carrera duradera. Conseguir que alguien utilice un fragmento musical en TikTok es diferente de convencerlo para escuchar un disco completo, comprar una entrada o seguir al artista durante varios años.
Por eso, el trabajo tradicional de los responsables de artistas y repertorio, conocidos en la industria como A&R, no ha desaparecido. Su función consiste en identificar talento, acompañar procesos creativos y valorar el potencial de los proyectos. Lo que ha cambiado son las herramientas con las que toman esas decisiones.
¿Se ficha talento o se compran audiencias?
El negocio que rodea a esos artistas continúa creciendo. Según la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), la música grabada generó 31.700 millones de dólares en 2025, un 6,4% más que el año anterior. El streaming representó el 69,6% de esos ingresos.
Las discográficas siguen desempeñando un papel relevante en la financiación de grabaciones, campañas promocionales, distribución internacional y desarrollo artístico. Sin embargo, el acceso a herramientas digitales también permite que algunos músicos construyan una comunidad antes de negociar con ellas.
Ese cambio altera las relaciones de poder. Un artista con cientos de miles de seguidores llega a una negociación en una posición distinta a la de quien todavía necesita que alguien financie su primera grabación. Al mismo tiempo, una comunidad numerosa no siempre equivale a una audiencia dispuesta a sostener económicamente un proyecto.
El debate que plantea BIME no enfrenta necesariamente el oído humano a la tecnología. Los algoritmos pueden identificar comportamientos, pero los profesionales siguen decidiendo dónde invertir, qué proyectos impulsar y cuánto tiempo concederles para crecer.
La próxima estrella podría aparecer en un concierto diminuto, como sucedió con Oasis, o empezar a conquistar al público desde la pantalla de un teléfono. Lo que está en juego es si la industria todavía está dispuesta a apostar por alguien antes de que las estadísticas le den la razón.
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