El Jincho siempre ha tenido pinta de no pedir permiso ni para entrar ni para salir. David Calvo, criado en Orcasitas, se hizo personaje antes casi que artista. Barrio, talego, heridas, calle, mirada de quien ha visto más portales que alfombras rojas y una forma de hablar que parecía venir sin filtro de fábrica. Durante un tiempo, su magnetismo fue precisamente ese. No sonaba a despacho, ni a becario de agencia, ni a producto incubado por señores con gafas de pasta diciendo que esto conecta con la chavalería. Sonaba a acera.
Pero la acera, como todo en estos tiempos, también se monetiza. Y en algún punto del camino El Jincho descubrió que había un público encantado de escuchar a un rapero de barrio diciendo lo que la derecha más dura lleva años intentando colar con corbata, bandera y cara de tertulia indignada. Resultado, el rapero que iba de verso sin domesticar ha terminado convertido en una especie de cameo urbano del ecosistema Vox. Un Abascal con bombo, caja y resaca de polígono. Una contradicción con base de YouTube.
Ahora, además, la película suma un giro judicial de los que no se arreglan con una entrevista canalla ni con cuatro frases de barra brava. La Fiscalía pide 13 años de prisión para El Jincho por una presunta agresión sexual tras un concierto celebrado en noviembre de 2023 en la Sala Repvblicca de Mislata, en Valencia. Según la acusación pública, los hechos habrían ocurrido después de aquella actuación, cuando una asistente acudió al hotel donde se alojaban los artistas. El rapero se sentará en el banquillo junto a otro cantante conocido como Osiris ante la Audiencia Provincial de Valencia. Conviene decirlo bien, porque esto no es una batalla de gallos sino un procedimiento penal. Pero la petición de pena es grave, muy grave, y coloca al personaje ante un escenario bastante menos divertido que sus habituales shows de provocación.
No es que El Jincho tenga prohibido votar a quien le dé la gana. Faltaría más. La libertad de expresión incluye rimar, equivocarse, venirse arriba y hasta decir en público que te representa un partido que probablemente te usaría de ejemplo de superación por la mañana y de expediente policial por la tarde. Lo divertido, por no llorar, es la pirueta. Porque hay que tener una flexibilidad ideológica digna del Circo del Sol para pasar de la épica del margen a simpatizar con quienes suelen hablar del margen como si fuera una avería nacional.
Vox lleva tiempo intentando entrar en los barrios con botas de campaña y discurso de bar. No con soluciones, que eso pesa mucho, sino con culpables de bolsillo. Que si el migrante, que si el okupa, que si la feminista, que si el progre, que si el Gobierno, que si la bandera no ondea lo suficiente. Es política para ansiedad. Rápida, grasienta y aparentemente saciante, como un kebab a las cuatro de la mañana, pero con peor digestión democrática. Y ahí El Jincho funcionaba como ingrediente premium. Aportaba calle, bronca, estética y esa pátina de yo he vivido lo que cuento que ningún asesor de partido puede fabricarse sin que le salga olor a PowerPoint.
Lo más sabroso del asunto es que su personaje nació de una tradición musical que históricamente ha mirado al poder con desconfianza, no con ganas de hacerse un selfi. El rap no tiene por qué llevar carné de izquierdas ni pedir cita en una asamblea antes de grabar un tema, pero conviene recordar que esta cultura salió de la rabia contra el abuso, la pobreza, la policía, el racismo y el abandono institucional. Por eso chirría un poco, solo un poco, ver esa estética rebelde haciendo palmas a discursos de orden, castigo y nostalgia autoritaria. Es como ver a Robin Hood fichando por Hacienda para perseguir manteros.
La ultraderecha, claro, suele manejar estos casos con una elasticidad moral admirable. Si el acusado es del campo contrario, doctrina, pancarta y hoguera. Si el acusado cae cerca de los suyos, prudencia, presunción de inocencia y silencio administrativo con bandera. Y sí, la presunción de inocencia existe y debe respetarse siempre. También aquí. Pero respetarla no obliga a hacerse el despistado ni a fingir que no hay una petición fiscal de 13 años sobre la mesa. No es un rumor de Telegram. No es un beef entre raperos. Es la Fiscalía pidiendo una pena.
El Jincho quería sonar como la calle. Ahora, a ratos, suena como la calle vista desde un mitin de Vox. Mucho ruido, mucha épica, mucho enemigo fácil y poca solución real. Y, desde esta semana, también una causa judicial gravísima llamando a la puerta. Porque una cosa es venir del barro. Otra muy distinta es acabar hundido en él hasta el cuello.
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