Un día completamente normal, dentro de los esquemas de una rutina laboral de lo más soporífera, se convierte en una auténtica película de acción al estilo Hollywood bajo los mandos de Rosa Montero. En un ejercicio alejado a cómo suele trazar sus historias, en el caso de 'Un día en la vida de Clarita' (Alfaguara), la célebre escritora no empleó su conocida técnica del 'huevecilo' para darle vida, saliendo de su zona de confort para aportar una novela fresca, divertida y que apuesta por no dejar indiferente a nadie.
En esta entrevista, la periodista desgrana los entresijos de su última novela.
PREGUNTA (P): La novela se mueve entre la identidad propia, la rutina como refugio y el temor a los cambios. ¿Se ha sentido Clarita alguna vez?
RESPUESTA: ¿Sabes lo que decía el escritor romano Terencio? ‘Nada de lo humano me es ajeno’. Escribir una novela es un viaje al otro, a los otros posibles que llevas dentro. Desde ese punto de vista, me he identificado con Clarita porque tienes que identificarte con todos los personajes, con el principal, los secundarios, con todos, para poder hacer el libro. Pero no es un personaje especialmente cercano a mí en nada.
Ha sido muy gracioso porque esta novela tiene muchas cosas de mis novelas habituales, pero la manera en que lo he escrito ha sido muy distinta. En los 47 años que llevo, cuando se me ocurre la idea -que yo la llamo el ‘huevecillo’, tomo notas en un cuaderno a mano y voy desarrollándola-, por lo menos durante un año. En este caso, no ha sido así porque tenía que escribir para una residencia francesa un pseudo primer capítulo de novela. Me senté, empecé a escribir, tengo el comienzo del libro, y dije: 'Esto yo no se lo doy a nadie, esto es mío, esta mujer me habla a mí'. Eso sí que ha sido una experiencia totalmente insólita porque no sabía si Clarita y yo íbamos a conseguir salir bien del lío en que nos metimos.
Otra cosa que me ha interesado siempre, porque la odio, es la humillación. La odio hasta tal punto de que si tengo conocidos que me caen bien y de repente veo que esa persona humilla a alguien que tiene menos poder y que está en una situación de dependencia. Para mí, el que humilla se ha muerto para siempre, no se lo perdono, me parece imperdonable porque la humillación es un veneno, es lo peor que se le puede hacer a una persona, puede romperla.
Escribí hace un año un artículo diciendo que probablemente detrás de las grandes catástrofes de la historia hay una humillación. Todos los chavales que en Estados Unidos cogen un fusil y se cargan a media clase han sido niños maltratados en el colegio. No es una justificación porque hay montones de personas que han sufrido bullying y que no toman esa decisión y que se convierten en personas formidables.
Todos somos diferentes, nos cuentan una mentira, nos dicen que la normalidad es el sinónimo de lo habitual, pero es mentira, la normalidad viene de ‘normativo’ y no es más que un marco obligatorio de comportamiento que cambia con el tiempo, con la cultura. Lo normal es ser raro, en realidad, en una gama muy grande de rarezas, todos nos esforzamos porque no se nos note la rareza, la divergencia, por entrar dentro del molde aunque tengamos que cortarnos las orejas para cabernos.
Del bullying infantil hablamos poco, porque habría que hablar todavía más, pero por lo menos hablamos. Pero del acoso laboral no se habla y existe, está muy extendido y es terrorífico. Hay una cosa que dice Clarita que me enternece mucho: 'La felicidad era la ausencia de dolor'. Pero cuando llega el día de la jubilación y ve que su vida todavía se va a achicar más y hacia la muerte dice, no es suficiente.
P: ¿Cree que esa rutina a la que todos estamos atados es una manera de tener los pies sobre la tierra o una especie de cárcel que hemos normalizado?
R: A mí la rutina me vuelve loca, no la soporto. Pero hay gente, como Clarita, que tiene un toc obsesivo-compulsivo, este tipo de personalidad crea una especie de rutinas protectoras como si consiguieran alejar la catástrofe de sí mismos. Para estas personas, son, por un lado, cárcel y, por otro, defensa. Lo que no se dan cuenta es que esa defensa no les sirve.
La humillación es un veneno, es lo peor que se le puede hacer a una persona, puede romperla.
P: Esa dinámica también encierra otro mensaje: el ‘FOMO’, la sensación de perderse experiencias. ¿Hasta qué punto nos frena el temor a lo desconocido?
R: El temor a lo desconocido es lógico. El perro apaleado se coloca en una esquina de la casa con la espalda contra la esquina, intenta que no le vean, intenta no hacer nada, intenta no centrarse porque piensa que cada vez que hace algo lo atizan. Ella intenta hacerse invisible, no hacer nada.
La vida sin cambio no es vida. Si no cambiáramos, si no nos adentráramos en lo desconocido, seguiríamos en la cuna del bebé. Con 30 años, pero metidos en la cuna del bebé. No hay más remedio que caminar en la nada para vivir. Hay que seguir adelante, no hay más remedio. Unos pueden caminar con pasos más largos y otros con pasos más cortos, pero la vida es caminar por caminos desconocidos.
P: También pone frente al espejo al bullying laboral, quizás un punto socialmente más silenciado. ¿Cree que existe alguna fórmula de erradicarlo o como sociedad estamos condenados a vivir ‘la ley del más fuerte’?
R: Evidentemente no estamos condenados, tenemos el deber y el derecho de intentar mejorar. La democracia es un sistema pesimista, piensa que el ser humano, el poder, siempre aspira a ser absoluto y eterno y por eso intenta dividirlo para que nos controlemos unos a otros. Pero también aspiramos a ser mejores. La democracia encierra asimismo la esperanza de poder desarrollar al ser humano en un camino mejor.
El bullying laboral es muy difícil. He vivido casos muy cercanos y a mí me hicieron bullying también en una época. Una compañera de trabajo, pero vamos, duró un año nada más. Es muy difícil de llevar a los tribunales y de probarlo. Las empresas deberían tener, en el Departamento de Recursos Humanos, un apartado especial contra eso, implementarse fórmulas para poder controlarlo, cortarlo y denunciarlo dentro sin tener que llegar a los jueces, para poder conducirlo. Debería dársele empresarialmente mucha más importancia, creo.
P: La identidad, ese quién somos, a dónde vamos y qué hacemos en este mundo, es una pregunta que nos hacemos constantemente y a todas las edades. ¿Cómo cree que lo afrontamos?
R: Ese es uno de los grandes temas mis libros en general, la identidad. Saber quién eres, lo que quieres y cuál es tu lugar es un conocimiento dificilísimo que muchas veces te lleva a la vida y mucha gente se muere sin saber. Empezamos nuestras vidas intentando ser lo que nuestros padres quieren que seamos, o algo todavía más trágico, lo que nosotros creemos que nuestros padres quieren que seamos. Luego, somos animales sociales, nuestra identidad se basa en el reflejo que vemos de nosotros mismos en los ojos de quienes nos rodean. Intentamos ser aquellos que los otros nos piden que seamos.
Nuestra identidad está conformada por el reflejo que tenemos de la gente que nos rodea. Y la única manera de controlar eso es cuidar mucho de quién te rodeas, en quién te miras. Ahora mismo vivimos una crisis de identidad monumental porque hay un desarraigo brutal, la gente tiene menos estabilidad amistosa alrededor, las redes te devuelven un reflejo de ti completamente enloquecedor, disperso y caótico. La gente anda como pollo sin cabeza, y es muy trágico porque abunda en los extremismos, los grupos extremistas violentos te dan una identidad por la vía más fácil. Te dicen ‘tú eres el que odia a estos, tú eres el que vas a matar a estos’. Y eso consuela ese vacío ontológico, ese vacío del ser.
La democracia es un sistema pesimista, pero también encierra la esperanza de desarrollar al ser humano en un camino mejor.
P: ¿Cómo afronta la incertidumbre o el bloqueo a la hora de escribir, cuando la historia no parece arrancar?
R: Siempre, siempre, siempre; eso pasa siempre. Primero tuve un bloqueo, por el que tiré una novela. Después de mi tercera novela, ‘Te trataré como una reina’, que salió en 1983, empecé otra. Llevaba dos años escribiendo, llevaba 100 páginas escritas en máquina de escribir, no había internet. Y la tiré porque se me murió y estuve bloqueada dos años sin poder escribir. En cada novela, salvo el único libro que me ha salido como si estuviera escrito de toda mi vida, ‘La ridícula idea de no volver a verte’. Pero todos los demás, absolutamente todos, siempre, en algún momento, pienso que es una mierda, que se va a morir, que lo voy a tirar, que no vale nada y que me voy a perder.
P: ¿Existe una voz interior que le hace autosabotaje?
R: Siempre, pero vas aprendiendo a convivir con ella, a matarla más bien, a asfixiarla. Hay que aprender a crear y a vivir y a hacer contra ese enemigo interior.
P: Con el auge de la inteligencia artificial y un posible recorte a la creación artística, la pregunta es obligada: ¿Cómo lo vive como autora, como una amenaza o una herramienta más?
R: Me importa muy poco el riesgo a la creación artística, lo que me importa es el riesgo a la asistencia humana. El riesgo de la IA es muchísimo mayor a la creación artística o a quedarnos sin trabajo. Muchísimo mayor.
P: De hecho, esta semana la ONU advirtió de que existe un riesgo real a los derechos humanos.
R: Tremendo. En el mejor de los casos, hay cinco grandes empresas dirigidas por fascistas, gente como Peter Thiel que dice que hay que acabar con la democracia. Estas cinco empresas se han hecho cargo de todos los sectores estratégicos de todos los países occidentales. Sus máquinas llevan Defensa, Educación, Comunicaciones, Energía y Sanidad. Estamos en manos de toda esta gente, de entrada; y de salida, que la IA puede exterminarnos realmente. Esos grandes peligros son los que me interesan, no sé si voy a escribir mis novelas o no.
P: Tirando de actualidad, resultan terroríficos los resultados del informe PISA sobre España.
R: No solo en España, sino en más países. Esto es lo que el neurocientífico Mariano Sigman ha denominado sedentarismo cognitivo. Él dice que cuando hay máquinas que hacen mejor algo que nosotros, nosotros vamos perdiendo esa capacidad. En los pueblos que antes la gente caminaba y ahora cogen el coche para ir a comprar pan. Estamos perdiendo con la IA capacidad de comprensión lectora, capacidad de cálculo...
P: ¿Cómo deberían responder los gobiernos ante esta realidad?
R: Una moratoria de inteligencia artificial. Hay que conseguirlo ya o nos vamos a la mierda. Y luego hay que regular el uso de los smartphones y todo lo demás para la gente joven, sobre todo. Hay que empezar a desconectar, todos nosotros también, diariamente tenemos que crear unos hábitos saludables.
Los grupos extremistas violentos te dan una identidad por la vía más fácil, consuelan el vacío de ser.
P: Desde su lado más periodístico, ¿cree que hemos perdido capacidad para observar antes que juzgar?
R: Lo que hemos perdido es capacidad crítica. Aparte de que vivimos ahora en un mundo completamente ficticio, lleno de fake news, lleno de imágenes en las redes, la mayoría de las imágenes están ya manipuladas por IA. La gente cree lo que ve y lo que le dicen, no saben diferenciar entre opinión y datos. Creen que cualquier cosa que le dice cualquiera tiene el mismo peso que la teoría de la relatividad y la misma certidumbre. Es esencial que se den clases desde pequeños de espíritu crítico y análisis de la realidad.
P: En tiempos en que la desinformación está a la orden del día, ¿dónde se desdibuja la fina línea entre la mentira y la verdad?
R: Estamos viviendo en la mentira total. El 73% en España de los jóvenes menores de 25 años se informan a través de las redes. No te digo en Internet, en los periódicos digitales. En las redes, en TikTok, eso es desinformarse, eso es no tener ni puñetera idea de lo que está pasando. Cero.
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