‘Los años secos’ (Temas de Hoy / Planeta de Libros) presenta una realidad que podría ser de cualquiera: una ruptura de pareja que corta, a su vez, con una cotidianidad asumida, situando el acento en el cambio y debate interno que supone este giro vital en su deseo y sexualidad. Es sobre este punto del que parte la novela debut de Raquel Zas, guionista y comunicadora que se lanza al mundo narrativo con una historia que se sumerge sobre cómo se manifiesta la libertad y deseo femenino a través de una pregunta clave: cómo saber si aquello que creemos desear es verdaderamente nuestro.
La vergüenza, la necesidad de validación social, lo que perdemos tras una ruptura sentimental y los mandatos sobre la sexualidad femenina son los ingredientes que marcan el paso de la historia de Clara.
P: La novela gira en torno al deseo femenino y, en pleno 2026, aún sigue siendo, en cierto modo, algo tabú. ¿Escribir esta historia ha sido liberador?
R: El deseo y la sensualidad son la premisa principal, pero no es el tema final de la novela, sino el lugar desde el que empiezan a verse los demás problemas. Ha sido liberador porque el sexo es uno de los lugares donde más instrucciones sociales se acumulan, debemos tener deseo, experiencias, parejas, ser libres, tener iniciativa. Incluso la libertad sexual puede acabar funcionando como una obligación de demostrar que eres libre.
El sexo y el deseo es la premisa que la gente se fije más en la novela, pero es más una metáfora para escarbar en otras cosas. Una novela de desmontaje.
El sexo es uno de los lugares donde más instrucciones sociales se acumulan
P: Con tu debut como escritora has reflejado una realidad que enfrenta nuestra generación actualmente. No solamente tenemos que hacer frente al problema de la vivienda o sueldos precarios, también al ‘amor líquido’ y la facilidad con la que amistades y parejas se rompen más que hace años atrás. ¿Estamos ante una liberación de dinámicas tóxicas o es que tenemos menos paciencia?
R: Estamos totalmente desconectados, tanto de nosotros mismos como de las personas que forman parte de nuestra vida. Tenemos muchísima más conciencia de nosotros mismos, de los problemas que tenemos, una hiperalfabetización emocional, saber ponerle el nombre a las cosas que nos pasan, pero eso no significa para nada que sepamos solucionarlas. Nos gusta un síndrome, nos gusta ponerle nombre a las cosas que nos pasan y eso está bien, pero creo estamos en la misma casilla, no sabemos qué hacer con esas emociones.
P: Hablas de cómo las grandes ciudades, y todo lo que conlleva vivir en ellas, nos come los sueños, deseos y aspiraciones porque impera la ‘ley del más fuerte’, incluso en situaciones diarias como rupturas de pareja. ¿Está la empatía al borde de la extinción?
R: Estamos cada vez más individualizados, tan absortos en nuestros propios problemas que nos desconectamos mucho de nuestra realidad y de lo que le pasa a las personas que nos rodean, falta comunidad. Esto se ve en las redes sociales en los discursos de autosuperación, la sociedad nos quiere vender que son problemas individuales, pero la mayor parte de las cosas que nos pasan son producto de problemas sociales y estructurales.
No creo que tengamos menos empatía, no me gusta ser derrotista, tengo muchísima fe en el ser humano todavía, solo que estamos muy individualizados porque el sistema nos quiere así: a cómo está organizada la política, el capitalismo, la sociedad, las redes sociales tienen un papel muy importante en cómo vemos el mundo.
P: Volviendo a la cuestión del sexo y cómo se mueve en la novela, en términos generales, se habla mucho de consentimiento pero quizás poco de deseo.
R: Totalmente, el consentimiento es un concepto que ha estado mucho sobre la mesa por razones obvias, y es muy necesario, pero me da pena porque el consentimiento tiene que ser la base, el suelo. Estamos tan absortos hablando de consentimiento que nos olvidamos que una mujer, además de consentir, también se merece desear y ya sería la hostia si además siente placer, que ese sería el techo.
Estamos tan absortos hablando de consentimiento que nos olvidamos que una mujer también se merece desear
P: La educación sexual y sentimental deben ir de la mano, ¿dónde está la distinción entre hombres y mujeres?
R: Totalmente. Me gustaría pensar que hemos avanzado desde las generaciones anteriores, pero estoy viendo ahora en la gente que empieza a leer la novela y me da feedback, muchas mujeres de generaciones anteriores, la de mi madre, incluso más mayores, me que me dicen que se sienten muy reflejadas, situaciones que ellas vivieron. Igual no hemos cambiado tanto, igual sí se han cambiado los temas de conversación, creo que hemos evolucionado en verbalizar las cosas, en hablar, en desatascar ciertos tabús, pero es curioso porque muchas mujeres mayores han vivido las mismas cosas, la misma relación con el sexo que estamos teniendo nosotras.
Desde que somos pequeñas, se nos dan ciertos mandatos sobre el sexo: primero, que te proteges del sexo, que huyas de él, que no desees demasiado; luego, de mayor, disfruta del sexo, sé una mujer liberada, pero no demasiado liberada porque si no también te van a penalizar. Son increíbles las contradicciones que nos meten en la cabeza desde bien pequeñas en torno al sexo, aunque el temario es diferente, pero siempre está a examen el cuerpo. Por un lado o por otro siempre estamos juzgadas: si deseamos poco, porque deseamos poco; si deseamos demasiado, porque deseamos demasiado.
El germen de esta novela fue empezar a tirar del hilo cuando vi un documental que se llama Venus, confesiones desnudas, de dos artistas de Copenhague, que exponen ciertas dudas sobre su deseo, qué les han enseñado, si realmente estaban viviendo el sexo como les apetecía o como les habían enseñado que debería apetecerles. Entonces, colocaron a muchas mujeres como si fuera una especie de casting, las sentaron y les hicieron todas las mismas preguntas, y es increíble, eran mujeres totalmente diferentes con vidas y educaciones muy diferentes y relaciones muy diferentes en torno al sexo, pero todas vivían el sexo desde la vergüenza. Una en concreto estaba muy reprimida sexualmente por su educación y sentía vergüenza por ello, pero es que otra que vivió el sexo con mucha apertura y con mucha libertad y deseando demasiado, también se la penalizó por eso, y también se sentía juzgada y también se sentía vergüenza por desear demasiado.
Nuestra experiencia es muy injusta, desde cómo nos educan desde pequeñas, no sabría decir exactamente cómo educan a los hombres porque no he vivido eso, pero estoy segura de que han tenido experiencias muy diferentes a las que hemos tenido las mujeres en torno a la educación sexual.
P: Existe mucha presión social en torno al sexo. ¿Está mal no tener relaciones durante una temporada? Hasta Rosalía alabó el celibato voluntario.
R: Por supuesto que no está mal, ni yo ni nadie somos quien de decir cómo cada uno tiene que llevar su vida sexual, y no está mal si tienes unos años secos pero, sobre todo, no está mal si de verdad es lo que quieres. Usé en la novela la pausa sexual como punto de partida porque el sexo es uno de los lugares donde más instrucciones sociales acumulamos, cuando Clara siempre ha vivido el sexo como una obligación, como una representación, ella aprendió el papel de cómo tiene que ser una mujer deseable, digna de que la quieran, y entonces se ha estado representando un papel como toda su vida, hasta el punto de que se ha desconectado totalmente su cuerpo. Cuando la terapeuta, después de que ella haya tenido un episodio sexual confuso que no sabe cómo definir, le aconseja dejar de tener sexo.
Es como un recurso narrativo, como un experimento narrativo. No soy psicóloga ni sexóloga, no sé si eso es lo que aconsejan en esos casos, pero me parecía interesante porque Clara, cuando suspende el sexo se siente liberada porque para ella siempre había sido una obligación. Cuando llega el momento de “la interrupción del ruido”, como me gusta llamarlo, no es que sea parte de él. Hay un capítulo cuando ella lleva meses sin contacto físico con nadie, que se sorprende porque empiezan a erotizarle cosas como muy cotidianas, cómo agarra a una persona una taza y se la lleva a la boca, cómo alguien se coloca las gafas, cómo alguien se abrocha el chaquetón.
No es una novela para nada anti-sexo, ni tampoco creo mucho en el celibato voluntario de la manera que está un poco de moda este tema, porque siento que son celibatos que vienen del heteropesimismo, que es un concepto que ahora también está muy de moda. Me da mucha pena que nos neguemos el placeR solo porque realmente hay algo que está fallando en la sociedad, y en la forma en cómo nos estamos relacionando, y es una pena que al final la solución que tengamos es negarnos a nuestro placer.
El problema no es cuánto sexo tienes, sino sentir que tu vida necesita demostrar algo a través de él
P: ¿Heteropesimismo?
R: En muchas mujeres hay cierta resignación a que no están encontrando en sus relaciones heterosexuales con los otros hombres una satisfacción, la gente está como tirando un poco la toalla, me da mucha pena. Quiero lanzar un discurso esperanzador, no quiero ser tan pesimista, y por eso tenemos que hablar más de esto, que ir a la raíz del problema, porque hay una crisis en la forma en que nos relacionamos, sobre todo en las relaciones heterosexuales.
P: ¿Cómo buscamos ser deseados? Tinder y plataformas de este calibre, ¿han hecho daño o han amplificado la manera de entender el deseo?
R: No me gustaría demonizar este tipo de aplicaciones porque al final vivimos en un ritmo demasiado frenético. El problema es que no tenemos tiempo para conocer, es un buen instrumento para conocer a gente nueva, cuando estamos muy absortos por la vida contemporánea.
Yo misma las he usado y no he llegado a ninguna buena conclusión, la verdad no me he visto beneficiada por ellas, pero también he ido a bodas de parejas que se han conocido en Tinder, es una buena manera de conocer a gente, el problema es cuando se basan en la superficialidad. No puedes conectar con una persona sólo por ver su foto o juzgar su aspecto físico, ahí ya tienen un problema de raíz.
Estamos muy solos, más solos que nunca, quizás porque estamos demasiado individualizados y las redes sociales, las aplicaciones de citas son un grito desesperado de llamadas de atención y de esa necesidad que tenemos todos, que es muy humana, de ser queridos, ser elegidos y de ser aceptados.
P: ¿Está el sexo socialmente sobrevalorado?
R: Qué pregunta más difícil. Vivimos en una sociedad excesivamente sexualizada, no digo ya si nos metemos ya en la industria pornográfica, pero el problema es que nos quedamos en la capa superficial del sexo. No creo que el sexo esté sobrevalorado como experiencia, pero sí como prueba. Se le pide que demuestre que somos libres, que somos deseables, sobre todo las mujeres, que somos jóvenes y espontáneas, incluso que estamos bien emocionalmente.
Cuando el sexo tiene que acreditar tantas cosas acaba cargando con una responsabilidad absurda, y hay personas para las que es algo central y otras para las que no, y ninguna debería tener que justificarlo. El problema no es cuánto sexo tienes, sino sentir que tu vida necesita demostrar algo a través de él. El sexo no está sobrevalorado, sino que está sobrecargado de responsabilidades, yo creo que ese es el quid de la cuestión.
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